“Todavía me persiguen las imágenes y los olores de la muerte”

Hace 44 años, y en plena dictadura, el Servicio Penitenciario Federal junto con las fuerzas que se encontraban al mando de la Cárcel de Devoto, reprimieron, torturaron, y asesinaron a 65 personas. Fue el 14 de marzo de 1978 cuando ocurrió la Masacre del Pabellón 7°, conocida durante mucho tiempo como el “motín de los colchones”. El trabajo de sobrevivientes, abogades y organismos de derechos humanos logró modificar el modo de nombrar/significar semejante acción aberrante. Los hechos guardan similitudes con masacres posteriores, como la ocurrida en la comisaría primera de Pergamino, el 2 de marzo de 2017. Esta y otras coincidencias nos hablan más de continuidades que de rupturas en los métodos represivos de la dictadura y los de la democracia en las cárceles, territorios de donde parecen nunca haberse ido.

Texto y foto por Antonella Alvarez

En 2013, el Centro de Estudios en Política Criminal y Derechos Humanos, espacio que integra Claudia Cesaroni, solicitó que la Masacre del Pabellón 7 sea investigada como delito de lesa humanidad, por lo tanto, imprescriptible. En agosto de 2014, la Sala I de la Cámara de Apelaciones accede a esa solicitud y resuelve que la Masacre de Villa Devoto sea imprescriptible, por haber sido cometida por agentes de una fuerza de seguridad.

En 2020, el juez federal Daniel Rafecas dispone la elevación a juicio oral de este caso, por el que deberán ser juzgados el ex prefecto Jefe de la Unidad Penitenciaria, Juan Carlos Ruiz; el ex Jefe de la División Seguridad Interna de la Unidad, Horacio Martín Galíndez; el ex jefe de requisa Carlos Aníbal Sauvage, y el ex celador Gregorio Bernardo Zerda. Solamente tres de ellos llegarán al juicio oral, este año falleció Sauvage sin haber sido juzgado. La causa está ahora en el Tribunal Oral Federal N°5 integrado por Daniel Horacio Obligado, Adriana Palliotti y Adrian Grunberg y todavía no hay fecha para el inicio del juicio.

Compartimos el testimonio de quien estuvo allí y sobrevivió: Hugo Cardozo, motor para que esta causa pueda avanzar. Él nos compartía hace tiempo qué recuerda de ese día. Los olores, las imágenes, los sonidos no lo abandonan. Recuperar sus palabras nos habilita el recuerdo en primera persona de lo sucedido. Porque no olvidar significa exigir que los responsables sean juzgados y condenados. Y porque gracias a las Madres y Abuelas aprendimos para siempre que el único camino posible es el de la memoria, la verdad y la justicia.

Testimonio de Hugo Cardozo, sobreviviente de la Masacre del Pabellón 7, cuando se cumplía un año de la Masacre de Pergamino

“La masacre del Pabellón 7° fue algo diez veces más groso que la masacre de Pergamino por dos cosas, primero porque estábamos en plena dictadura militar, donde si bien ahora no existen los famosos derechos que se mencionan por ahí, en esa época directamente no se mencionaban, que era lo más grave, la impunidad era total, en ese marco donde se aproximaba el mundial ‘78 el aparato militar quería demostrar que este era un país pacífico y con derechos humanos. Pero a su vez tenía en la cárcel vidriera, en pleno centro de la capital, en Devoto, 1000 presas políticas, que estaban blanqueadas bajo el poder ejecutivo. Y nosotros enfrente, el pabellón cachivache.

El pabellón 7° estaba caratulado como el pabellón cachivache, que en realidad no lo era, porque había gente que estaba presa porque la habían agarrado con un simple porro, como el caso de Luis María Canosa ,el amigo del Indio, fallecido, que por tener un porro le habían armado una causa federal. Y después estábamos los sabandijas como yo, que porque habíamos militado en la famosa JP, Juventud Peronista, íbamos a levantar camiones con leche, camiones con pollo, y entregábamos la mercadería en la villa para la gente que no tenía posibilidad de comprar. Hacíamos ese tipo de militancia. Me toca caer en Devoto unos meses antes del 14 de marzo. Y bueno, lo que pasó acá en Pergamino fue algo similar. Nos masacraron. Había habido un incidente la noche anterior, por una orden de apagar un televisor, que si hubieran querido apagarlo ellos tenían una llave al lado de ellos, ni si quiera tenían que dar la orden, mucho menos en aquella época. Hubo ese incidente, que supuestamente ese fue el motivo supuestamente que  origina la entrada de una requisa la mañana siguiente, que no fue una requisa, en la requisa común entraban 40 efectivos maso menos, aquella mañana entraron entre 70 y 80 o más, con garrotes, con cadenas, con palos, con lo que te puedas imaginar para pegar directamente.

En aquellos momentos Devoto dependía del primer cuerpo del ejército, veíamos incluso deambular por los pasillos de Devoto, era un cuartel más del terrorismo de Estado. Para disciplinar a las 1000 presas políticas que había, tenían que disciplinarlas de alguna manera que no ocasionara en el exterior un grito de espanto por una masacre con presas políticas que ya estaban blanqueadas, entonces nos eligieron a nosotros para disciplinarlas, y lo que hicieron fue entrar como una torva rompiendo cabezas, disparando desde la pasarela con metralla, disparando gases, cuando se inicia el incendio, que uno desesperado se trataba de colgar de la ventanas tratando de buscar aire, desde todo el perímetro exterior te tiraban con FAL con ametralladora, y volteaban al que le pegaban. Yo intenté dos veces tomar aire por las ventanas, primero me cuelgo de la ventana que daba hacia la zona sur, yo sabía que la cancha de Vélez estaba ubicada hacia el sur, y que el norte estaba en el otro extremo. Me trepo a la ventana que daba hacia la cancha de Vélez tratando de respirar, porque ya me estaba asfixiando, mis pulmones reventaban, la piel que estaba expuesta a la temperatura estaba toda ampollada, por el mismo calor, y necesitaba respirar. Ahí siento que repiquetea a mí alrededor en las ventanas algo, y cundo miro estaban disparando con FAL, me tiré inmediatamente al piso, seguí gritando desesperado buscando aire, no lo conseguí, me voy a colgar de la ventana de enfrente, cuando me cuelgo de la venta veo que un compañero estaba colgado al lado mío, agarrado de los barrotes, gira con un disparo en la frente y cuando miro hacia afuera había un helicóptero de la policía federal, entre los dos patios, de donde estaban disparando hacia las ventanas. Después que ya vi que no podía respirar me entrego, prefiero morir asfixiado, me envuelvo la boca con un tallón y me tiro en el fondo del pabellón, y de pronto me llega una paz impresionante, que yo se la transmití a las mamas de los chicos masacrados en Pergamino, porque después de conocer el infierno de fuego, de haber sufrido golpes, y de sentir que la vida se te termina en un cajón de cemento donde no tenes salida, frente tuyo las llamas que te quieren consumir y a tus espaldas la pared que no te permite ir a ningún lado. Lo que hice fue entregarme  porque creí que era lo mejor, morir antes de seguir sufriendo lo que estaban sufriendo. Y de pronto sentí una paz maravillosa, dulce, sentí que Dios venía a rescatar mi alma, una luz maravillosamente fresca que me calmo todo el dolor de mi vida. Y dije, me estoy muriendo, que lindo, porque fue maravilloso. Pero a las 11 y media de la mañana me despierto, no tuve la suerte de irme, digo la suerte porque es maravilloso ese paso del sufrimiento a ese momento que Dios te viene a rescatar de todo ese dolor.

Me despierto, ya no había llamas, el pabellón estaba en penumbras, se escuchaban gritos de dolor y pedido de auxilio por todos lados, me levanté como pude, vi que otros compañeros se levantaban con la piel y la carne colgando, algunos saltaban simplemente de dolor y pedían ayuda. Yo sabía que lo único que me podía ayudar a calmar un poco el dolor era el agua, y esa agua sabíamos que estaba en el baño,  pero para llegar al baño había que pasar camas al rojo vivo. Entonces agarré un  cacho de trapo, una frazada del piso que no se había quemado, logramos llegar al baño. Cuando llegamos desesperados vamos a abrir las canillas y habían cortado el agua. Algo tan inhumano y terrible, que solo en dictadura podes pensar que puede pasar. Solamente pensé que en dictadura podía pasar eso. Pasó lo mismo en Pergamino, 30 años después.

De pronto nos encontramos con el agua cortada, los piletones tenían agua sucia con jabón. Nosotros rayábamos jabón, llenábamos el piletón agua, hacíamos espuma y ahí lavábamos la ropa en grupos. Me zambullí a esa agua jabonosa, mugrienta, con el resto de mugre de la ropa que habíamos lavado, sumergí mis manos ampolladas, tomé esa agua. Al rato sentimos gritos, desde la puerta de ingreso al pabellón. Gritos que te decían salgan hijos de puta

En el baño seríamos, 7,8,10 jóvenes de mi edad, yo tenía 19 años, y había otro tanto de personas mayores, de 50/60 años. Yo me fui al fondo de todo, pensé ni loco salgo. Fueron saliendo de a tres, los primeros tres que salieron se escucharon golpes, gemidos, y al rato “salgan tres más, hijos de puta, salgan con la mano en la nuca”. Así hasta me que me tocó. Lo llamativo de todo es que mis pulmones casi habían explotado por todo el hollín que respiré de los colchones de poliuretano, que son a base de petróleo. Me desmayo o casi me muero porque casi no tenía exógeno. Cuando me toca salir a mí puse las manos en la nuca, me quedé en pantalón corto y descalzo, mire al piso, y no vi pared, sí vi un túnel de efectivos con distintos uniformes. Me largué. No sé de donde saqué fuerzas para correr. La misma mano que rescató mi alma cuando no daba más de sufrimiento fue la que me inyectó, me dio un toque de oxígeno. Baje los tres pisos bajo una lluvia de golpes. Llegué abajo, a un pasillo que le decíamos la T, que atraviesa todo el lateral de devoto y termina en los calabozos. En el pasillo ese me iba patinando en la sangre que habían pasado antes que yo. Que a los golpes les habían reventado las ampollas y quedaban en el pasillo. Hay muchos compañeros que no tuvieron la suerte de zafar un golpe en la cabeza, y a los que les dieron en la cabeza murieron ahí instantáneamente, el estado en que estaban más el golpe los mató. A mí me revientan las ampollas pero llego a los calabozos.

Cuando llego a los calabozos había tres compañeros más llorando, y había un señor, un viejo gallego, que estaba tirado en el piso boca arriba, jadeando. Nadie pensaba en el otro. Nadie pensaba en el que tenía al lado. Era tu dolor, tu desesperación. El horror de haber visto antes de salir del pabellón una pila de cuerpos. Hasta el día hoy me persiguen esas imágenes, esos olores de la muerte.

Sentíamos gritos afuera de los calabozos y gritaban hijos de puta, ¿que hicieron? Se abrió la puerta y vi gente vestida de blanco y nos tiraron un jarro. Abrieron la puerta y esa gente de blanco eran los médicos que fueron al pabellón y se encontraron con una pila de cuerpos calcinados. En un momento vinieron en un carro y me llevaron a una ambulancia y ahí fui a parar al hospital Salaverry, que nombra el indio en su canción.

Horacio Adrián Santantonin, fue el compañero de rancho de Luis María Canosa, el amigo del Indio. Canosa muere y el compañero fue conmigo al Salaverry. Los dos iban a salir en libertad el 17 de marzo. Él se va en libertad desde el hospital, tres días después”.  

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