Fanon y el peronismo revolucionario: ni cobardes ni traidores

Por Juan Manuel Ciucci

Ilustración de Ignacio Andrés

Quizás uno de los datos más interesantes de las lecturas de los sectores político-militantes de los ´60-’70 en nuestro país tenga que ver con la influencia de un pensamiento tercermundista que permitió ampliar las bibliotecas y escapar a la centralidad europeizante que por tanto tiempo se impuso en la Argentina. Fueron tiempos en donde las reflexiones políticas, sociales, culturales e históricas que venían desde Asia, África o América eran centrales para comprender la época.

Es que esos textos venían a complementar el conocimiento que se podía tener de distintas luchas de liberación que se llevaban a cabo en todo el mundo. Eran nombres que venían a conceptualizar esos procesos revolucionarios, y que les permitían a las militancias locales tomar elementos de esas experiencias e intentar aplicarlas/traducirlas a nuestra realidad. En el caso del peronismo revolucionario, fue Frantz Fanon uno de esos autores que circulaba en charlas y debates, alcanzando una gran difusión que encontraría en las citas de su libro «Los condenados de la tierra» presentes en la película «La hora de los hornos» su punto culmine. En su estreno en el Festival de Pesaro en 1968, Getino-Solanas colgaron un cartel con una de aquellas frases delante de la pantalla: «Todo espectador es un cobarde o un traidor».

La lucha revolucionaria en Argelia fue uno de los ejemplos tempranos del proceso de descolonización que comenzó a transformar para siempre el mundo, y que brindó esperanzas a todos los pueblos de la tierra. En el caso del peronismo revolucionario, estos procesos permitieron organizar una reinterpretación de la doctrina peronista a la luz del tercermundismo. Así la Tercera posición peronista encontró un cauce que la unía a los países del Tercer Mundo que pujaban por una independencia que no les atara a ninguno de los polos enfrentados durante la Guerra Fría. Lejos del tinte antimarxista que el termino encontraría años después en sectores de la derecha peronista con la frase «ni yankis ni marxistas», la Tercera posición para el peronismo revolucionario fue un puente con Cuba, China, Argelia o Libia.

La lectura de Fanon permitió sostener desde la teoría la necesidad de la violencia revolucionaria, no sólo como la vía correcta para la liberación nacional, sino especialmente por ser la expresión popular de esa necesidad de liberación. Para un movimiento que se encontraba proscripto, y que desde hacía años sus militantes sufrían cárcel, persecución y muerte; la interpretación fanoniana de la violencia como expresión del colonizado, como respuesta civilizatoria ante la barbarie del colonizador, resultó fundamental para conceptualizar una necesidad que surgía de la propia lucha.

Quizás puede fecharse ese cambio de paradigma en el bombardeo a la Plaza de Mayo, y la continuidad de violencia y fraude que continuó con el golpe de 1966. Sería el Cordobazo la revuelta que vendría a confirmar esa necesidad de una respuesta violenta popular como disparador de una nueva subjetividad, impulsora de una otra manera de construirse cada une ante los opresores. Esas calles ocupadas, esa fuerza popular inmortalizada en la filmación de una turba callejera que con piedras hace retroceder a la policía montada, se inscribe en el imaginario de la necesaria violencia revolucionaria como camino hacia la liberación. Las organizaciones armadas del peronismo aparecerían públicamente poco después, y se definirían muchas veces como hijas del Cordobazo y aquellos levantamientos populares.

Pero otra vertiente que se sintió impactada por Fanon serían les intelectuales, que veían en las caracterizaciones que el argelino hacía de los intelectuales colonizados muchos reflejos del tipo de «intelectual gorila» que poblaba estas pampas. Aquella negación a lo local, aquel menosprecio por lo autóctono, el sueño de triunfar en Europa era algo con lo se combatía desde el peronismo. Afirmarse peronista significaba ser expulsado del parnaso intelectual, como les sucedería a Raúl Scalabrini Ortiz o Leopoldo Marechal, entre tantes. Asumir la causa nacional era entonces también una puerta fundamental para descolonizar nuestras mentes, escapar de los mandatos de una cultura colonizante que nos subordina a sus intereses. Pero también para poder pensar un nacionalismo que abrace la lucha revolucionaria.

Es por todo esto que sigue siendo fundamental volver a Fanon para contextualizar los aportes políticos e intelectuales que realizó el peronismo revolucionario. Leer desde allí los aportes doctrinarios de Perón nos permite comprender la apuesta hacia la revolución desde el peronismo entendido como Movimiento de Liberación Nacional. Una búsqueda que a pesar de parecer siempre un tanto quimérica, sigue siendo el motor de quienes desde el peronismo seguimos batallando por una Patria justa, libre y soberana.

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