Horacio González: memoria militante y necesidad libertaria

En noviembre de 2012 se cumplían 40 años del primer regreso de Perón, por lo que todos los 17/11 se conmemora el Día de la militancia. Esa fue la excusa para una charla con Horacio, donde nos contó sus recuerdos de aquel día con pequeños “actos de valentía”, pero también desentrañó las búsquedas y necesidades de una renovación del peronismo. “Períodos de ebullición política y social no sólo reclaman al militante sino que lo crean”.

Por Juan Manuel Ciucci

El 17/11 se conmemora el día del militante ¿Cómo podemos pensar y valorar hoy la actividad  militante?

Horacio González: La actividad militante es algo que no cesa, parece un poco extraño decirlo, cuando algo tiene un día para ser conmemorado se lo propone como un esfuerzo para evitar la posibilidad de un olvido. En estos últimos años ese día recobró cierta dignidad perdida, porque los períodos de ebullición política y social como es este, no sólo reclaman al militante sino que crean al militante. Son períodos que sugieren resistencia al militante, cuando se reconoce como tal y tiene su ámbito conmemorativo, a su vez, sugiere que hay una época conmovedora y en conmoción. Ignoro quién puso ese día, un día que concentra la conmemoración, tiene que ser un día donde haya ocurrido algo fundador y de carácter dramáticamente importante. No puede ser una ocurrencia banal ni algo que se le ocurre a un pequeño grupo. Por alguna razón se establece colectivamente. Esa razón es el modo en que esa fecha marca un corte entre los tiempos, el tiempo tiene una continuidad evidente y no menos evidentes cortes e interrupciones. El día del militante, el 17 de noviembre, aparece en la Argentina uno de esos cortes y ese corte lo hace absolutamente rememorable. Hay días importantes del siglo XIX que la estructura del Estado ha devorado, que los ha absorbido. Los grandes días del siglo XIX el Estado debe mantenerlos a rajatabla, hacerlos conmemoración escolar, marcha patriótica, emblema definitivo, porque todos los días que fueron importantes para los que fueron contemporáneos en el pasado y que hoy son figuras diluidas en nuestra memoria, el Estado debe mantenerlos.

El día del militante es menos un día estatal que el de una memoria viva, -puedo decir cuál es la mía de ese día- Salimos de nuestro local político, una Unidad Básica, muy de madrugada y empezamos a caminar y efectivamente no era fácil llegar adonde había que llegar, un aeropuerto. Hoy uno llega al aeropuerto de Ezeiza más fácil pero si hay huelgas o entorpecimiento del tránsito también hay dificultades. En aquel momento eran los tanques del ejército y este, con jeep recorría las calles y los lugares de reunión. Donde yo estaba se paró un camión con soldados conscriptos que tendrían nuestra edad o un poco menos, otros un poco más y nos apuntaron a todos con fusiles. No sé por qué extraña razón, con veinte fusiles apuntando pensé: no puede pasar que todo termine acá, no puede pasar que haya una fusilería como la que comenta Bayer en la Patagonia trágica. Comencé a agitar una bandera, -no sé si tuve muchos actos de valentía en mi vida, ese fue uno- y delante de los fusiles apuntado, intuí que nadie quería tirar. Habíamos hacho un cartel como habíamos visto en las grandes revoluciones o en los grandes movimientos que de repente ocupan una ciudad y hacen sacudir un momento de la historia: el “soldado no tire contra sus hermanos”. Pensamiento ingenuo, cuántos soldados han tirado contra sus supuestos hermanos. El pensamiento revolucionario que hace entibiar o debilitar la disciplina militar, sería un logro mayor el reconocer en la conciencia del soldado la misma conciencia social del que está militando, esto está escrito en la Historia de la Revolución Rusa de Trotsky. ¿Qué lo diferenciaba a un soldado de un obrero de la fábrica Putilov? Una delgada capa de tela, el uniforme militar era una mera capa de tela exterior para la conciencia del soldado y la del obrero y viceversa, una delgada capa de tela y el mameluco del obrero pero ambas vestimentas eran pobres membranas frente al reclamo de la historia que reclamaba a los dos por igual.

Llevados por esa ilusión también pintábamos “soldados no tiren contra sus hermanos” que dudo que haya sido de gran validez si la cosa se ponía realmente pesada. Seguimos caminando, sorteando tanques y en un momento, de Flores donde yo estaba, a Ezeiza había que caminar y percibí que era posible llegar, percibí que había una semi voluntad represiva, no estaba el soldado hermanado pero había una cierta resignación en el ejército de Lanusse, eso hay que decirlo, impedían pasar pero si uno se empeñaba, terminaba superando las barreras porosas de la fila de soldados. Llegar a Ezeiza era difícil, porque había que atravesar la Ricchieri y ahí, sí había muchos tanques y la Guardia de Infantería de la Policía de la Provincia de Buenos Aires. Si la rememoración me ayuda con mayor fidelidad, los que tiraban eran los de la Policía Bonaerense, tiraban gases lacrimógenos que en el descampado se disipaban fácilmente. Recuerdo muchas banderas argentinas, bolivianas, peruanas, había una gran movilización, imposible calcular cuanta gente había. En algún momento me recuerdo subido a un tanque que fue mi otra gran hazaña y no pasó nada, salió uno, abrió la escotilla y dijo “salgan de aquí”. El clima que había era que se podía pasar con cierta audacia, porque podía haber un tanque que reaccione mal. El ejército de Lanusse la veía venir, no hay una respuesta política precisa. Después el Río Matanza que yo no logré cruzar, fue un obstáculo de la naturaleza que muchos lograron trasponer y envidié a aquellos que con la cintura bajo el agua, llegaron a tocar el alambrado de Ezeiza mientras descendía el avión de Perón.

La paridad militante

Esa leve mitología podemos considerarla la arcilla de la militancia que se compone de varias capas de esa arcilla y una, propia de la época, la militancia armada. Una militancia que generó una época, una disciplina, generó al hombre armado con todas las grandes revoluciones en los procesos de conmoción social y de cambio. Es el arquetipo máximo del compromiso pero nos equivocaríamos si pensáramos que esa es la cúspide y que a partir de esa cúspide todos los demás compromisos que se van construyendo gradualmente son de índole menor. Quizás en esa época, admirando al hombre armado, que uno efectivamente no era, los coreutas de aquellos hombres armados y eventualmente partícipes menores de las glorias mayores, quizás nuestro destino era el cántico como una especie de acción paralela acompañado de  las acciones militantes.

Hoy diría que todo lo que tenía que ver con ese núcleo duro y que se iba disolviendo en forma de la militancia que podía ser considerada de inferior calidad, hoy eso no lo es, por eso el día del militante es generoso con todos los compromisos. Cuento esta pequeña historia para ponerme a mí mismo como alguien que no reclama ninguna atención sobre su figura, no hay ninguna gloria en lo que hice pero esquivé algunos tanques, subí en uno, en fin… era una época deliciosa. Imaginábamos que seguirían las luchas, imaginábamos que esa era la máxima dureza que podíamos atravesar, porque no imaginábamos lo que iba a venir. Frente a lo que vino después el día del militante o no fue conmemorado o se fue disolviendo en la memoria de muchas personas.

No sé cuándo aparece una conmemoración pero hoy conservo la idea de esa marcha hacia Ezeiza, esa gran caminata que permitía pensar que el regreso de Perón iba a permitir espacios históricos y de esfuerzos que obtenían resultados de transformación, que no iba a haber tantas asechanzas, que no había por qué pensar que tantas muertes alrededor. Serían como otros corzos, guirnaldas lúgubres que acompañaban un período que pensábamos más auspicioso. Otra lección para el militante, la primera sería: todos lo son, no hay imparidad de compromiso. Una segunda lección sería: que en la militancia haría descansar la capacidad de pensar que puede pasar lo imprevisto, que pueden pasar cosas que en la primera cartilla auspiciosa de la historia no figuraban y para eso hay que estar también preparado.

El militante es alguien que en su entusiasmo, en su optimismo, en su perseverancia, no imagina que nunca está demasiado bien preparado, siempre la historia reserva sorpresas. Viene la época actual que también comenzó con una gran algarabía, el llamado, muchos nos incorporamos a ese llamado y hoy volvemos a vivir, aunque de otra índole, quizás conociendo más cómo se desarman los aciertos de la historia pero vuelve a  haber asechanzas, dilemas, inconvenientes. Por eso nada mejor que seguir pensando en el día del militante como el lugar de los viejos militantes, hoy mayores y ocupando cargos públicos y pensar que la conciencia militante es una burbuja interna que no desaparece porque uno tiene que contribuir con voluntad política para que no desaparezca esté donde esté, y en ese sentido no sé si hemos aprendido lo suficiente.

Militante es aquel que estando donde está sabe abandonar ese lugar que no es enteramente satisfactorio porque se siente asfixiado, su voluntad militante se siente más coaccionada y volver a la forma más despojada de la militancia. Cierto sentimiento de ver en la historia un canto de esperanza, sería aún posible seguir manteniéndolo en términos más despojados. Siento que si uno volviera a los ámbitos de engarce más directo a la militancia, quizás podría volver a decir con más tranquilidad esas palabras. Hoy tengo mis palabras militantes más mediatizadas, pero no por eso las considero menos fervorosas.

Se puede pensar la parte de fe que tiene el militante cuando decía esto de la acechanza.

HG: Por partes iguales el problema de la militancia tiene algo del compromiso de las grandes responsabilidades que tienen algo  de disciplina. El militante tiene que pensar qué disciplina acepta y qué disciplina le es inconveniente para su autonomía de conciencia y también tiene algo de religioso, pensar qué religiosidad o no pone ahí. La religiosidad que conviene al militante si no se es sacerdote o pastor y si no se está en ninguna iglesia es tener una suerte de remota sacralidad puesta en términos laicos.

En este presente usted está marcando también ciertas discusiones con la mitología peronista, discute bastante las lógicas de cómo superar en algún punto esos marcos y cómo encontrar los nuevos.

HG: Es un tema muy duro este. Pasé muchos años en los bordes del peronismo y mi origen político no es el peronismo sino la izquierda universitaria pero muy joven, los años del peronismo fueron muchos y los más agitados de la época. Eso me da derecho a considerarme aún atesorador de una memoria del peronismo, pero lo considero ese horizonte de memoria, ese tejido de memoria que es mucho. Y me dirá, ¿sólo eso? ¿No es cantar la marcha hoy? (risas) Eso no lo hago porque considero que mantengo ese tejido de memoria y me sirve para indagar el presente. Y quizás formularme de vez en cuando la idea de pensar que como surgió el peronismo, tomando del peronismo lo que sea necesario de memoria, de tejido anímico, pueden surgir otros movimientos sociales más diáfanos en la historia argentina y que conserven la misma vitalidad popular que el peronismo tuvo y que repiensen sus textos, sus cartillas, la forma de liderazgo, esta es la época para hacer eso.

¿Por qué le parece tan importante que pase eso? ¿Por qué el peronismo no podría darlo?

HG: Porque el peronismo tiene resueltos ciertos problemas que son los que correspondían a los años que van del 40 a los 70, y cuando un pensamiento se torna litúrgico corre el riesgo de no poder pensar enteramente en los nuevos problemas. Los nuevos problemas son: una sociedad heterogénea, nuevas tecnologías, nuevas discursividades, lo que los sociólogos suelen llamar vagamente nuevos consumos culturales. El peronismo es producto de una sociedad más homogénea. El desafío de pensar esta sociedad que da identidades difusas que por comodidades llamamos “caceroleros” pero tampoco contiene toda la ambigüedad… Entonces es necesario que con la memoria que uno tenga pensar nuevas indumentarias también.

¿Le parece que tanto Néstor como Cristina Kirchner en la construcción discursiva que hacen apuestan a eso, a que aparezcan otros discursos?

HG: Creo que sí, los dos. A veces se nota más a veces menos. Hay ciertos discursos de Cristina que dice: “Yo soy peronista”, se puede interpretar de muchas maneras, como todo lo de Cristina. Cristina no es un personaje fácil de interpretar, tiene una discursividad nueva en la Argentina, que alcanza desde enunciados estatales claros hasta palabras tomadas de la coloquialidad más directa. El pasaje de arriba hacia abajo en el lenguaje es nuevo en Argentina, es una voz estatal y pública que al mismo tiempo recoge todos los distritos del idioma social. Eso la hace muy interesante y la hace deslizarse hacia zonas del lenguaje que enseguida son capturadas por la prensa opositora que se hace festines con eso. Cada vez que escucho esas cosas me agarro la cabeza, yo no hablo así, puede estar mal, hablo de una forma con velocidad crucero, no bajo a buscar materiales al lugar más barroso.

Cristina sí lo hace y eso le da una peculiaridad que va a quedar como memoria discursiva en Argentina. En eso superan el peronismo, tanto Cristina como Néstor Kirchner y al mismo tiempo se vuelve, ese es el movimiento que hay hoy. En todos está la tentación de pasar a otro capítulo en la historia y en todos está la reflexión un poco temerosa, con justificación, de que si ese pasaje nos lleva a un lugar sin banderas, sin memoria, sin entidad y dependiendo del momento, pero de tanto en tanto hay quienes quieren explorar por afuera y sin embargo vuelven a lo conocido.

En “678” tuvo un debate con Juan Pablo Feinmann que está como recuperando una discusión un poco más pasada de izquierdas y derechas peronistas, un poco más clásica.

HG: Es un gran historiador que hizo una gran historia del peronismo que muchos le cuestionan por algo que yo no veo cuestionable, sino que ahí veo su fuerza, que es su biografía personal. Muchos piensan qué derecho tiene alguien de escribir una historia del peronismo donde está su biografía con sus temores, sus avances, su retroceso. Creo que es el estilo de Feinmann, es un estilo que yo valoro mucho porque tiene una legibilidad total sin ser vulgar, y tiene un núcleo folletinesco sin dejar de tener la gravedad y la tragedia de la historia. Eso lo valoro, he discutido mucho sobre Feinmann con la gente que piensa que la historia del peronismo la escriben historiadores con los papeles en la mano, la adaptación correcta y la hipótesis del caso. Feinmann hizo una historia personalizada del peronismo, novelada aunque también él tenga documentos en la mano y creo que eso es una contribución importante.

En esta actualidad pensar en esos términos de izquierda y derecha peronista y esos temores que él visualiza ¿Cómo los analiza?

HG: Discuto mucho con José porque es mi amigo de hace muchos años, esa amistad  ha pasado por muchas etapas, alguna muy crítica, todavía lo recuerdo. No es que no siga criticando, pero a nuestra edad ahora tenemos diálogos para hacer apelando a nuestro núcleo de amistad. En mi diccionario siguen existiendo palabras de izquierda y de derecha, un poco porque analizo el cacerolazo y le veo muchos matices pero, para no perderme en los matices, me pongo “a derecha”, “neoderecha”, un poco para recordarme a mí mismo, qué efectos de neoderecha va a tener y está teniendo, eso. Por más que uno vea cositas de acá, cositas de allá, y no quiera caer en esquematismos, pero si no querés caer en ningún esquematismo diluís la historia de un conjunto de hechos erráticos, pulverizados en una especie de fragmentarismo histórico que me impide ver que hay amenazas a conquistas democráticas efectivizadas en la Argentina. Después podés seguir pensando nuevas situaciones de la multiplicidad de casos que hay sembrados ahí adentro. Me niego tanto a estereotiparlo como a neoderechas, información con un origen novedoso y efectos que se pueden comprobar que impactan a la vida social de manera que todavía deberá seguir siendo considerada. Usando con prudencia esas palabras las sigo manteniendo. Si se las sacara por entero habría que recurrir al hilo libertario de la historia, el libertarismo es el componente necesario a cualquier orientación política, diría que menos de la derecha pero no lo descartaría también estilos libertarios en cualquier mundo ideológico más cerrado. Pero el militante que no es libertario, esté donde esté, pierde un poco la capacidad de reflexionar sobre sus actos. El libertarismo es un poco imprescindible en movimientos donde hay presencia de liderazgo fuerte, como siempre fue el peronismo, antes y ahora. El líder o el conductor también está obligado a ser libertario y que no te sorprenda que muchas cosas de Perón tenían ese origen. Es indudable, militar, alguien que dio órdenes a la luz de lo público a una gran masa social, órdenes oscuras también todo eso se puede decir que era Perón. Al mismo tiempo sus expresiones “soy medio anarquista”, todo eso nos lleva a la gran figura de Ataúd: el anarquista coronado. Hay un poder pero no es nada si no se piensa que se tiene que juntar en sí todo lo que la humanidad dio en materia de orden, de desorden. El libertarismo basado en sus propias fuerzas tiene una incapacidad organizativa que tarde o temprano se paga fuerte, pero un poder concentrado sin una conciencia libertaria también paga fuerte su cerrazón litúrgica. Y veo que esto es un foco de discusión actual

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