Horacio González: Cátedra de Dolor

En mayo de 2016 nos enviaba Horacio este texto para publicar en nuestra sección/revista de entonces, Relámpagos, desde donde luego impulsaríamos tanto el libro como la publicación Revolución/es. Construía en este texto González una ficción que le permitía reflexionar en torno a los cambios profundos que imponía el macrismo, y las reacciones sociales que arrastraba. Una pintura de época, tanto como una apuesta de textual a la acción.  

                Por Horacio González

El couching nos miró atentamente. No sabíamos si nos iba a reprender o felicitar. Creaba esos momentos de tensión, que después nos aclaró que eran necesarios para el coucheo. Sí, se trataba de producir desconcierto, de no saber para qué lado iba a ir el mensaje. Si premio, si castigo… No había que descuidarse nunca, la decisión era así, la mirada del coucher era inescrutable y nunca sabíamos sus pensamientos íntimos. Así todos tienen que mirar a todos, sin dar a entender las secretas decisiones, que de un momento a otra serían desencadenadas. Siempre se mira temblando. “Otra cosa es lo que decimos en público”, dijo el coucher. “Cuando hay que explicar las decisiones”. Ahí, ¿qué tenemos?, preguntó.

-Tenemos dolor…- se escuchó a coro, y algunos lo dijimos con temblor, como dudando que fuera la respuesta correcta.

El coucher se quedó mirando al techo, algo pasmado. Nos asombramos un poco porque el coucher nunca deja que el silencio lo invada, el silencio puede dar lugar a malos pensamientos. Pero en realidad estaba hablando en voz baja, como rezando para un círculo de iniciados. “Siento dolor” decía en un susurro. Y poco a poco, nosotros, los coucheados –confieso que tuve que acostumbrarme a esa palabra-, comenzamos a decir “tenemos dolor”, “tenemos dolor”. Y luego “sentimos dolor”, sentimos dolor”. Porque no es lo mismo tener que sentir. Así lo explicó el Coucher, todo se iba deslizando del tener al sentir. El couching no era una cosa cualquiera, gracias a esas potentes frases, se llamaba “ontológico”.

Y poco a poco el Salón de Prácticas y Conocimientos –así lo llamábamos- se iba llenando de voces múltiples, dichas a destiempo, enmarañadas pero elevándose en espiral hasta el techo, hasta llegar a los acondicionadores de aire y las cámaras de seguridad. “Dolor”, “Sentimos dolor”. De repente, la ayudante del coucher -en broma alguien le dijo la “Señorita Couching”, guiñando un ojo-, pero recibió una mirada de reprobación de  su compañero de banco. Estábamos en bancos de madera duda. El coucheado tenía que pasar por condiciones poco favorables como parte del entrenamiento en las técnicas de dolor, el texto del dolor, la cara de dolor, la mueca de dolor, el discurso del dolor, el sentimiento de dolor, la ontología del dolor. Todo así, filosofía pura. Esa era nuestra escuela, nuestra nueva escuela-, con esa ayuda de la señorita Couching… perdón, de la couching assistent.

Era lindo escuchar como respondíamos en una letanía… “sentimos dolor” a cada de una de sus palabras. “Ante los despidos” decía ella.  Y la voz colectiva: “sentimos dolor”. “Ante el aumento de precios”. “Sentimos dolor”. “Ante las inundaciones”. “Sentimos dolor”. “Ante la falta de presupuesto en la Universidad”. “Sentimos dolor”. “Ante el cierre de teatros por el precio de la luz”. “Sentimos dolor”. Así ante ante tal y cual cosa… Ese “sentimos dolor” elevado hacia las alturas era una sola plegaria, algo que parecía medieval, pero todo al servicio de la modernización.

Me gustaba la escena, hasta que un gracioso que nunca falta dijo “ante el dolor”, y respondimos, solo por el envión que llevábamos y el poder mecánico del rezo: “sentimos dolor”. Era un chiste, pero el coucher aclaró, sin enojarse, “bien recibido el chiste, nos obliga a estar preparados para todo, hasta ante el dolor hay que sentir dolor”. Y rió bondadosamente de su hallazgo. Dio por terminado la clase porque –dijo- “ahora tengo que inaugurar una nueva especialidad, la Cátedra de Dolor a Futuro”. Nos sorprendió un poco pero estábamos acostumbrados. El couching es el arte de a sorpresa y de la esperanza. ¡Cuando salíamos entraba el Presidente! Para él era la Clase Especial de Dolor a Futuro. Todos lo comprendimos, era una Clase Urgente Especial. Nos retirábamos por ese pasillo bien iluminado y transparente e íbamos escuchando, como privilegiados, las primeras invocaciones. Comenzaron las frases pre moduladas –así se llamaban técnicamente- como de costumbre. Con un murmullo arrastrado y quedo. “Ante los papeles de Panamá”…. dijo el Coucher Ontológico. Esas palabras sonaron gravemente a la distancia. Y mientras la escena se nos hacía cada vez más difusa, no sé porque con un dejo de malestar en la voz, escuchamos al Presidente musitar… “sentimos dolor, sentimos dolor”. Y así se daba por iniciada la clase de dolor a futuro.

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