Nuestra indiferencia criminal de cada día: a propósito de la película Un crimen común

Hace más de un siglo, el joven Antonio Gramsci escribía como periodista un provocativo artículo titulado Odio a los indiferentes. En uno de sus párrafos más significativos, aducía que «la indiferencia es apatía, parasitismo y cobardía. Ella opera con fuerza en la historia, pasivamente, pero opera. Lo que sucede, el mal que se abate sobre todos, el posible bien que un acto heroico (de valor universal) puede generar no es tanto debido a la iniciativa de los pocos que trabajan como a la indiferencia, al absentismo de los muchos. Algunos lloriquean compasivamente, otros maldicen obscenamente, pero nadie o muy pocos se preguntan: Si yo hubiera cumplido con mi deber, si hubiera tratado de hacer valer mi voluntad, mis ideas, ¿habría ocurrido lo que pasó? Pero nadie o muy pocos culpan a su propia indiferencia, a su escepticismo, a no haber ofrecido sus manos y su actividad a los grupos de ciudadanos que, precisamente, para evitar ese mal, combatían, proponiéndose procurar un bien».

La película Un crimen común, dirigida por Francisco Márquez, parte de este interrogante para hincar el diente en una tragedia demasiado cotidiana en nuestros días. Cecilia es profesora de Sociología en la Universidad y vive sola con su pequeño hijo Juan y su gato. Una noche lluviosa, Kevin, el hijo adolescente de Nebe, quien trabaja hace años como empleada doméstica en su casa, llama con desesperación a la puerta. Ella titubea, se asoma con temor por la ventana, pero tiene demasiado miedo como para abrirle la puerta. Al día siguiente, el cuerpo del joven es encontrado en un río, al parecer asesinado por la gendarmería. Comienza así un cada vez más tortuoso derrotero en su vida, donde Cecilia se debate acerca de si podía haber evitado la muerte de Kevin.

Con una estructura narrativa de thriller psicológico, el film propone un abordaje que, sin desmerecer la brutalidad policial, se anima a adentrarse en las condiciones de producción de estos crímenes de Estado, a partir de un relato que va más allá -y más acá- de lo que por lo general aparece como campo visual en los medios hegemónicos. ¿Qué permite que naturalicemos este tipo de prácticas asesinas? ¿Qué nos inmuniza ante tanta muerte y dolor colectivo? ¿Cuál es nuestra responsabilidad más allá de presumirnos ajenos/as a esta violencia sistémica?

El ensayista Eduardo Grüner -a quien Márquez apela como una de sus fuentes de inspiración para esta película- nos recuerda que la violencia estatal ha sido fundante de nuestra sociedad, construida sobre la base de un crimen cometido en común. Lo que en Tótem y Tabú de Freud resultó ser una metáfora del tránsito de la horda primitiva a la cultura, en estas tierras se padeció de manera literal y descarnada en diferentes tiempos históricos. Del exterminio cometido por los conquistadores españoles al genocidio roquista contra los pueblos indígenas, de las y los 30 mil detenidos-desaparecidos, hasta llegar al mal llamado «gatillo fácil«. No, no es un problema de sensibilidad en los dedos al disparar un arma. Son crímenes de Estado que pudieran ser evitados. ¿Pueden en verdad? Aunque sin enunciarlo, ese es el interrogante que deja abierto la película Un crimen común ante las y los ¿espectadores? Quizás esta denominación misma sea parte del problema.

Son estos, por cierto, crímenes comunes: irrelevantes, nimios, naturalizados al extremo. «Uno menos», expresan con sorna los Baby Etchecopar y Eduardo Feinmann para anunciar ante las cámaras de televisión el asesinato de un pibe pobre por parte de la policía. La pena de muerte devenida en conteo banal, el fusilamiento sin juicio alguno convertido en arenga mediática. Nadies que caen ultimados por una política estatal instigada por las Bullrich y los Berni de turno. ¿Y nosotres? ¿qué hicimos? ¿qué hacemos? ¿qué haremos?

Cada uno de ellos es, también, un crimen (en) común. Más allá de la culpabilidad directa e inmediata de las fuerzas represivas (y de otros poderes menos visibles), nos guste o no somos cómplices de este engranaje asesino, clasista, racista y heteropatriarcal, que cada día mata a un joven humilde de las villas y barriadas populares. Para más detalles: morocho y de gorrita, como Kevin. «No hay olfato policial sin olfato social», sugiere Esteban Rodríguez, quien utiliza la noción de vecinocracia para aludir a las iniciativas vigilantistas que, incluso, se fomentan a nivel societal y refuerzan el punitivismo y la estigmatización.

Pero la película esquiva la complacencia y nos propone más bien mirarnos en un espejo deformante que, además de configurar a sectores neofascistas y de la derecha vernácula, apuntala un sentido común transversal, que moldea también nuestra subjetividad y, al igual que el crimen policial, resulta una construcción histórica transmutada del orden de lo natural e incuestionable. ¿Cómo se formó ese miedo que paraliza a esta socióloga progresista y le impide ayudar a Kevin? ¿Qué estigmas porta este joven que lo tornan un «otro» peligroso para buena parte de la sociedad? ¿Cuál es la relación entre teoría crítica y práctica reproductiva, conocimiento científico y compromiso social, retórica intelectual y experiencia vital, más allá de las buenas intenciones y de un supuesto saber académico?

El ambiente socio-cultural es un poderoso educador, supo advertir Antonio Gramsci, pensador maldito que sobrevuela en los intercambios que Cecilia mantiene con una pareja de estudiantes, a quienes orienta en la elaboración de una ponencia. Y es que el capitalismo, además de producir mercancías, produce seres humanos y procesos de subjetivación, nos sujeta a determinadas ideologías, imaginarios y prejuicios, que tienen efectos tan trágicos como reales en nuestro quehacer cotidiano. Eso lo sabe al dedillo conceptualmente la profesora de la UBA y lo explica de manera pedagógica en el aula.

Sin embargo, como bien describe Althusser -otro filósofo en quien parece apoyarse la protagonista para preparar y dictar sus clases- la ideología dominante dista de ser pura abstracción. Ante todo, se materializa en prácticas concretas y de manera inconsciente. Será precisamente una conjunción de actos bien mundanos los que descoloquen la previsible vida de Cecilia, sumiéndola en la más profunda angustia y desazón emocional ante lo que percibe como complicidad involuntaria, al haber sido actuada por la ideología dominante y el pánico moral.

Dislocada en su subjetividad y conmovida hasta el extrañamiento, en estado de shock ante la creciente pérdida de sentido, perturbada en sus fundamentos éticos más íntimos, se interrogará acerca de su indiferencia frente un crimen que -tal vez- podría haber(se) evitado. Su contradictorio vínculo con Neba, a quien intenta acompañar en su duelo y exigencia de justicia, la obligará también a confrontar el conocimiento teórico sobre la lucha de clases y la sociedad capitalista aprendido en la Universidad, con el saber popular y la pedagogía de la indignación que la madre de Kevin despliega con enorme entereza.

Este dilema de difícil resolución, ya había sido abordado por el propio Márquez en un film anterior, codirigido junto a Andrea Testa. La larga noche de Francisco Sanctis, basada en la novela homónima de Humberto Costantini, reconstruye el contradictorio derrotero de un hombre común que, enfrentado a una situación extraordinaria, debe optar por asumir (o no) el compromiso que ella le exige. Las interminables horas y minutos de zozobra vividos por él en plena coyuntura de terrorismo estatal y paramilitar en Argentina, exacerban la tensión de quien tiene sobre sus espaldas la responsabilidad de impedir que esa funesta noche militantes revolucionarios sean secuestrados. De nuevo: ¿cómo conjurar el miedo y batallar contra la indiferencia para poder tomar partido?

En una entrevista en la que Lucrecia Martel reflexiona sobre los sentidos de su película La mujer sin cabeza (donde pueden rastrearse ciertos antecedentes de la propuesta narrativa de Márquez), desliza una hipótesis sugerente acerca de lo ella define como la marca histórica que tiene la Argentina: «no comprender que el carácter de culpabilidad excede a la directa actuación sobre la muerte». A partir de una trama y una estética audiovisual donde lo monstruoso y el terror distan de ser algo sobrenatural, Un crimen común nos invita a ir en un ida y vuelta del saber, al comprender y el sentir, para reafirmar con creces esta inquietante conjetura.

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Crítica de Hernán Ouviña

Este jueves 24 de junio vuelve a las salas la película Un crimen común

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