Chocobar y la lógica de la injusticia

Hace casi dos años que Ivón, la mamá de Juan Pablo Kukoc, sus seis hijxs y sus dos sobrinos viven en Lanús Este. El conventillo de La Boca donde vivieron hasta antes de mudarse iba a ser demolido y, mediante el IVC, accedieron a un crédito para comprar una vivienda. La casa tiene un kiosquito adelante, que hoy en día es el sustento de la familia. Está en toda una esquina y en esa pared hay pintado un mural que dice gigante Juan Pablo, en medio de miles de colores y una estética skater. Lo hizo un amigo, nos cuentan. Irse a Lanús fue un poco un volver a empezar. A la vuelta de donde vivían en La Boca, en 2017, el policía Luis Chocobar asesinó por la espalda a Juan Pablo Kukoc, mientras corría, desarmado, luego de participar de un asalto frustrado a un turista.

El caso es emblemático. El policía autor de la muerte de Juan Pablo Kukoc llegó a juicio en el mismo proceso en que se juzgó al joven –en ese entonces de tan solo 17 años- que acompañó a Juan Pablo en el robo de la cámara del turista y las puñaladas una y mil veces relatadas. El turista participó de todas las audiencias de del juicio vía zoom. Otras veces pudo vérselo posando con Luis Chocobar,aportando a construir la figura del policía héroe que gestaron Mauricio Macri y Patricia Bullrich cuando lo recibieron en sus funciones de presidente y ministra de seguridad nacional.

Intentemos entender por un momento la lógica de la “justicia”: el funcionario estatal que mató a un adolescente, desarmado, por la espalda y luego de un robo fallido recibió dos años de prisión en suspenso (no va a la cárcel por un homicidio agravado). Al pibe, que fue autor de un delito y no mató a nadie, le cabe la pena de 9 años de prisión efectiva. La justicia entendió que el menor intentó asesinar al turista, es decir que tuvo intención de matarlo aunque no logró su cometido, mientras consideró, en el mismo fallo, y en consonancia con la fiscalía, que Chocobar no tuvo intención de matar a Juan Pablo.

Sin duda es importante que la justicia lo haya condenado, es que la evidencia no daba margen a la absolución. Chocobar quedó filmado, disparando al aire y sobre el cuerpo ya tumbado de Pablo, que se daba vuelta para un lado y para el otro porque se retorcía del dolor que el primer disparo le había ocasionado, cuando le reventó el fémur. A veces es crudo decirlo así, pero tal vez se dimensiona el daño que el agente causó sobre Juan Pablo que, en caso de que se probara su participación en el robo debiera haber enfrentado un proceso. Pero para eso debería estar vivo. Y está muerto porque Chocobar disparó seis veces y le provocó la muerte. Es decir lo asesinó. Es decir, un policía asesinó con su arma reglamentaria en plena vía pública a un pibe que corría para su casa, desarmado, luego de intentar robar una cámara a un turista. Pero para la justicia la pena que cabe, porque no tuvo intención de matar, es de dos años. ¿Cómo se explica que alguien dispare a un cuerpo de espaldas y luego en el piso, si no tiene intención de matar? Capaz los fundamentos del veredicto que se conocerán el 10 de agosto aclaran un poco el panorama. En todo caso, la módica pena de dos años no parece acertada en ningún caso de homicidio agravado. La sentencia va a ser apelada por Pablo Rovatti, titular del Programa de asistencia y patrocinio jurídico a víctimas de delitos y representante de Ivón Kukoc, que pidió una pena a cadena perpetua (que le cabe según el artículo 80 del código penal) y también por la defensa de Chocobar, que solicitó su absolución.

El veredicto lo recibió Ivón en su casa. Con sus hijxs, sus sobrinxs, y unos periodistas que tenían especial interés en registrar el momento de la sentencia. La espera que en tiempos de no COVID ocurriría en los pasillos de un tribunal, sucedía en el living de la casa, pero no se vivía menos tensa. Es un momento que, aunque las familias saben no será justo, se ansía, también como posibilidad de cerrar un proceso.

Hay algo que sucede cuando las fuerzas de seguridad asesinan a un pibe, por lo general morocho y de sectores populares: además de la pérdida inesperada con la que se enfrenta la familia de la víctima, en este caso la de Juan Pablo Kucoc (única víctima mortal de todo el asunto) comienza, al mismo tiempo, a soportar el hostigamiento de  una institución, la policial, corporativa y con prácticas que violan los derechos humanos. En el día en que se conoció el veredicto, mientras Ivón daba una nota al programa de Florencia Peña en Telefé, se acercó un móvil policial, una camioneta, que fotografió a Ivón y le dijo en tono amenazante “ya sabemos quiénes son ustedes, ya sabemos lo del juicio”. Y no es la primera vez. Su hijo menor ya fue víctima del hostigamiento policial. Una de las preocupaciones que Ivón repite es esa, ¿cómo se sigue viviendo, se sale a la calle, se estudia, es trabaja, se tiene una vida “normal” si sos la madre, la hermana, la sobrina, el primo de Juan Pablo Kucoc, asesinado por un policía, condenado a tan solo dos años de prisión en suspenso y 5 años de inhabilitación para ejercer sus funciones?, y que para colmo tras conocer el fallo y con total impunidad vocifera ante los medios de comunicación que “la policía bonaerense tiene unos huevos bárbaros”.

Todos los días Ivón y su familia intenta seguir, Pablo está acá, dicen, donde estamos nosotrxs él está, no hace falta siempre ir al cementerio.

Ojalá que no haga falta más ir al cementerio.

Texto por Revoluciones

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