Alejandra, la surrealista inaudita

Son múltiples los lazos que unen a Alejandra Pizarnik con el surrealismo: su temprano descubrimiento de los poetas franceses malditos (Baudelaire, Rimbaud, Lautréamont), su vínculo con referentes locales de esta corriente artístico-cultural como el pintor Juan Batle Planas y los poetas Aldo Pellegrini, Olga Orozco y Enrique Molina, el magnetismo que provoca en ella París -epicentro del surrealismo-, la amistad que en esta ciudad entabla con Julio Cortázar, Octavio Paz y otros escritores afines a este movimiento, la obsesión por figuras señeras como André Bretón y particularmente Antonin Artaud, de cuyos libros y ensayos redacta reseñas, realiza traducciones al castellano, escribe prólogos y fomenta su difusión por diversas vías.

Pero no es esta pléyade de influencias, afinidades, vasos comunicantes y círculos concéntricos lo que hacen de Pizarnik una surrealista radical. El surrealismo no resulta para Alejandra un paraguas, sino la lluvia que salpica y empapa su imaginación. Dista de ser un mero método de producción (aunque en ocasiones haga un uso original de la escritura automática), ni tampoco se agota en su acercamiento al psicoanálisis y a la apelación al inconsciente como motor creativo y combustible poético. Menos aún es una bandera de lucha o estandarte frente al cual subordinar su pasión por el lenguaje y la palabra.

Ni credo ni precepto: actitud y deseo, hacer carne el verbo. En el accidentado derrotero vivido por este movimiento a nivel mundial, lo suyo cuadra más con ejercitar La Revolución Surrealista que con poner El surrealismo al servicio de la Revolución. Remite ante todo a un estado existencial, a una filosofía de vida, de búsqueda incesante en base a la experimentación total. Metódica, sí, pero afecta a la locura y sin atadura alguna, por más liberadora que se ésta se presuma.

Octavio Paz definió al surrealismo como el máximo de precisión para el máximo de desvarío. Un saco que le calzaría a la perfección a Alejandra. Purificar el lenguaje en la hoguera del refinamiento sin dejar de apelar a lo insólito e inaudito, blasfemar contra toda regla y a la vez corregir con tesón lo incorregible, mixturar lo necesario y lo fortuito para hacer de la palabra un bisturí que hiera y suture a la vez esa piel erizada del silencio, “no querer traer sin caos portátiles vocablos”.

Dentro de la consigna-programa lanzada por el surrealismo, cambiar la vida-transformar el mundo, Alejandra se sitúa en el primer campo. “Creo que mi soledad debería tener alas”, exige en uno de sus brevísimos poemas. La emancipación como misión histórica planetaria le parecía quizás una metafísica imposición de época, constreñimiento al que su entorno muchas veces supeditaba su existencia de manera sacrificial, asfixiando la sensibilidad amorosa; un mandato frente al cual rebelarse mediante el uso y abuso de la palabra ardiente, ya sea en sueños como en momentos de vigilia. Por ello se mofa de los compromisos militantes de su amigo Cortázar, aunque le confiese en una dedicatoria personal: “te apruebo mucho políticamente”.

Pero juzgar el carácter subversivo de Alejandra por sus posibles comentarios socarrones, los desencuentros contingentes respecto de la corrección política o ciertos posicionamientos frente a procesos y acontecimientos revolucionarios de los años sesenta y comienzos de los setenta, sería como sopesar la potencialidad de un pez por su capacidad de persistencia en lo seco. El agua en la que ella nada (un insondable océano) es la palabra y desde esa inmanencia cobra fuerza la totalidad de su obra: prosa, poesía, imágenes garabateadas, diarios personales, humoradas y correspondencias destellan una potencia que con-mueve a quien se adentra en ese universo tan cautivante como ensordecedor. Emociona y angustia, provoca risa, tristeza y asombro, vértigo e introspección, deslumbramiento y zarandeo, abduce y enamora, quebranta, incita, maravilla e interroga. No se sale inmune de él: verbo y vida sin duda se entreveran con efusividad, ya que tal como sugiere Paz en el prólogo al Árbol de Diana, “produce un calor luminoso capaz de quemar, fundir y hasta volatilizar a los incrédulos”.

Se ha dicho que el yo es un centro de gravedad en la obra de Pizarnik, aunque es importante aclarar que ello no equivale a egoísmo narcisista sino a la intimidad propiamente humana. El yo es disuelto y vuelto a moldear, interpelado con rabia quimérica, hurga en sus intersticios desde la (in)visibilidad de la palabra, ausculta sus recovecos más enigmáticos y dolorosos, para habitarlo hasta la locura y la muerte. A todo le tenía miedo Alejandra, salvo a estas dos obsesiones, que la acecharon hasta el final de sus días y noches tormentosas como un lobo indómito.

Ese alter ego que fue Artaud para ella, supo denunciar que a Vincent Van Gogh lo había suicidado la sociedad. ¿Habrá sido el mismo asesino quien acabó también con su precoz e intensa vida un 25 de septiembre de 1972? Quien sabe. Algo de eso hay en ese gesto extremo y trágico de sublevación ante un sistema que -hoy al igual que ayer- no da de comer, pero tampoco de amar. Acaso en ciertos trazos poéticos como éste que nos legó, se cifre una posible respuesta de lo que se nos presenta todavía como un sin sentido:

“Partir

en cuerpo y alma

partir.

Partir
deshacerse de las miradas

piedras opresoras

que duermen en la garganta.


He de partir

no más inercia bajo el sol

no más sangre anonadada

no más formar fila para morir.


He de partir


Pero arremete, ¡viajera!”

*****

Texto de Hernán Ouviña

Ilustración de Ignacio Andrés

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