Vivir (en) la poesía | Ideas y sentires sueltos a propósito de Alejandra Pizarnik

Llegué a Pizarnik por el Poema 23 de El árbol de Diana, publicado en 1962. En él dice

“una mirada desde la alcantarilla

puede ser una visión del mundo

La rebelión consiste en mirar una rosa

hasta pulverizarse los ojos”

Capaz, pienso, me gusta tanto porque conjuga en una frase tan simple como contundente las palabras rebelión y rosa. Lo que siguió a ese primer encuentro con Alejandra fue la búsqueda. Una lectura que transitó de la poesía a la prosa para terminar en las cartas. En el audiovisual Memoria iluminada, de Virna Molina y Ernesto Ardito, que canal Encuentro emitió en capítulos, Ivonne Bordelois cuenta que, cuando vivía en Estados Unidos, en el contexto de la guerra de Vietnam, había escrito en las paredes de su oficina el Poema 23. Al regresar otro día a su trabajo le habían intervenido el verso y en vez de pulverizarse los ojos en la pared ahora se leía puverizarle los ojosIvonne leyó ese mensaje como un anticipo de los tiempos sombríos que se vendrían.

Adentrarse en la obra de Pizarnik es un peregrinar constante. Puntualmente leer las cartas enviadas (y algunas que no se llegaron a enviar) por la obrera de la palabra, como la llamó Juan Gelman, a amigas y amigos, referentes de la cultura, reconocidas/os poetas, artistas plásticos, amores y psicoanalistas nos pone en diálogo con una Alejandra distante de las estatuas conmemorativas, de piedra lejana y fría. Leerla e imaginar el intercambio con cada unx de sus corresponsales sucede al tiempo que esa forma de comunicación, a través de cartas, se presenta ajena a la dinámica actual, donde la inmediatez es el aspecto distintivo de nuestro tiempo histórico. Encontrarse con esas cartas hace pensar, casi inevitablemente, en los modos de comunicarnos, los tiempos que dedicamos a la conversación con lxs otrxs.  

Algunas temáticas son recurrentes en las cartas y en los poemas. El silencio, la palabra, el lenguaje, la existencia misma, son retomados una y otra vez por Pizarnik. En las cartas además de hacer referencias explícitas a su silencio (demoras en respuestas a algunas cartas) aparece escrita esta preocupación/obsesión por el lenguaje. A Ivonne Bordelois, le dice

Palabras es todo lo que me dieron. Mi herencia. Mi condena. Pedir que la revoquen. ¿Cómo pedirlo? Con palabras.

Las palabras son mi ausencia particular. Como la famosa muerte propia en mí hay una ausencia autónoma hecha de lenguaje. No comprendo el lenguaje y es lo único que tengo. Lo tengo, sí, pero no lo soy. (…) Este silencio de las palabras es el horror, es el vértigo en el estado más puro. (Bordelois y Piña, 2014: 88).

En La Palabra que sana, parte de El infierno musical publicado en 1971, escribe

Esperando que un mundo sea desenterrado por el lenguaje, alguien cata el lugar en que se forma el silencio. Luego comprobará que no porque se muestre furioso existe el mar, ni tampoco el mundo. Por eso cada palabra dice lo que dice, y además más y otra cosa (Becciu, 2019: 283).

A Pizarnik la atraviesa el lenguaje en vinculación con aquello que permanece como lo indecible. La desvive lo indecible. Ivonne Bordelois hace referencia a este vínculo entre poesía y existencia en Semblanza de Alejandra Pizarnik: “Alejandra siempre contempló lo indecible y siempre fue intentando decir lo indecible. Hasta que en un momento lo indecible no se dejó perforar más y ahí es cuando ella se desespera. Entonces se da cuenta de que ha empujado los límites de la palabra hasta los límites de su capacidad y que ya no queda nada por hacer. Cuando dice: ´Si digo pan, comeré? Si digo agua, beberé?´, nos va dejando su testamento. ´Las palabras no hacen el amor, las palabras hacen la ausencia´, o ´Yo no quiero decir, yo quiero entrar´. Eso es tremendo: muestra la inutilidad de la poesía frente a la existencia”. Hay para Alejandra un lenguaje no encontrado y que le gustaría encontrar. Por ese desencuentro o relación de amor-odio con la palabra escrita traza  un vínculo especial con la pintura: “me gusta pintar porque en la pintura encuentro la oportunidad de aludir en silencio a las imágenes de las sombras interiores. Además, me atrae la falta de mitomanía del lenguaje de la pintura. Trabajar con las palabras o, más específicamente, buscar mis palabras, implica una tensión que no existe al pintar” (entrevista de Martha Isabel Moia, 1972). En otro pasaje de esa entrevista dice “escribo para que no suceda lo que temo; para que lo que me hiere no sea; para alejar al Malo (cf. Kafka). Se ha dicho que el poeta es el gran terapeuta. (…) Escribir un poema es reparar la herida fundamental, la desgarradura. Porque todos estamos heridos”.

El sentido estético que expresa en su vínculo con la pintura también aparece en la Alejandra editora, correctora incansable de sus textos y los de amigos/as. Este es otro aspecto de los múltiples que pueden recogerse de la Nueva Correspondencia Pizarnik. Lo vemos tanto las cartas en sí mismas (enviadas con dibujos, dedicatorias, collages) como en su alusión a correcciones y aspectos propios de la edición de libros. En una enviada a Antonio Beneyto le pide si es posible imprimir los ejemplares de Nombres y figuras en caracteres de color azul o verde. En otra le agradece el color de los caracteres del libro (que salió en España como parte de la colección La Esquina que Beneyto dirigía en Barcelona). “Yo adoro en exceso las bellas impresiones y, más que nada, los buenos papeles” le confiesa haciendo una comparación entre las ediciones argentinas y las españolas.  En cartas a diferentes poetas pide devoluciones de sus textos, y expresa el estado de corrección constante de sus poemas y escritos provisionales.

El epistolario permite también acercarse a la Alejandra amiga, que extraña mucho a Ana María Barrenechea y a Susana Thénon y lo expresa una y otra vez en las misivas enviadas desde París. Donde también les cuenta que anda mejor que nunca. Escribe entonces desde un París -cuna del surrealismo- en el que, muchxs coinciden, Alejandra estuvo en permanente movimiento, y se vinculó con espacios culturales y referentes literarios como Julio Cortázar y Octavio Paz. También leemos una Alejandra humilde, desinteresada de los reconocimientos tradicionales y que pone siempre a disposición sus contactos y relaciones para que por ejemplo Beneyto publique autorxs argentinxs en Barcelona, como Silvina Ocampo. En este camino que la obra de Alejandra abre, me encontré con la poesía y el arte de sus corresponsales. El que sigue es un poema de Susana Thenón y más abajo algunos dibujos de Antonio Beneyto y la tapa de Nombres y figuras que ilustró para su colección La Esquina y publicó en 1969 en Barcelona.

Fundación

Como quien dice: anhelo,

vivo, amo,

inventemos palabras,

nuevas luces y juegos,

nuevas noches

que se plieguen

a las nuevas palabras.

Hagamos

otros dioses

menos grandes,

menos lejanos,

más breves y primarios.

Otros sexos

hagamos

y otras imperiosas necesidades

nuestras,

otros sueños

sin dolor y sin muerte.

Como quien dice: nazco,

duermo, río,

inventemos

la vida

nuevamente.

Y en esto de inventar la vida nuevamente, pensamos en ese mundo que Gelman invita a crear, para que Alejandra se quede. Parte de este recorrido -que es personal y colectivo-, en diálogo permanente con otros y otras, lectorxs nuevxs, viejxs, que escriben, que dibujan, que son interpeladxs por la vida y por la obra de Alejandra Pizarnik, motivó la convocatoria de Revoluciones.net y también este escrito con ideas y sentires sueltos apropósito del encuentro con lo que Alejandra fue, pero sobre todo con lo que está siendo. Está siendo en los modos en que su vida y su obra son apropiadas y reinventadas, siempre desde la incorrección que Pizarnik conlleva.

Hasta los últimos días de su vida Alejandra escribió y preparó poemas para ser revisados y publicados. Vivir (en) la poesía fue la manera en la que Alejandra transitó el mundo. En sus palabras “ojalá pudiera vivir solamente en éxtasis, haciendo el cuerpo del poema con mi cuerpo, rescatando cada frase con mis días y con mis semanas, infundiéndole al poema mi soplo a medida que cada letra de cada palabra haya sido sacrificada en las ceremonias del vivir”.

Texto de Antonella Alvarez

Ilustración de Ignacio Andrés

Tapa de Nombres y figuras realizada por Antonio Beneyto, publicado en Barcelona en 1969

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