Semblanza de Alejandra Pizarnik

Desde el primer momento en que conocí a  Alejandra, descubrí que detrás se toda la pirotecnia lunfarda, el aparato escénico e histriónico que ella desplegaba por pura provocación, se asomaba una formidable percepción literaria, patente en las cosas que decía acerca de los escritores franceses y argentinos que frecuentaba.

Su lectura de poesía era sumamente especial, excepcional: entraba en el centro inmediatamente. Sin ninguno de los andamios de la interpretación académica, llegaba al carozo de un texto con una especie de puntería extraordinaria. Era una gran crítica. Se lo puede ver en lo que escribe  sobre Silvina Ocampo,  Borges,  Molinari,  Neruda. En sus libros se ve la ambivalencia de las lecturas: por ejemplo, cita a Rafael Alberti con signos de admiración, y después escribe: “bodrio”. Es decir que sus juicios no eran monolíticos, sino  flexibles y sutiles.

Era mucho más agarrante y atrapante lo que me comunicaba ella, que lo que yo recibía en las venerables aulas de la Sorbona. Entonces empecé a alternar mis idas a clases con las idas a lo de Alejandra. Recuerdo que ella tenía un desorden gigantesco en la casa. Tenías que atravesar una mugre fenomenal para llegar a un lugar donde sentarte a conversar. Pero no  importaba: formaba parte del caos al que ella reducía al mundo exterior .Así surgió nuestra amistad. Empezamos a leer juntas, a tener un trato muy frecuente y muy intenso. En esa época ella estaba preparando los manuscritos del Árbol de Diana, y ya frecuentaba a Cortázar, a Paz. Ya estaba engarzada en ese ambiente que fue muy brillante entre los años 60 y 63. Estábamos en el París de Sartre, Simone de Beauvoir, Camus. Era un París maravilloso. Mucho menos burgués que ahora; mucho menos blindado, más suelto.

En esa  época, los poetas que yo conocía en Buenos Aires eran los poetas del  grupo Sur. Pero la gran poesía de esa época no tenía la incandescencia de Alejandra. También estaba Olga Orozco, pero con otro volumen y ritmo. Alejandra se erige como algo muy solitario. Después estaba Cortázar, que también era muy innovador. Cortázar se había alimentado de los mismos materiales que ella. Estaban cerca espiritualmente, porque los dos compartían el humor, el desbarranque,  lo marginal,  la protesta.

Una de las cosas que discutíamos mucho cuando trabajábamos en sus textos era el orden de los poemas, algo que parece trivial pero no lo es, porque un poema arroja sombras o luces sobre el que viene antes o el que viene después. Discutíamos  horas si el poema iba atrás o adelante; también si tal adjetivo iba acá o allá.  Yo siempre fui muy leal y directa en mis críticas, nunca con tapujos. Además teníamos un mundo de referencias muy común: las dos habíamos leído a fondo a Borges, las dos habíamos leído a Mallarmé, a Baudelaire. Eso nos ayudaba a encontrarnos, aunque menos en sus intrigas. Porque Alejandra era una persona que manejaba su carrera con mucho tesón; conseguía contactos y tenía toda una red de pasos para ir creciendo en su renombre, como se ve en las peleas con gente, periódicos o revistas que aparecen en su diario.

En 1969 Alejandra gana la beca Guggenheim, que no fue una experiencia positiva. Primero viaja a Estados Unidos y llega sola a New York, y después se fue a París. Y ese segundo París ya no era el mismo. Se había politizado mucho; Cortázar estaba pro-Cuba y Paz  en otra cosa; ya Alejandra no era tan central como en los principios de los años sesenta, que favorecieron un ambiente más recogido, más literario. De manera que se sintió desubicada. Cuando vuelve para Buenos Aires empieza el tobogán abajo. Alejandra había sido adicta a las drogas desde muy chica; había tomado anfetaminas para adelgazar. En esa época las anfetaminas se conseguían como aspirinas en cualquier farmacia. Esta adicción se  acentuó con la depresión que tuvo con la muerte del padre. Alejandra tenía a Pichon-Rivière como psiquiatra, y en un momento dado él siente que ya no se puede responsabilizar por ella: entonces la internan en el Pirovano. Era una internación ambulatoria, es decir que salía los fines de semana -y allí volvía a su costumbre. Y era difícil contenerla, con sus llamadas a las 4 de la mañana para expresar su desamparo.

Empieza con los escritos obscenos al final de su vida. Yo no los veía nada divertidos ni desopilantes, sino muy angustiosos. Me parecía que con esa escritura totalmente desfondada se estaba autodestruyendo mucho. Para mí eran síntomas, no eran escritos. Ahora que salieron los Diarios, se puede ver cómo hay un descenso al infierno en esos tiempos.

Aunque parece tener una relación contradictoria, casi de amor y odio con el psicoanálisis, en mi experiencia Alejandra tenía una visión psicoanalítica de la vida y de sus relaciones. Algo fascinante era que se sentaba a conversar contigo en un café o donde fuera, y siempre mostraba esa virtud que tienen los grandes psicoanalistas, que es ver detrás de lo que vos decís lo que no decís. Ella se situaba en esa parte de atrás; enseguida eras leído y transleído por ella. Así fuera una conversación trivial, una conversación sobre literatura, sobre tu vida íntima o lo que fuera. Yo no sé si lo aprendió de sus psicoanalistas o si era algo congénito. León Ostrov, su primer psicólogo, dice: “No estoy seguro de haberla siempre psicoanalizado; sé que siempre Alejandra me poetizaba a mí”. Cuando se leen las cartas con León Ostrov, te das cuenta de que él tuvo mucho cuidado en protegerle esa aptitud mediúmnica. Con Pichon-Rivière hay una especie de rivalidad entre ellos, porque Pichon-Rivière se creía el gran descifrador de la hermenéutica de Lautréamont y también Alejandra iba por allí. Hay algo dramático, de amor y de odio entre ellos.

Creo que gran parte de su éxito con las adolescentes se debe, sobre todo, a que su escritura atestigua un contacto con lo inconsciente inmediato, como si hablara desde el inconsciente directamente. Por eso, ciertos poemas de Alejandra parecen dar un golpe eléctrico, como si metieras los dedos en el enchufe.  No proceden de una tradición, de una prosodia o de una voluntad de estilo: vienen de la noche y de lo más visceral.

Alejandra siempre renegó de lo que había escrito acá, de sus primeros libros. Ella encuentra su genio en París. Con los últimos textos ya  parece que ningún psicoanalista la hubiera podido encaminar. Hay ciertos destinos que no pueden llevarse a cabo desde el punto de vista convencional. Yo no la veo a Alejandra a los sesenta años. Era una mujer que tenía una juventud demasiado incandescente, como si se estuviera consumiendo a sí misma. No daba para ser una mujer mayor ni para adquirir los dones o los defectos de la vejez. Era como una especie de grito que no se podía sostener. La pregunta que se hacen siempre los bobos, cuando leen los Diarios, es ¿por qué se suicidó? La pregunta es: ¿por qué no se suicidó antes? Cuando vos ves el nivel de angustia que tenía, te preguntás cómo se manejó con esa carga explosiva hasta la edad en la que vivió. La gente que piadosamente dice que pudo no haber sido un suicidio sino una distracción, no tiene en cuenta que antes hubo dos intentos de los que ella misma habla.

En cuanto a la vida diaria, Alejandra era más bien como un desboque. No había rutina. Se entregaba a lo que venía y también a sus relaciones físicas, como con grandes ráfagas pasionales. Y de golpe se metía en un cucurucho. A veces la mamá tenía que ir a su casa a cocinarle unos fideos. Y Alejandra tenía treinta años. Había en ella una notable inutilidad para la vida. Ella dice: “Yo no soy de este mundo”. Y no es un chiste; es verdad. Alejandra no era de este mundo. Tenías que acompañarla al banco, al correo. Tenía terror ante todo lo que eran las instancias cotidianas mínimas de la vida de hoy.

Y como ella no era de este mundo, tampoco era de la política. Pero también había todo un background de la historia de su familia. Porque ellos son polacos de origen ruso y parte de la familia cae primero bajo los nazis y después bajo  los comunistas. Es decir que tanto los nazis como los comunistas asesinan a parte de su familia. De modo que ni creía en los nazis ni creía en los comunistas. Nunca estuvo muy entusiasmada con la historia  contemporánea, ni siquiera cuando llega el 68 y todo se revuelve. Ella congeniaba con el grupo de Abelardo Castillo, pero de alguna manera se mantenía bastante independiente. Pero más tarde Alejandra adquiere mucha más conciencia de su identidad judía. Todo lo que oliera a antisemitismo la sublevaba. En eso sí era muy militante. Pero el antisemitismo venía de todos lados, porque los comunistas también eran antisemitas y el primer Perón estaba rodeado de antisemitas. Esa es la única veta política o de compromiso social que yo llegué a conocer en Alejandra, pero no directamente, sino a través de sus escritos.

Yo estuve muy presente en la compaginación de  Los trabajos y las noches Ella me agradecía el que yo le dedicara tanto tiempo; pero para mí era un honor, además de que aprendía mucho. Vos ibas a la casa a las cuatro de la tarde y no te largaba hasta las 11 de la noche. Era de una intensidad tal que siempre quedabas así como desplumada. Cuando terminamos de armar el libro, ella me dijo: “Bueno, ahora te quiero dedicar un poema”. Entonces lo elegí yo: Sombra de los días a venir. Y eso me impresiona, porque en ese poema hay una especie de presagio. Ahora me pregunto qué me pasó a mí cuando le pedí ese poema entre tantos otros que también me encantaban. En ese poema habla de su futuro, en el que acaso ella se  pensaba en el sentido de que se sentía sobre la frontera de lo indecible. Alejandra siempre contempló lo indecible y siempre fue intentando decir lo indecible. Hasta que en un momento lo indecible no se dejó perforar más y ahí es cuando ella se desespera. Entonces se da cuenta de que ha empujado los límites de la palabra hasta los límites de su capacidad y que ya no queda nada por hacer. Cuando dice: “Si digo pan, comeré? Si digo agua, beberé?”, nos va dejando su testamento. “Las palabras no hacen el amor, las palabras hacen la ausencia”, o “Yo no quiero decir, yo quiero entrar”. Eso es tremendo: muestra la inutilidad de la poesía frente a la existencia.

Aparte de compartir su intimidad en sus textos, con los Diarios pude ver toda una nueva Alejandra; en particular, el esfuerzo titánico que ella hizo para remontar ese caos que era su vida afectiva y su vida íntima. Ahí se advierte  que ella tuvo fortaleza, porque escribió hasta último momento. Cuando la encuentran muerta, la pizarra estaba escrita líneas dedicadas a Lautréamont. También estuvo escribiendo cartas hasta el último momento. Y las cartas son muy importantes.

Yo creo que si uno quiere ir a la persona de ella y a la relación de la persona con la obra, no hay que ir sólo a los Diarios sino a los Diarios más las cartas. Porque en su diario hay una especie de catapulta en contra de sí misma, pero en las cartas ella trata de superar sus relaciones con los otros y busca las confluencias entre su camino y el camino del otro. En ella hay una especie inseguridad afectiva, una especie de inestabilidad, una gran ambivalencia con respecto a las figuras más importantes de su vida emocional. Por ejemplo habla de Olga Orozco, que fue como su mentora y madre en la primera etapa. Y de golpe se da vuelta y su vínculo se vuelve muy oscuro. Lo mismo pasa con Cortázar. Hay mucho tambaleo emocional. Pero si se revisan los archivos de Princeton, uno se da cuenta de que tenía la estima de la mejor gente del siglo.

Hay también algunas bisagras. Por ejemplo las cartas a Osías Stutman, que son muy anteriores al suicidio, del año 65. Ahí ya empieza a jugar con lo obsceno, todo ese humor y esa autocargada a la cosa judía. En la última carta que Alejandra me manda, dice: “Cuando escribí esas cosas yo estaba loca”. De modo que se daba cuenta de su propio desbarranco. Se trenza  así un nudo muy complejo entre la intimidad poética y la intimidad afectiva.

Yo creo que hay que hacer un balance muy difícil, pero que alguien va a tener que hacer, entre todo el deterioro y la basura que muestran los Diarios y lo que muestra las cartas. Alejandra era una personalidad extraordinariamente compleja, por eso superó a sus psicoanalistas. Como todo genio, se te escapa. Y ella en especial: ese gran desorden de su vida por un lado y esa luz sobre lo que escribía por el otro.

John Berger plantea en uno de sus libros que uno tiene una relación con sus muertos y es verdad. Una vez  muerta Alejandra me quedó su nivel de purísima exigencia. A veces cuando leo mis escritos o los de otros, me pregunto: “¿Qué diría Alejandra de esto?”. Ella era implacable en su juicio. Porque así como podía leer con esa lucidez extraordinaria, también podía destruir el canon de la época con una sola palabra. A mí me gustaba esa especie de ferocidad que tenía. Algo de eso tengo yo: solían llamarme “El ángel exterminador”. Y creo que lo he sido y lo soy. En eso me siento respaldada por ella, como en una especie de diálogo.

Alejandra me producía una admiración y una fascinación extraordinaria, la fascinación de un mito. Cuando alguien te dice: “Es un mito”, vos le decís: “Bueno, pero detrás de eso hay todo un disfraz y una máscara”. En Alejandra no. Entraba en una habitación y toda la atmósfera cambiaba. Era alguien que tenía una presencia arrolladora y extraordinaria. Uno se preguntaba: “¿Cómo dice lo que dice y escribe lo que escribe?”. Estábamos todos un poco subyugados por eso. Pero en los Diarios vas viendo lo que fue el fin de su vida –que yo no presencié porque estaba en Estados Unidos-, y te entra la compasión. Te das cuenta de que toda esa fuerza y esa incandescencia que ella desplegaba, tenía como contrapeso una enorme angustia, desesperación e inestabilidad. Pero como hubo tanta franqueza y cariño entre nosotras, creo que me sería posible sentarme con ella a tomar un  café y seguir conversando ese verso de  Cernuda…

Texto de Ivonne Bordelois

Ilustración de Ignacio Andrés

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