Diálogo con Enrique Pichon Rivière sobre Alejandra Pizarnik

Poco después del suicidio de Alejandra Pizarnik, mantuve con Enrique Pichon Rivière un extenso diálogo sobre la poesía y los poetas. No pudo faltar allí la figura de Alejandra Pizarnik, poeta y amiga, y que por otra parte era paciente de Enrique Pichon Rivière, uno de los psicoanalistas más importantes de nuestro país. También un profundo conocedor de la poesía en general y de la obra de Alejandra en particular y a quien Alejandra dedicará su último poema.

Por Vicente Zito Lema

Ilustración de Alan Dufau

-Vicente Zito Lema: Otros poetas que conocimos, y que son parte de mi generación también conocieron el dolor de la internación y después la muerte. Pienso en Miguel Ángel Bustos que ahora está desaparecido y en Alejandra Pizarnik, que finalmente se suicidó.

-Enrique Pichon Rivière: Al poeta Miguel Ángel Bustos lo conocí a través suyo, en las clases que compartimos en la Facultad de Filosofía y Letras… Su poesía me pareció extrañamente hermosa y sé que tuvo una vida desdichada. En cuanto a Alejandra, y hablo de ella con dolor, el conocimiento llegó a través de mi hijo menor, Marcelo, también escritor y poeta.

-VZL: Alejandra era paciente suya, aunque no sé por cuánto tiempo. Recuerdo que una de las últimas veces que la vi, en su casa de Constitución mientras hablábamos de poesía y de los poetas, y yo tomaba la ginebra que ella me sirvió en un delicado dedal de plata, me lo comentó con entusiasmo…

-EPR: Alejandra se analizaba antes de irse a Europa con otro terapeuta, y cuando volvió, sufriendo una fuerte depresión, lo llamó a Marcelo, a quien conocía mucho, le pidió si podía interceder para que yo la atendiera. También le pidió, y lo digo con cierto pudor, pero necesito que se aclaran las cosas, que tuviera en cuenta que no me podía pagar. Mi hijo con cierta preocupación me alertó que ella me idealizaba.

Yo la atendí, por supuesto, al igual que otros artistas en situación similar, acaso era una manera de hacer realidad mi amor y mi deuda con el arte. Sé bien que el arte, y más la poesía, nos ayudan a ver lo poco que vemos del alma humano…

Alejandra comenzó su terapia alrededor de 1972, en una situación de graves dificultades para mi trabajo profesional. Yo ya estaba bastante enfermo, me habían entubado, con la extrema dificultad para el habla que supone esa situación.

Para mi desgracia y para desgracia de Alejandra era tanta la medicación que en ese tiempo tomaba -ahora es algo menos- que muchas veces me quedaba dormido. Más allá de mi voluntad y a pesar de mi lucha. Usted es buen testigo de esa etapa de mi vida…

Por esas circunstancias y a pesar de mis dificultades económicas y el amor por mi trabajo, decidí no tener más pacientes y sólo continuar mis tareas de control con terapeutas jóvenes. Le expliqué la situación a Alejandra, cuya depresión era grave, pero ella decidió seguir y volvió a pedir ayuda a mi hijo para que intercediera.

Me sobrepuse y quise ayudarla, por ella y por su poesía, no lo logré.

-VZL: Me cuesta decirlo. Las muertes que están en nuestras vidas siempre nos golpean, también nos desconciertan. No pudimos, o no supimos, mantenerlos vivos, y nos demandan: ¿cómo fue que los dejamos morir, si ellos también eran eternos, o no lo soñábamos así…?

-EPR: Lo que queda es la tristeza y la vida puede superarla; siempre se abre un camino y hay un rostro en la noche que nos interpela…

-VZL: Al menos yo sentí un fuego en mi alma cuando la muerte de Jacobo Fijman, de Paco Urondo, de Miguel Ángel Bustos, de Rodolfo Ortega Peña, de cada uno de mis amigos, especialmente si son muertes que no se esperan, y suceden como tragedias fuera de su tiempo natural, en el marco de una violencia atroz. Usted conoció en carne propia esos dolores. Pienso por ejemplo en el suicidio de su mujer, Arminda Aberasturi; también estuvo muy cerca de Alejandra Pizarnik, como hablamos antes fue su terapeuta…Quienes la conocimos sabíamos que ella lo idealizaba, como se dice sin vueltas había puesta su vida en sus manos… ¿Qué anuncia todo ese pasado en nuestro propio presente? ¿Cómo avanzar en la mañana que viene si la noche que va quedando atrás destruyó buena parte de nuestras alegrías, y sentimos esa extrañísima contradicción de estar vivos en el medio de la muerte?

-EPR: Con Arminda, con quien me casé apenas nos conocimos –yo estaba deslumbrado-, y con quien tuve tres hijos, la vida familiar no fue fácil; debo reconocer que mi manera de estar en el mundo no es un viaje en cómoda primera clase, no para mí y tampoco para los otros, aunque los ame, aunque intente cuidarlos y protegerlos. Con Arminda –que tuvo un gran desarrollo intelectual– nos separamos en 1956 y ella se suicidó quince años después. Resultó un duro golpe familiar, me conmovió, pero tampoco puedo negar que el vínculo personal había cambiado, nos veíamos poco y nada. En cuanto a Alejandra, ya sabe, sentía por ella un especial cariño, a pesar de su carácter tormentoso y aún frente a sus exigencias, que superaban por momentos mi capacidad para responder a sus demandas, mi rol de terapeuta incluso estaba en cuestión. Tampoco ayudaba mi propia condición física, mi enfermedad no era un juego y la depresión de Alejandra era profunda, creciente, y resultó fatal.

-VZL: Uno puede imaginar que alguien que vive en la palabra pura, como Alejandra, con su poesía, y un intelectual, un psicoanalista, que instrumenta la palabra como si fuera el bisturí de un cirujano, y hace de esa palabra, la esencia de sus vínculos, debían llegar a un puerto de aguas calmas, desgraciadamente aquí la tormenta destruyó la vida y los puertos.

-EPR: Siempre creí que el psicoanálisis era un instrumento de vida absolutamente apto, aún ante un psiquismo muy dañado, y luché desde temprano, contra viento y marea, para que el psicoanálisis no se redujera al tratamiento exclusivo de la neurosis, que parecía ser su marco natural y al que buena parte de los psicoanalistas de mi época trataban de ajustarse, haciendo una lectura en mi criterio reduccionista del pensamiento de Freud.

Por todas estas circunstancias, por la extrema sensibilidad de Alejandra y el valor de lo que escribía, su muerte me golpeó muy fuerte y en un mal momento de mi vida. Sigo creyendo, sin embargo, que un terapeuta debe estar preparado para enfrentar esas duras crisis, que ponen a prueba nuestra identidad, que interrogan a nuestra ética, y seguir creyendo en el trabajo. Así lo hice. Sé que Alejandra en algún momento, antes de su suicidio, se quejó con amargura de mi trabajo terapéutico, que exigió respuestas que acaso yo no pude darle; también sé, sin embargo, que en esos momentos de su peor abatimiento, me dedicó uno de sus entrañables poemas…

-VZL: La inmensidad del alma humana surge como un volcán y pasa el tiempo e igual nos sobrecoge.

-EPR: Seguimos viviendo sobre nuestra contradicciones, como médico estoy entrenado para enfrentar la muerte, y por mi formación psicoanalítica para luchar contra el suicidio, una de las formas más crueles con que se consuma la enfermedad mental.  Sin embargo, cómo negar que hay acontecimientos que nos sacuden y nos marcan a fuego…Hace años escribí algo sobre el suicidio… Por aquí lo tengo…“Cuando nos referimos al suicidio, generalmente estamos acostumbrados a relacionarlo con la posición depresiva. En realidad el suicidio está más vinculado a la situación paranoide; se trata de un crimen interno, es decir, de la destrucción del objeto internalizado, último recurso que el sujeto emplea cuando trata de controlar y aniquilar dentro de él el objeto interno perseguidor, podríamos decir, sin que el sujeto advierta que él mismo va a morir”.

-VZL: Artaud, hablando de Van Gogh, dijo que era “un suicidado por la sociedad”…

El suicidio, y más si tenemos un vínculo determinada con la víctima, siempre nos sacude, nos interroga, nos pone frente a nosotros mismos con gruesos modales y poca piedad. También hay algo de horror, que nos paraliza, ese horror que ya en grado extremo también lo provoca las desapariciones que noche a noche nos van cercando, que hace que caminemos por esta ciudad como si estuviéramos  pisando un pantano, que en cualquier momento nos puede tragar…

Los antiguos nos hablaban de “él árbol de la vida”. A veces siento que todos los árboles están derrumbados, que el país se convirtió en un desierto feroz, donde nada de “buena eternidad” puede ser, ni seguir siendo hacia el mañana…

-EPR: Nunca terminaré por aceptar la muerte. Ni me socorro en mi debilidad de hoy para apagar mi conciencia. La enfermedad que me destruye no me aleja del sufrimiento por tantas muertes, por tantos muertos sin cuerpo…

-VZL¿Habrá que aferrarse a los viejos cielos para no dejarnos arrastrar por estos nuevos infiernos…?

-EPR: Con cielos y con infiernos debemos seguir jugando la partida…

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