Alicia Eguren: amor y militancia en tiempos de la Resistencia Peronista

El 26 de enero de 1977 Alicia Graciana Eguren Vivas fue secuestrada, torturada, probablemente exhibida como trofeo de guerra y más tarde arrojada al mar en lo que conocemos como los vuelos de la muerte. A 44 años, compartimos a modo de adelanto el capítulo 6 del libro de Miguel Mazzeo, Alicia en el país. Apuntes sobre Alicia Eguren, que se encuentra en el tramo final de armado y próximo a ser publicado en Argentina.  

Antes del capítulo adelanto, transcribimos otro pasaje del libro, significativo en esta fecha, donde el autor reconstruye ese 26 de enero. La foto de portada son Alicia Eguren y el Bebe Cooke en la Penitenciaría de Santiago de Chile, en 1957.

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La mañana del 26 de enero de 1977 Alicia conversaba con un viejo amigo, el historiador Fermín Chávez, en el Café Casablanca en la esquina de Riobamba y Avenida Rivadavia. Chávez, tal y como lo venían haciendo el resto de sus amigos y sus amigas, de sus compañeros y compañeras, le insistió en que tenía que salir del país en forma urgente. Alicia parecía dispuesta a ceder.

A partir del prontuario policial de Alicia, Seoane propone la siguiente reconstrucción de los hechos:

….Alicia se presentó en el Departamento Central de la Policía Federal el 4 de enero de 1977; que declaró que su destino era España e Italia; que estaba divorciada y en trámite jubilatorio; que dio la casa materna –Castro Barros 1134– como domicilio y como referencia personal al doctor Domingo Angelucci con domicilio en Lavalle 1474, piso 5º y al viejo colaborador de Cooke, Juan Carlos “Trapito” Álvarez, con domicilio en Pozos 140, 1º A. En el mismo prontuario, el 6 de enero aparece “observado” el pasaporte por las renovaciones múltiples por extravíos.

Se sabe que el 26 de enero, Angelucci concurrió a Coordinación Federal acompañado por su cuñado, Juan Magaña, y el socio de su ex esposa, Carlos Ogando, a retirar el pasaporte de Alicia. Que ambos esperaron en un bar cercano a Angelucci quien nunca volvió. Por esas circunstancias, no es posible afirmar que Alicia y Angelucci ingresaran juntos a buscar el pasaporte.[1]      

Angelucci no regresó a ese bar porque fue privado ilegalmente de su libertad en el mismo Departamento Central de la Policía Federal. Lo más probable es que Alicia haya estado esperándolo en otro bar, distante, pero no demasiado, de la sede policial ubicada en Avenida Belgrano y Virrey Cevallos, en centro de la Ciudad de Buenos Aires. Una hipótesis es que, bajo tortura, Angelucci haya revelado el sitio donde Alicia esperaba. Pero es sólo una hipótesis. Lo concreto es que antes de las 6 de la tarde del 26 de enero, los dos fueron secuestrados. Todo indica que Alicia fue privada ilegalmente de su libertad en la vía pública.

Agrega Seoane: “Alicia había organizado para las nueve de la noche de ese día una cita con  Osvaldo Lavao Vidal, abogado de confianza de su hermana Martha, para realizar un inventario de todo lo que se encontraba en el departamento que tenía con John en la avenida Santa Fe 1183, donde vivía su hermana con su hijo Christian Wildner”.[2]

Relata Pedro: “A mí me llega un telegrama de Aragonés, diciendo: ‘tu madre sale en tal fecha’. Yo comienzo a respirar aliviado. Parto de la base de que la operación va a salir bien. No me dicen cómo va a salir de la Argentina, por dónde va a salir. El siguiente telegrama decía: ‘tu madre cayó’…”.[3]

(Fragmento del capítulo 12 Alicia Eguren, barro de mañana)


Capítulo 6 | Amor y militancia en tiempos de la Resistencia Peronista

Las mujeres han servido todos estos siglos de espejos, con la magia y el delicioso poder de reflejar la figura del hombre duplicando su tamaño natural. Sin semejante poder, la tierra sería aún probablemente jungla y ciénagas… Los espejos son indispensables para toda acción heroica y violenta. Por ello Napoleón y Mussolini insisten ambos con tanto énfasis en la inferioridad de las mujeres, porque si no fueran inferiores, ellos dejarían de agrandarse.

Virginia Woolf.

Alicia conoció a John en el contexto de una actividad organizada por el Centro de Estudios Argentinos (CEA). Concretamente: en una conferencia dictada por John. En realidad se trató de un ciclo de conferencias. No sabemos si Alicia asistió a todo el ciclo o concurrió a una conferencia en particular. El CEA funcionaba en un local de la calle Florida 334. El mismo sitio había albergado, hacia el año 1944, a espacios vinculados a FORJA, como el Club Argentino y el periódico La Víspera. Más allá de cuestiones meramente edilicias, entre FORJA y el CEA había un vínculo de continuidad. El director del CEA era Ricardo Guardo, un ex radical devenido peronista en 1945, diputado y presidente de la Cámara de Diputados durante el primer gobierno de Perón y coautor con John de una propuesta de Proyecto de Reforma Constitucional que sería un insumo importante para la Constitución de 1949. El naciente peronismo los convocaba.

En una entrevista para la Revista Panorama del 27 de julio de 1971, Alicia se refería a ese encuentro con John:

Yo lo conocí en 1946: él ya era diputado y tuvo que dar una conferencia en el centro de estudios que dirigía Ricardo Guardo. No lo volví a ver hasta 1955. El 16 de junio, después de la masacre en la Plaza de Mayo, yo lo busqué para ponerme a su disposición; estaba segura de que él era un hombre de pelea. Recién lo encontré 5 días después del 16 de septiembre, gracias a José María Rosa.[1]   

Dado que tenían inquietudes similares, y amigos y amigas, compañeros y compañeras en común, es muy probable que, previamente, se hayan producido convergencias en diversos espacios. Simples cruces fugaces. Miradas furtivas. Tal como señalamos, más o menos para la misma época del encuentro en el CEA, Alicia y John también coincidieron en la casa de Ernesto Palacio, ex performer vanguardista devenido militante del nacionalismo, historiador y diputado peronista. En esta última ocasión citados por una corriente historiográfica: el revisionismo histórico. Este encuentro es el que reviste mayor importancia como antecedente del vínculo. Sin dudas, Alicia no pasó desapercibida para John. Pero John parece ser que sí pasó desapercibido para Alicia ese día.  ¿Por qué Alicia no toma en cuenta ese encuentro que John si resaltará?

Alicia, además, leía la revista De Frente, fundada y dirigida por John en 1954. La lectura de De Frente le permitía estar al tanto del quehacer político-intelectual de John. Además, podía sentirse reflejada en unas inquietudes y unas posiciones que, por cierto, no eran las que predominaban en el peronismo oficial, en sus dirigencias políticas y sindicales.

Seguramente a John no se le había pasado por alto la aparición de la revista Sexto Continente y, muy probablemente, estaba anoticiado del rol destacado de su joven co-editora. Muchos de sus compañeros y amigos colaboraban en Sexto Continente y, también, en Cultura. John, como Alicia, estaba inmerso en esos ambientes intelectuales afines al peronismo. A fines de la década del 40 y a comienzos de la década del 50, Alicia y John son dos intelectuales jóvenes vinculados al peronismo, con un protagonismo relativamente importante: él, un brillante diputado nacional y luego director de una revista exitosa y prestigiosa; ella una profesora universitaria, editora, crítica literaria y poeta con cierto reconocimiento. 

Pero su historia en común comienza en 1955 y termina con la muerte de John en 1968. Una transición significativa es inmanente a esta relación. Significativa porque remite a un proceso histórico colectivo; a una forma de decodificar la lucha de clases, la geopolítica, las virtudes y defectos del peronismo y la vida misma. Una transición más que una comunión instantánea. Una transición que los fue transformando a ambos, al tiempo que transformaba a una parte de la sociedad argentina. Una transición que, desde el punto de vista ideológico y político va de un nacionalismo reformista o “populista”, cada vez menos productivo –por inviable–, al socialismo revolucionario o, para sintetizar, de Juan Domingo Perón a Ernesto Che Guevara.

En una carta desde la prisión, muy probablemente desde la cárcel de la calle Las Heras, en 1955, John le escribió a Alicia:

Stupity

Cuando Ud, llegó a lo de Palacio, con su sombrero coronado de flores de durazno (¿o serían jazmines?), me dio la sensación de un bello junto a la espera del vendaval que lo abatiese inmisericorde.

Ud. me dirá, señora, que desde entonces han pasado diez años y –¡hay!– muchos vendavales. No haga caso del almanaque, señora, que es una obra mezquina de los burócratas del Tiempo. Son otros equinoccios los que rigen para nosotros.

Yo le voy a contar la verdadera historia, la auténtica y real.

De lo de Palacio fuimos a su casa, y hablamos de presidentes depuestos y de políticos, en la penumbra propicia de un crepúsculo de primavera. Comimos “chez moi”, Ud. leyó versos. Desde entonces, su adorable sonrisa de conejo iluminó mis felices noches de conspirador en desgracia

Ud, señora, aprovechó para hacerme víctima de sus artimañas e insolencias: puso en duda mi indiscutido talento, mis virtudes para el mando y mi condición de jefe; creó serias dificultades a mi acercamiento con el sector femenino del Partido y, en suma, intentó tratarme como a otros de sus peleles. Ahora culmina sus desafueros apareciendo en mi celda, a las horas más intempestivas, para intranquilizar mi reposo y turbar mis pensamientos (no crea que me quejo, señora: Ud sabe que nunca me quejo).[2]  

En otra carta igual de incandescente aunque menos conocida que la anterior, de un 20 de junio, probablemente del año 56, John le decía:

Señora: El alba me sorprendió inquieto en mi lecho solitario, mientras mis brazos y mi cuerpo se empeñaban incesantemente en cubrir con imaginerías la cruel vacancia de su carne conejil.

Laboriosamente escribo, desde temprano, las cartillas del mensaje político, mientras otro mensaje acucioso –fragancia de piel, Ma grieff, voz nasal, ojeras violáceas, susurros– me tiraniza y empuja hacia recodos de sensualidad y ternura. ¿Cómo estar sin Ud? Ya sé que es una tilinga, que me martiriza con su prédica anti-fumastérica; que no hace más que criticarme; que mi genialidad política sufre la desintegración a la que la somete su vanidosa jactancia de omnisciente; que no me quiere nada. Todo eso lo sé pero, no obstante, “[¡]Oh muerte! [¿]Dónde está tu aguijón?”

B[3]   

Este es sólo un fragmento de una carta de amor condenadamente bella. Se suele decir que las cartas de amor son irremediablemente cursis. Puede que esta ayude a contradecir tal sentencia. ¿Quién termina una carta de amor parafraseando la carta de San Pablo a los Corintios?: “¿Dónde está muerte tu victoria? ¿Dónde está muerte tu aguijón?”, así exclama el apóstol en Corintios 15,55. Aunque lo más probable es que John haya tomado esa frase de Primavera Negra de Henry Miller.[4] Su concepto de las escrituras sagradas contemplaba textos ajenos a la Biblia.       

Alicia (que para John será “Alicita”, “Conejo”, “Lapin”, “calamity”) la leerá en una oscura celda de la Penitenciaría de mujeres de Olmos. La Revolución Libertadora (que, como veremos, será “Fusiladora”), la había catalogado como una “presa peligrosa”. Es claro que las “artimañas e insolencias” de Alicia están hablando de una relación que desde el inicio se planteó como “de igual a igual”. Alicia se le plantó a John como nadie lo había hecho. Y, algo inusual en un hombre en el contexto de una sociedad machista y patriarcal, es John el que se resiste a ser considerado por Alicia como “uno más”. En efecto, John no es uno más. Será el gran amor de Alicia. Por eso ella se aparecía, como un fantasma, en su celda.

Alicia impugna el prejuicio machista que considera que las mujeres piensan con la matriz, que sólo pueden enamorarse de hombres, no de ideas. Ella, claramente, estaba enamorada de algunas ideas. Se enamoraba de los hombres en tanto eran portadores (y ejecutores) de las mismas. 

En las cartas que se envían de prisión a prisión, no sólo se hace presente la cuestión política vinculada la organización de la naciente Resistencia Peronista. Adquiere una presencia relevante el juego literario de seducción. Por ejemplo, en una carta sin fecha, pero no muy distante de la anterior de 1956, John le escribe:

“Qué cosas puedo hacer para darte seguridad y aventar las aves maléficas? ¿Qué misterio arrancarle a las palabras que te devuelva una tranquilidad que yo creía haberte asegurado para siempre? Tu conoces mejor que nadie. Eres la única que lo conoce, el inventario que yo puedo ofrecerte y que te he dado íntegramente: ternura, besos, lucha, violencia, aventuras, penumbra, misterio. Una insumisa actitud frente a todo, una rebeldía total contra los contenidos de una axiología convencional, el coraje de mirar de frente a la circunstancia y oponerle los valores intraficables de la esencialidad. Mucho o poco, eso es lo que tengo. Eso soy. Es decir, eso es tuyo.

Te beso tiernamente

B[5]   

A John se le cuela el estilo del radioteatro y de algunas novelas rioplatenses. ¿John exageraba? ¿Sólo pretendía deslumbrar a Alicia? La historia posterior demostrará que no se trataba de promesas vanas.

Las cartas que Alicia y John intercambian desde sus respectivas prisiones atesoran una belleza intensa. No sólo por los sentimientos que trasuntan, no sólo por el “yo” que exponen sin filtros, incluyendo el “yo” herido, sino porque también poseen una inventiva extraordinaria. Son cartas que pocas veces rozan la cursilería característica del género. Y es que se trata de cartas de personas cultas y sensibles que parecen intuir que no quedarían iguales a sí mismos después de esa relación. Son cartas en las que lo privado se diluye en lo público. En sus páginas podemos detectar una conciencia subyacente sobre las posibles proyecciones políticas de su encuentro. Una conciencia que ambos poseen.

¿Qué ve Alicia en John? ¿Qué le atrae de él? Para responder estos interrogantes contamos con las imágenes con las que Alicia evoca a John tres años después de su muerte: “un joven jacobino solitario en un parlamento tímido y heterogéneo que representa la retaguardia de las masas que acaudillan Eva y Perón”, una personalidad excepcional; un representante de “la conciencia política revolucionaria creciente, desde su fundamentación contra las actas de Chapultepec y los acuerdos de Breton Woods”; la voz preclara que, desde las páginas de la revista De Frente, señalaba “la alternativa de hierro de un proceso popular: o se profundiza o será derrotado”.[6] De ese “joven jacobino” se enamora Alicia. De su inteligencia, de su intransigencia, de su voluntad inquebrantable, de su valentía. Con el paso de los años, compartiendo vida y militancia, irá descubriendo la dimensión más integral de su compañero.

En una carta a Perón del 13 de marzo de 1973, Alicia trazaba el perfil de Héctor J. Cámpora que acababa de ser electo presidente de la Nación. Lo calificaba como un “muy buen hombre leal” pero agregaba que “nunca brilló por el coraje, ni por la imaginación, ni por la audacia”.[7] Es fácil deducir los aspectos que Alicia valoraba en un hombre y en los seres humanos en general: bondad, lealtad, coraje, imaginación y audacia. 

 Más allá de los encuentros iniciales y casuales, el reencuentro de Alicia con John se produce en 1955, en un escenario de derrumbe. Poco antes del golpe de septiembre y del derrocamiento del gobierno Perón, John había sido designado interventor del Partido Peronista de la Capital Federal. Y comenzó a rodearse de las figuras más combativas del peronismo, al tiempo que consumía sus días recorriendo Unidades Básicas y sindicatos, tratando de darle contenido político a una estructura vacía, intentando –contra reloj– poner en funcionamiento una mediación política que, ante el avance de la reacción, aparecía cada vez como más necesaria. De a poco comenzaba a delinearse el cookismo.

Una de las primeras cosas que aprendió John es que la independencia política de la clase trabajadora no se construye en un par de meses y desde lugares externos. La falta de disposición para la lucha del grueso del peronismo era algo evidente e intuía que ese era un dato que no pasaba desapercibido para las clases dominantes y para sus brazos políticos y armados. 

John será uno de los pocos peronistas que insistirá en la necesidad de “armar a la CGT”, esto es, de crear milicias obreras para defender al gobierno. En un momento político de riesgo que no habilitaba ninguna forma de oportunismo, Alicia establece contacto con John y “se pone a su disposición”.

Las tensiones entre Perón y la oposición venían incrementándose aceleradamente desde 1954.  Pero el aire destituyente podía respirarse desde 1953. El 15 abril de ese año, durante un acto de la CGT, en la Plaza de Mayo, mientras Perón daba su discurso, estallaron dos bombas muy poderosas. Siete personas murieron. Muchas más resultaron heridas. La respuesta no se hizo esperar, grupos identificados con peronismo incendiaron la sede del Jockey Club en la calle Florida y la Casa del Pueblo del Partido Socialista (PS).  

Poco a poco, fue tomando cuerpo una alianza antiperonista integrada por los grandes grupos económicos con sus representaciones directas como la Sociedad Rural Argentina (SRA), la Unión Industrial Argentina (UIA) y la Cámara de Comercio de la Argentina (CCA). También formaban parte de esa alianza las representaciones indirectas de esos grupos económicos: los partidos políticos tradicionales, en su mayoría antiperonistas. Pero además de la conformación de esta alianza opositora, es importante tener en cuenta el deterioro de la alianza peronista. Si en un comienzo la burguesía nacional, un sector de las Fuerzas Armadas, la Iglesia y la clase trabajadora apoyaron al peronismo; hacia mediados de la década de 1950, de estos cuatro sectores, sólo los trabajadores y las trabajadoras permanecían fieles.

El 11 de junio de 1955, una de las celebraciones religiosas más importantes para la feligresía católica, la procesión del Corpus Christi, devino en un acto abiertamente antiperonista y terminó con enfrentamientos entre grupos que apoyaban al gobierno y grupos opositores. Según la versión oficial, en el Congreso, los opositores arriaron la bandera argentina (que luego quemaron) e izaron una bandera papal. Entonces, el gobierno, a modo de desagravio, propuso un desfile aéreo  para el día 16 de junio. Sin imaginarlo, estaba favoreciendo los planes golpistas. Ese día, en un mediodía nublado y desapacible, los aviones North American y Gloster Meteor de la Fuerza Aérea se agrupaban a la altura de la casa de Alicia en la calle Castro Barros, y desde ahí picaban al centro de Buenos Aires, hacia la zona de la Plaza de Mayo, disparando sobre los edificios y las personas. Otro tanto hacían los aviones Glen Martin y Beechcraft junto a los hidroaviones Catalina de la Aviación Naval, desde otros puntos de la ciudad. Los objetivos más codiciados eran la Casa de Gobierno y el Ministerio de Guerra. Desde el edificio del Ministerio de Marina, tomado por militares y civiles complotados, se disparaba a mansalva. En pocos minutos la Plaza y sus inmediaciones se convirtieron en un verdadero infierno. El fuego de la metralla desmenuzó cuerpos, desgarró muros, desguazó automóviles, compuso un amasijo tétrico de carne humana, cemento y fierros retorcidos. Un trolebús repleto de trabajadores y trabajadoras, de niños y niñas que se dirigían a la escuela o regresan de ella a sus casas, fue alcanzado por una bomba que penetró por el techo. La onda expansiva mató a todos y a todas. En la Avenida Paseo Colón, a la altura de Hipólito Yrigoyen, se formó un inmenso charco de sangre. Los árboles enclenques, incinerados por las deflagraciones, extrañaron a las palomas. Así fue el “bautismo de fuego” de la Fuerza Aérea y la Aviación Naval argentinas: imposible concebirlo más deshonroso. De este modo, las clases dominantes argentinas retomaron su vieja pedagogía. 

Con el objetivo de asesinar a Perón, los militares insurrectos bombardearon la Ciudad de Buenos Aires y causaron la muerte de cientos de personas  –entre 200 y 350– y una gran cantidad de heridos y heridas –entre 800 y 1200–. Civiles y militares, pero principalmente civiles. Nunca se supo la cifra exacta de víctimas. El levantamiento militar tenía como cabecillas al general León Bengoa y al contraalmirante Samuel Toranzo Calderón. Entre los civiles se destacaban nacionalistas católicos como Mario Amadeo y Luis María de Pablo Pardo, y radicales como Miguel Ángel Zavala Ortiz. 

Fue una masacre perpetrada por el odio de las clases dominantes argentinas, por su estado de postración ético, por su moral momificada, por su profundo desprecio a la política y a la mismísima ley que los ampara. Hubo otras masacres antes. Contra las montoneras y los pueblos del interior, en las guerras civiles del siglo XIX. Contra los pueblos originarios, en el genocidio/etnocidio denominado “conquista del desierto”. Contra los trabajadores y las trabajadoras, en la Semana Trágica de 1919 o en la Patagonia, en 1922. Habrá otras masacres posteriores, sobre todo durante las Dictaduras Militares, pero también en el marco de gobiernos constitucionales. Ese odio –inalterado– es el que suministró y suministra espesor dramático a la historia argentina. No la resistencia y la rebeldía del pueblo que, aún con sus errores, sólo aportó y aporta épica. 

Los bombardeos a la Plaza de Mayo del 16 de junio constituyen un punto de inflexión en la vida de Alicia. Fueron como una revelación. Podría decirse que ese día nació como militante revolucionaria, porque ese día también asomó una subjetividad colectiva, o mejor: se inició un proceso de acumulación de subjetividad colectiva del lado de las clases subalternas y oprimidas. Al principio fue sólo la pura indignación que obró como madre engendradora. De este modo, bajo el influjo de razones ético-culturales y político-morales, la poeta, la activista cultural, la intelectual con cierto grado de “compromiso”, se convirtió en luchadora política. La militante revolucionaria Alicia Eguren fue parida por la indignación, con estallidos de bombas y repiqueteo de balas como música de fondo. Esa indignación que puso en crisis la hegemonía liberal y, por extensión, a buena parte de las instituciones argentinas; desde los partidos de izquierda a la Iglesia Católica. Después, en forma ininterrumpida y por simple agregación, se fueron sumando: la ética de la rebelión, la necesidad imperiosa de actuar, el imperativo de cambiar el mundo, la contra-violencia, el proyecto constructor de la paz pero al precio justo, el esfuerzo por deslastrarse de los valores y las categorías del enemigo. Para Alicia, a partir del 16 de junio de 1955, lo cotidiano se tornó épico.   

Después de los bombardeos, la tensión política fue en aumento. La misma noche del 16 de junio, grupos encolerizados, incendiaron –o intentaron incendiar– las principales Iglesias de la ciudad de Buenos Aires: del Socorro, Santo Domingo, San Francisco, San Miguel, San Ignacio, La Merced, entre otras. Tampoco se salvó la Catedral. El rol político de la Iglesia como eje aglutinante del anti-peronismo era demasiado evidente como pasarlo por alto, especialmente ese día. 

Finalmente, en septiembre de 1955, un levantamiento militar autodenominado Revolución Libertadora, que se inició en Córdoba y luego se extendió al resto del país, derrocó a Perón y lo obligó a exiliarse. Perón renunció, no llamó a un levantamiento popular en defensa de su gobierno, es más: lo desalentó desde el principio, más allá de algún que otro discurso encendido.

Por cierto, desde el 17 de octubre de 1945, Perón se dedicó sistemáticamente a evitar la reedición de un acontecimiento en esa clave: la movilización de masas como una forma de resolver conflictos sociales y políticos. La lealtad instituida a Perón se convirtió en deslealtad al 17 de octubre y a sus significados instituyentes. John y grupo más activo de militantes del Partido Peronista de la Capital estaban perplejos frente a lo que interpretaban como una absurda rendición. No podían creer que ese fuera el final. Lo mismo Alicia. 

Perón, maestro en el uso paciente del tiempo, eligió la espera, la dilación. Para Alicia y John, Perón sobrevaloraba esa variable central de la estrategia. Ella y él les asignaban prioridad a los actores y a las actrices, a las operaciones, a los medios. Sus estilos políticos eran divergentes de los del General. Para Alicia y John la política era desborde. Para Perón la política era el juego del perpetuo balanceo. El terreno más propicio para Perón no era precisamente el de los combates decisivos. En distintos momentos de su extensa trayectoria política podemos ver al General haciendo ingentes esfuerzos por evitarlos. Pocos años más tarde, Alicia y John serán testigos de actitudes igualmente decepcionantes.      

Una vez derrocado Perón, asumió la presidencia el general Eduardo Lonardi. De inmediato, se mostró dispuesto a dialogar con los dirigentes sindicales, en su gran mayoría identificados con el peronismo. Mientras tanto, comandos civiles, asaltaban sindicatos a punta de pistola. Pero a poco más de un mes de asumir, los sectores cerrilmente antiperonistas de la civilidad y de las Fuerzas Armadas, representados por el general Pedro Eugenio Aramburu y por el Contralmirante Isaac Rojas, lo obligaron a renunciar. El primero asumió la presidencia y comenzó a perseguir a los dirigentes sindicales y políticos identificados con el peronismo. Los sindicatos fueron intervenidos y el Partido Peronista fue proscripto. Incluso, a través del decreto 4161, se llegó al absurdo de prohibir la simple pronunciación de los nombres “Perón”, “Eva Perón” y toda referencia u ostentación de simbología partidaria relacionada con el peronismo. El proyecto encabezado por el tandem Aramburu-Rojas era, sin más, la “desperonización” de la Argentina. Un intento de suprimir de la memoria colectiva la experiencia de diez años de gobierno peronista. Como veremos, los efectos de estas políticas fueron exactamente los opuestos a los esperados.

En el contexto de un plan de “reestructuración de los estudios superiores”, se sancionó el decreto ley 6403 que despojaba de todas sus cátedras a los y las docentes afines al peronismo. De este modo, Alicia se quedaba sin posibilidades de trabajar. Una franja importante de la intelectualidad argentina, además de subestimada, quedaba excluida del Estado. Seguirá produciendo, pero ahora fuera del Estado, con el Estado en contra. Comenzará a repensar el peronismo, la Argentina. El desapego institucional forzado contribuirá a la radicalización de muchos y muchas.  

En los subtes de la ciudad de Buenos Aires, como un western lunfardo, un día aparecieron carteles con los rostros de Alicia y John y el rótulo: “Buscados”. Alicia experimentará por primera vez la condición de clandestina.

El represor Prospero Germán Fernández Albariño, alias “Capitán Gandhi”, que actuaba bajo la órbita del Subjefe de Policía Aldo Luis Molinari, estaba tras los pasos de la “Doctora Eguren”. El “Capitán Gandhi” era un psicópata que, entre otras costumbres, solía exhibir la cabeza de Juan Duarte conservada en formol (el hermano de Eva Perón se había suicidado en abril de 1953, pero la oposición al peronismo prefería creer que había sido mandado a asesinar por el propio Perón). Hasta el padre Castellani fue detenido e interrogado por este personaje que, con absoluta arbitrariedad, buscaba obtener datos que lo condujeran a Alicia. 

En una época temprana, antes de la Revolución Cubana, antes de que una visión ultraliberal comenzara a considerar intercambiables los términos peronismo y comunismo, Alicia y John ya comenzaban a ser tildados de “agentes de la subversión comunista internacional”, sin que ninguno de ellos tuviera vínculos con países o partidos comunistas. Alicia y John se estrenaban como las bêtes noires de la “gran conspiración mundial”.

Frente a la ofensiva gorila –una ofensiva con inocultables contenidos de clase–, los sectores populares reforzaron su identidad peronista e iniciaron una serie de acciones contra la dictadura militar: huelgas, sabotajes, actos de desobediencia civil. A veces organizadas, otras espontáneas. El conjunto de estas acciones se conoce con el nombre de Resistencia Peronista. Su objetivo principal era el retorno de Perón. Pero la Resistencia Peronista también fue la respuesta defensiva de los trabajadores y las trabajadoras contra el hostigamiento de los patrones y contra la represión del gobierno militar que derrocó a Perón en 1955. A pesar del protagonismo de los trabajadores y las trabajadoras, la Resistencia Peronista no se planteó específicamente el reclamo por mejores salarios, fue básicamente una lucha, en cada lugar de trabajo, en defensa de las condiciones laborales y sindicales logradas durante el gobierno peronista. Al decir de Alejandro Horowicz, una suerte de “luddismo nacional”.[8] 

Entonces, Alicia va a buscarlo a John a la sede del Partido Peronista, en Riobamba y Cangallo. Se pone al servicio –“a disposición”– de ese “joven jacobino”, talentoso y desmedido, que contrastaba con el resto de la dirigencia política y sindical peronista: burócratas y meros apéndices del Estado, comparsas del poder, melindrosos y aburridos, maniobreros sin imaginación, solmenes y cerosos, ceremoniosos estrechadores de manos y acomodaticios. Personajes menores, incapaces de exceder los lugares comunes y las verdades evidentes. Perón, que lo había relegado por autónomo y perturbador, lo convoca en el momento infausto. Tengamos presente que John, después de destacarse como parlamentario, no reeligió su banca, y que, aunque haya sido presidente de la Comisión de Asuntos Constitucionales de la Cámara de Diputados y uno de los redactores de un proyecto de reforma constitucional, no integró las listas de convencionales constituyentes para la Convención de 1949. Pagó de ese modo el costo de la independencia en el pensar y en el hacer.

La relación entre Alicia y John, una relación de “herejes”, de “excéntricos”, se consolida en la clandestinidad. Poco después del golpe, Cooke es detenido, más precisamente en octubre de 1955. Pasó todo el año 1956 en prisión y hasta marzo de 1957 deambuló por distintas cárceles del país, cuando protagonizó una espectacular fuga a Chile desde el penal de Río Gallegos.

En ese tiempo Alicia también conoció la cárcel. Fue detenida por primera vez el 19 de octubre de 1955. Pasó un día detenida. Acusada de asociación ilícita y conspiración para la rebelión, volvió a ser detenida, y esta vez incomunicada, el 26 de noviembre. Esa detención demandó un enorme despliegue represivo.  

Según el relato de Pedro:

Ese día a mí me operan de Adenoides. Mamá ya estaba clandestina y viene a la mañana al hospital para la operación. Una vez que me operan, se raja. Pero después pasa por la casa de Boedo, por la noche, para verme y ahí la agarran. Mi abuela le dice: –¡Qué hacés aquí!  Mamá cae por ir a verme a la casa de Castro Barros. Yo estaba escupiendo sangre en una palangana […] Yo estaba en una cama, con una metralleta de juguete, con luces, que era toda una novedad para la época, un invento del argentino Rodolfo de Luca. Entran primero los civiles del SIN [Servicio de Inteligencia Naval]. Entonces les hago a los milicos como que les tiro con la ametralladora de juguete. Yo tenía 7 años. Entonces agarran la palangana llena de sangre y me la vacían en la cabeza. Yo nací en la violencia.[9]

El Servicio de Inteligencia del Estado (SIDE), dirigido por el general Domingo Quaranta, había lanzado una implacable persecución contra los y las peronistas. Pero, además, Alicia estaba “marcada” por el SIN. Un comando conjunto del Ejército y la Marina encabezado por el general Juan José Uranga rodeó la manzana de la casa del barrio de Boedo donde se encontraba Alicia y con altavoces amenazaron con volarla si ella no se entregaba. Engañada por la quietud de los techos, intentó una temeraria huída por las terrazas. En pocos segundos evaluó vías de escape. Calculó distancias y alturas. Pero fue imposible. La sacaron a los empujones, a las patadas, tirándole de los pelos y la arrojaron en la caja de un camión del Ejército.

A pesar de que la práctica de Alicia encajaba perfectamente en las mencionadas figuras del Código Penal (harto flexibles, por cierto), fue sobreseída y liberada el 21 de diciembre. Pero apenas una semana más tarde cayó sobre ella una nueva orden de captura. Ahora se la acusaba de “peligrosa organizadora” (de delitos colectivos). Esta vez le fue negado el habeas corpus con salida del país y atención médica. Permaneció en prisión hasta el 15 de noviembre de 1956, cuando fue nuevamente sobreseída y liberada. O sea, prácticamente un año completo. 

Alicia fue tratada con especial saña por estar vinculada a John y, claro está, por ser mujer. Una mujer “desobediente”. Debió lidiar con seres ora dengosos y oportunistas ora insensibles y demenciales, invariablemente embriagados de poder. Los carceleros y las carceleras, incluyendo a las monjas, no le ahorraron humillaciones. Como alimento le suministraban un bodrio indigerible cuyo objetivo no era otro que deteriorar su salud, debilitarla físicamente y minar su voluntad. Entre paredes apenas enjalbegadas, el frío de las baldosas le trepaba por las piernas hasta los muslos y le helaba el abdomen. En algunas noches gélidas, cuando el desasosiego se tornaba febril, cuando la indignidad del cautiverio se convertía en algo insufrible, Alicia escribía poemas. Lamentablemente no se han conservado. Nunca dejaba de escribir cartas. Caras políticas. Cartas de amor. A veces indiferenciables.

Buena parte del tiempo que pasó en la cárcel Alicia estuvo muy enferma. Fue “interrogada” en la sede del SIN.

Según el relato de María Seoane:

El interrogatorio estuvo a cargo de Uranga[10], que le aplicaba la picana acusándola ser “la pareja conspiradora del dirigente John W. Cooke” […] Uranga se recostó en su asiento, puso los pies sobre la mesa y comenzó con las preguntas. Alicia lo desafió antes de que la arrastraran a la sala de tortura:

–Está usted ante una mujer. Hasta que no baje sus patas sucias no pienso abrir la boca. Usted es una bestia, no un caballero.[11] 

Pocos años después, en un artículo, Alicia recordará a ciertos “jóvenes libertadores que portaban innecesarias ametralladoras, de la Marina, del Ejército, que nos insultaban en su idioma afeminado [sic], que nos empujaban, que nos golpeaban y torturaban…”, recuperará la imagen de unos “malcriados que tiraban sus zapatos por el aire y descalzos y con los pies cruzados sobre el escritorio mezclaban sus interrogatorios con loas a la ‘democracia’ e insultos al ‘tirano depuesto’…”.[12]   

Pero ni la brutalidad obscena de sus captores, ni las torturas, ni la enfermedad pudieron menoscabar su carácter. Como vimos, Alicia, sin dejar de ser el “bello junco a la espera del vendaval” siempre fue una mujer “ascética”, “dura”, “indomable”, “rebelde”, con una seguridad arrolladora. Absolutamente todos los testimonios coinciden en calificativos de esa índole.

Los y las militantes de base, los y las protagonistas de la Resistencia Peronista, no pasaron por alto la intransigencia de Alicia que comenzó a adquirir prestigio y predicamento entre los y las peronistas resistentes. Un Boletín de circulación clandestina, la nombraba “Alicia de la Patria” y la definía como “una conductora nata” y como “un alto exponente de la intelectualidad argentina, que al producirse el caos en el que se debate la Patria, salió a defender la doctrina justicialista y a organizar el movimiento de liberación”.[13]  Alicia seguía a pie juntillas la recomendación y el ejemplo de John, alimentaba el fervor del pueblo con hechos heroicos.

En esa línea, supo ser una de las presas “lieras” del peronismo; en la Cárcel del Buen Pastor, en el barrio de San Telmo, a pocas cuadras de la Plaza de Mayo, o en la Penitenciaría de mujeres de Olmos, en cercanías de la ciudad de La Plata.

Según el abogado Fernando Torres:

“Había un problema porque estaban presas las mujeres de la Resistencia, por los hechos posteriores a septiembre de 1955, como Norma Kennedy, Lala García Marín (la tía Lala) y Alicia Eguren y las presas viejas, como Delia Parodi y Juana Larrauri, que estaban presas por haber sido legisladoras… y no querían lola. Las otras las volvían locas a las monjas de Humberto I. Tanto, que un día las llevaron a La Plata, a la cárcel de Mujeres de Olmos, porque todos los días había peleas con ‘las jerarcas’. Conspiraban permanentemente, hacían lío por las requisas, por los paquetes, por todo. Las legisladoras buscaban el modo de salir cuanto antes y sus compañeras batifondeaban [sic] desde la mañana hasta la noche. Yo las defendía a todas. En la sala de abogados me encontraba con los dos grupos, con las lieras y las moderadas. ¡Unas discusiones!”.[14] 

Ana Carmen Macri fue una de las presas “viejas”, una de las ex diputadas que compartió celda con Alicia en la cárcel del Buen Pastor. En el testimonio recabado por María Seoane, Macri señala la actitud de su compañera que, detenida y con la salud quebrantada, conspiraba día y noche, redactaba panfletos y cartas, se las ingeniaba para organizar diversas acciones en “el afuera”, valiéndose de las visitas de su familia. Sus padres y su hijo, además de acostumbrarse a verla en la cárcel, estuvieron involucrados desde el comienzo en las redes conspirativas de Alicia. Según Macri: “Alicia no era antipática, pero si fría para el trato. Ella tenía una modalidad distinta, un modo de pensar distinto. Quería convertir al movimiento en lo que ella era: una persona de izquierda”.[15] Todo sugiere que la “frialdad en el trato” estaba dirigida a destinatarios y destinatarias puntuales. No era una característica de la personalidad de Alicia. En lo concerniente a su relación con Alicia, Macri será tajante, dice en su biografía política: “no nos poníamos de acuerdo, ella era marxista”.[16]  

Las presas “lieras”, Alicia incluida, eran las que no se resignaban a las condiciones impuestas por los carceleros. Los insultaban. Puteaban. Cantaban la marcha peronista. Ratificaban las convicciones en los interrogatorios. En carta al director de la revista Qué, Mama Ina, denunciará públicamente la situación por la que atravesaba su hija: “Me dirijo a Ud, por medio de la presente a fin de hacerle conocer la circunstancia de que próximamente se cumplirán catorce meses de la detención de mi hija la doctora Alicia Eguren a disposición del poder Ejecutivo, hecho que se agrava aún más por su precario estado de salud y sin la atención médica necesaria”.[17]   

El 9 junio de 1956 se produjo un alzamiento militar liderado por el general Juan José Valle, secundado por el general Raúl Tanco y el teniente coronel Oscar Lorenzo Cogorno. Desde sus cárceles respectivas, Alicia y John abrigaban expectativas en esta iniciativa. Sin embargo, no tenían contacto directo con los organizadores del alzamiento. Es más, en extensos sectores del peronismo predominaba la desconfianza, especialmente en Perón. Los insurrectos llegaron a tomar el Regimiento 7 de la ciudad de La Plata y el Cuartel General de Santa Rosa, en la provincia de la Pampa. 

Pero por falta de apoyo, por errores de coordinación, en fin, por las limitaciones de la conducción estratégica, el movimiento fracasó. Aramburu dictó la pena muerte y el gobierno militar fusiló a los responsables directos, oficiales y suboficiales y, en los basurales de José León Suárez y en la Unidad Regional de Lanús, hizo lo propio con grupos de civiles. En total fueron 27. El general Valle fue fusilado en la Penitenciaría Nacional de la calle Las Heras, en la ciudad de Buenos Aires, el 12 de junio de 1956, a las diez y veinte de la noche. Algunos fusilados “sobrevivieron” y esa paradoja sirvió para Rodolfo Walsh diera a luz ese libro clave de nuestra literatura que es Operación Masacre. La operación y la masacre también parieron al militante-escritor Rodolfo Walsh. Así, la Revolución Libertadora pasaba a ser Revolución Fusiladora. Ese 9 de junio de 1956, al igual que John, Alicia fue sometida a juicio militar sumario y debió soportar un plus de malos tratos, incluido un simulacro de fusilamiento.

El 14 de junio de 1956, Quaranta, acrecentó su fama como represor al invadir –literalmente– la embajada de Haití. El general Tanco y otros militares partícipes del alzamiento contra la Revolución Fusiladora buscaron asilo en esa sede diplomática. El embajador, el poeta Jean Fernand Brierre, había prestado su consentimiento. Pero a Quaranta no le importó. Al frente de un comando armado hasta los dientes ingresó por la fuerza a la embajada, violando flagrantemente el derecho internacional, y sacó a los militares refugiados dispuesto a fusilarlos en plena calle, pero depuso su actitud ante la presencia de innumerables –y circunstanciales– testigos. En ese momento Brierre no se hallaba en el edificio. Thérèse Brierre, su esposa, a los gritos, se interpuso a los militares invasores. Quaranta la apartó de un empujón. –“Callate negra hija de puta”, le espetó, con la cara desencajada y los ojos desorbitados cruzados por cien venas como hilos rojos y azules.   

En noviembre de 1956 Perón designó a John como su delegado y “heredero”. A partir de ese momento, Alicia y John compartirán la patriada y la matriada de la Resistencia Peronista y todos los pormenores vinculados a la firma del pacto entre Perón y Arturo Frondizi, para pasar, poco después, a organizar una “insurrección” que hiciera posible el retorno del primero y para dirigir la oposición “dura” al gobierno del segundo.

En una de sus primeras cartas desde la Cárcel Alicia dice: “Lo único que lamento de esta cárcel es que mi acción de resistencia haya sido tan breve (apenas dos meses) aunque, como le explicará J. fructífera resultó”.[18] No era exactamente así. Alicia desarrolló desde las cárceles una actividad política intensa. El confinamiento no la anuló como “comando operacional”. Entre otras cosas Alicia logró establecer contacto con los miembros de Comando Nacional del Partido Peronista, con César Marcos y Raúl Lagomarsino. En un primer momento les cuestionó la omisión en su “Manifiesto Fundacional” de los nombres de Alejandro Leloir y Cooke y los tildó de advenedizos y sectarios aunque les reconoció el derroche de valentía y heroísmo.[19] En líneas generales, la actividad de Alicia desde las cárceles estuvo orientada a consolidar la posición de John, a fortalecer su liderazgo en el peronismo, ya desde antes de ser designado delegado por Perón.

Alicia también estableció contacto con Perón, el “comando estratégico”. En la que muy probablemente sea su primera carta al General manifiesta su decepción con Leloir, el presidente del Consejo Superior del Partido Peronista y el principal rival político de John al interior del peronismo en ese momento: 

El doctor Leloir, desde que se encuentra en la cárcel de Caseros […] hace llegar a cuantos solicitan sus consejos “no enfrentar ninguna acción, estar a la expectativa, dejar que los acontecimientos se produzcan”. Y me resulta terriblemente doloroso decirlo por la secuela de desencuentros, desorientación y desánimo que llevó y lleva a mucha gente nuestra, y también porque me conté entre las personas que –aún convencida de sus verdaderos kilates[sic]– colaboré en muchas formas para consolidar su nombre, con la única finalidad de hacer del movimiento de resistencia un todo unido y cohesionado.[20]     

Como representante de la burocracia política del peronismo, como genuino exponente de “línea blanda” frente a la Revolución Fusiladora, Leloir comenzaba a erigirse en la contrafigura de John, referente de las “bases” y la “intransigencia”. Alicia criticaba la “inercia” y la “abulia” de Leloir, su tendencia buscar soluciones “de transacción” con la dictadura militar y sus recelos con el sector ortodoxo, intransigente y combativo que, para ella y para muchos y muchas más, encabezaba John. Le cuenta a Perón sobre las maniobras ocultas de Leloir, sobre sus ambiciones, apenas disimuladas, de ser candidato de un futuro “Frente Popular” con el apoyo de Vicente Solano Lima, León Bengoa, Juan Atilio Bramuglia y Arturo Frondizi, entre otros. Para Alicia había hombres y mujeres para los tiempos de bonanza y hombres y mujeres para los tiempos de tormenta. Ella y John eran una mujer y un hombre de tormentas. A tono con los tiempos que vivía el país.  

Al modo de John, Alicia le pide a Perón que asuma definiciones políticas claras. Le pide directivas específicas y no tan genéricas. Le pide palabras que conjuren la ambigüedad. Palabras que achiquen el extenso abanico de interpretaciones. Palabras precisas, sin disfraces. Palabras mágicas. ¿Se lo pide antes que John?, es muy probable. En ese caso deberíamos tener en cuenta que las futuras demandas políticas de John al General fueron realizadas “al modo de Alicia”: 

Querido General: el pueblo peronista está totalmente con Perón, pero mientras Perón no aclare expresamente y, en forma explícita y difundida cuál es la línea a seguir si la de Leloir o [la de] Cooke, la confusión será terrible. Los medios de difusión con los que contamos son angustiosamente escasos. Con enérgicas líneas suyas quedará salvada una crisis divisionista que ya existe.[21] 

Alicia participa activamente en la coordinación estratégica de la Resistencia Peronista. La casa de la calle Boedo se convirtió en un ámbito de operaciones estratégico, una especie de oficina de correos clandestina, un centro de distribución de mensajes encriptados, de cartas en tinta limón. Alicia y su familia, sobre todo su madre y su hijo, que en 1955 tenía 7 años. Incondicionales de Alicia, abuela y nieto cumplían las misiones más riesgosas. Ambos se hicieron diestros en la acción clandestina. Cuenta Pedro:

Mi casa de la calle Castro Barros, en Boedo, es una casa histórica. En la esquina de Castro Barros y San Juan había una farmacia que se llamaba Tamborini. Las dependientes eran dos compañeras de la Resistencia. Todos los correos de los caóticos comandos de la Resistencia pasaban por la Farmacia. Nosotros teníamos la casa copada por el SIN. Vivíamos con los marinos. Pero los marinos no sabían que en las cajas de aspirinas o en los medicamentos que tomaba mi abuela, venían todos los mensajes microfilmados de la Resistencia. Eso se hacía llegar a Chile. Los llevábamos con mi abuela en tren hasta la frontera, y después los pasábamos a Chile. Así llegaban al Bebe y al comando. Como mi abuela sabía que la iban a requisar en la frontera, yo llevaba los mensajes adentro de la corbata. Jamás se dieron cuenta. Cuando se la llevaban a mi abuela para la requisa yo me quedaba todo cagado. Yo sabía muy bien lo que estaba haciendo. Nunca me lo ocultaron, La Resistencia no fue una boludez.[22]    

Ni un poco exageraba Alicia cuando, años más tarde, el 1º de febrero de 1973, le comentaba a Perón en una de sus cartas:

Mi hijo Pedro, militante de la juventud, que empezó a militar a los 6 años, cuando ud. cayó y a mí me metieron presa, sacaba la correspondencia política de su madre y de John. Acaba de salir de la cárcel y me pide le envíe su más fuerte y emocionado abrazo y recuerdo. Mucho me gustaría [que él] pudiera ir a verlo. Es lo que me pide siempre. Todos nuestros compañeros por mi intermedio le hacemos llegar un especial y afectuoso saludo. Igualmente a Isabelita.

Un abrazo.

Alicia Eguren de Cooke.[23]

Unos días después, en otra carta, Alicia le reitera a Perón “Mi hijo, de una manera casi milagrosa, zafó de la Cámara del terror y está en libertad…”.[24]  Hacia el año 1973 Pedro era un veterano militante de 24 años.

Pero regresemos a los días de la Resistencia Peronista, cuando John era el delegado de Perón. En carta del 11 de abril de 1957, Cooke, por primera vez, le cuenta de Alicia a Perón. Una clara señal de que la relación iba “en serio”:

Le adjunto recorte de la revista Qué, donde se habla de los presos políticos y se hace mención del caso de mi novia, Alicia Eguren. La pobrecita está bastante enferma, pero cuando después de noviembre le ofrecieron la opción se negó a aceptarla por solidaridad conmigo, a pesar de mi insistencia en que saliese del país. […] Los Servicios de Informaciones la tienen fichada como “organizadora peligrosa” y la energía y agresividad de sus declaraciones ante ellos contribuye a que se opongan a que se la deje en libertad […] Yo no la conocía sino por haberme sido presentada hace diez años. Después del 21 de noviembre se presentó ante mí y me rogó que la incorporase al movimiento para luchar por la vuelta de Perón, ofreciéndose para las cosas más peligrosas.[25]

Luego le cuenta sobre la actuación de Alicia ya fuera de la cárcel, organizando células femeninas y reuniones con distintos grupos de activistas, clandestinos en su inmensa mayoría. Define su vínculo con Alicia –en el contexto de la Resistencia Peronista– como un “idilio triste y profundamente alegre al mismo tiempo”.

Finalmente, el 30 de abril, un decreto de expatriación le otorgó a Alicia la opción para salir del país, por vía aérea. Si inició un período engorroso. Alicia se niega a partir por vía área, esgrime razones económicas y de salud. Solicita hacerlo por vía marítima. Dado que está separada de Catella desde 1949, su padre debe encargarse de los trámites. Coordinación Federal sólo autoriza su salida por vía aérea. Alicia insiste. El 7 de mayo vuelve a ser detenida. Pasa por distintos hospitales, donde le realizan diversos estudios, hasta que los médicos diagnostican una afección en el oído que desaconsejaba el viaje en avión. Era lo que Alicia quería. En 7 de junio se embarca con destino a Galicia, España, en un vapor, el Lumiere, que terminaba su recorrido en Bélgica. Según el relato de Seoane, la policía se encargó de evitar todo contacto de Alicia con Mama Ina y Pedro que habían llegado al puerto con el objeto de despedirla.

Pero esa mañana fría de un otoño donde el inverno ya se insinuaba, Alicia no estuvo sola en el muelle del puerto de Buenos Aires. Hay una foto que registra el momento previo a abordar. Alicia aparece flanqueada por dos personas que se las ingeniaron para acompañarla. A la derecha, su padre, Ramón, Nono. A la izquierda, la “Negra Chancalay”, compañera de Alicia, “criolla de ley” y una de las “tías” de las Resistencia Peronista que sonríe con picardía, casi como ajena a la situación que no entrañaba otra cosa que una deportación. En realidad, la Negra Chancalay conocía el plan que estaba en pleno desarrollo. Se sabía parte de una especie de enjambre de hormigas en faena. Alicia tiene un tapado corto de piel negra, una falda entallada a la altura de las rodillas. El pelo atado. Está agotada. El rostro demacrado trasunta los estragos carcelarios.  En el fondo, el casco opaco del Lumiere oficia de silencioso testigo.

El Lumiere hacía su primera parada en el puerto de Montevideo. Alicia, en combinación con hombres y mujeres de la Resistencia Peronista instalados e instaladas en la capital uruguaya, y con la ayuda de algunos marineros, logró bajar de ese barco y perderse entre el gentío, la leve y confusa niebla y el gris del puerto. Seguramente Alicia era consciente de que estaba reeditando una práctica que, medio siglo antes, había sido habitual para aquellos anarquistas a quienes el Estado argentino les hizo sentir los rigores de la Ley de Residencia (1902). Deportados a Europa, a Italia por lo general, aprovechaban la obligada parada montevideana para escaparse.

Del Uruguay, Alicia partió de inmediato a Santiago de Chile, donde se reencontró con John. Pocos meses después de que John se fugara del Penal de Río Gallegos Alicia también protagonizó una fuga. Su fuga.  Como heroína, Alicia no pasó por alto ninguna instancia del esquema iniciático: conoció situaciones de peligro, afronto pruebas difíciles, etcétera.        

Una vez en Chile, Alicia se sumó a la división operaciones y  se convirtió en miembro del Comando Superior Peronista. De nuevo, la única mujer. En forma inmediata se suma a las tareas de difusión de las directivas de Perón (voto en blanco) de cara a la Constituyente de 1957.  

Alrededor de julio de 1957, en carta a Perón, John le comenta:

“Durante la semana transmitimos con tres radios clandestinas: Radio Cóndor […] Radio Militar Justicialista y otra radio que utilizaban los compañeros Mario Assad y Alicia. Se grabó una audición con la marcha “Los muchachos peronistas”, su “Declaración del Movimiento Peronista”, unas palabras mías, un “Comunicado del Comando Coordinador Gremial”, un “Mensaje a las Mujeres de la Patria”, grabado por Alicia pero transmitido como de “una compañera” y la directiva para la elección…[26]

Unas fotos registran los días del reencuentro de Alicia y John en Chile. Alicia tiene el pelo corto, al cuello. Un cuello que surge blanco de un suéter liviano. Está espléndida, despejada de los efectos del encierro. John ha perdido algunos kilos. Se los ve felices, serenos y seguros. Se adivina un ambiente de recatada celebración, de hechizos al aire libre. La tarea que tienen por delante es inmensa, pero pueden estar juntos después de dos años. Y además son dialécticos y optimistas. En octubre Alicia y John se casan en Santiago “vía México”, dado que Alicia no estaba divorciada de Catella y en Argentina no existía una ley de divorcio. Se conserva una tarjeta que dice: “John William Cooke y Alicia Eguren participan a Ud. su matrimonio efectuado en la ciudad de Méjico, Santiago, octubre de 1957”.[27]

Entre fines de agosto y principios de septiembre de 1957, el interventor de la CGT convocó a un congreso al que concurrieron los gremios normalizados. Al no reconocer el oficialismo a la mayoría peronista, el congreso se fracturó, por un lado quedaron las “62 organizaciones” (peronistas y comunistas) y por el otro “las 32” (los gremios “democráticos” u oficialistas). Poco más tarde los sindicatos comunistas se separaron de las 62 y constituyeron “las 19” o el Movimiento de Unidad y Coordinación Sindical (MUCS), una corriente pequeña, pero importante.

En el campo del sindicalismo, la normalización de los gremios posibilitó la emergencia de una nueva camada de dirigentes peronistas jóvenes y combativos, la “línea dura” en el plano sindical: Sebastián Borro, Jorge Di Pascuale, Atilio López, Amado Olmos, Gustavo Rearte, Felipe Vallese, entre otros; muchos de ellos cercanos a Alicia y John. Aunque también aparecían hombres como José Alonso, José Ignacio Rucci y Augusto T. Vandor, que luego serían los referentes más conspicuos de la burocracia sindical y la derecha peronista. Claro que el contexto inmediatamente posterior a la caída de Perón no era tan sencillo establecer líneas divisorias al interior de esa camada. Todos eran parte de la Resistencia Peronista.   

Mientras la vida de Alicia generaba insumos para la construcción de una leyenda, el movimiento obrero argentino alcanzaba una cima en sus definiciones políticas y daba a conocer el Programa de La Falda, en agosto de 1957. Existen afinidades electivas entre ambas circunstancias. Años más tarde, los y las trabajadoras ratificarían esos principios. En 1962, en el Programa de Huerta Grande y, en 1968, con el Programa de la CGT de los Argentinos del 1º de mayo.    

Meses después, el 14 de noviembre de 1957, John le comunica a Perón de su casamiento en Santiago de Chile y que, después de una corta luna de miel en Montevideo, están de nuevo presos. Algunos momentos de esa atípica luna de miel adquirieron fijeza a través de una serie de fotos tomadas en Montevideo. Alicia tiene una chaqueta que le ciñe la cintura, una pollera plisada de tres cuartos que resalta su figura y unos zapatos de taco bajo. Cubre su cabeza con un pañuelo. Especialmente en esas fotos se la percibe muy alta.  John, que ha vuelto a engordar, está de riguroso traje, pero con su desaliño habitual y con un montón de papeles que le asoman por los bolsillos. Seres divinos, más que estimables, diría Charles Baudelarie.

La relación de Alicia y John tuvo pocos remansos de normalidad. En Buenos Aires, esos remansos tuvieron como escenario el departamento de John en la Avenida Santa Fe. Paradojas de la historia argentina, desde esa calle y ese barrio históricamente asociados a las clases dominantes argentinas, Alicia y John contribuyeron a construir y/o a nutrir al peronismo revolucionario, al peronismo de izquierda y a la izquierda peronista. Fue cuartel general de la Resistencia Peronista a comienzos de 1959, y luego uno de los principales perímetros para facilitar los enlaces con la Revolución Cubana, refugio de luchadores y luchadoras, de perseguidos y perseguidas y permanente centro de conspiración revolucionaria.

Como ya hemos señalado, Alicia no congeniaba con las mujeres de la Rama Femenina. Lo que no quiere decir que siempre se haya desentendido de su existencia. Por cierto, en tiempos de la Resistencia Peronista Alicia intentó una reorganización de la Rama Femenina. Durante algunos años, como parte de su división de tareas con John, le dedicó tiempo y esfuerzo a este proyecto. Vale decir que buena parte del trabajo debió realizarlo desde la cárcel. Así lo demuestran sus cuadernos y agendas, con sus extensas listas de nombres de militantes y colaboradoras, organizadas meticulosamente por distrito y sección. Fue precisamente el momento de máxima confrontación entre Alicia y este sector del peronismo. Tal como lo había reconocido la ex diputada Macri en una carta a Perón,[28] el PPF estaba organizado para la acción pacífica y siempre subordinada al Estado. No servía para el contexto post 1955. Alicia quiso reorganizarlo para la lucha. Quería convertirlo en una instancia autónoma y con iniciativa propia en diversos órdenes. Propuso organigramas aptos para la acción clandestina, fórmulas estrictas de admisión, métodos casi leninistas.

Todas las propuestas de Alicia para la reorganización del PPF fueron rechazadas. Generaban enormes resistencias entre las viejas militantes, en especial con la ex presidenta del PPF, la ex diputada Delia Parodi con quien, en un primer momento, Alicia buscó consensuar criterios de reorganización de la rama femenina.

John la apoyó en todo momento, fundamentalmente porque estaba de acuerdo con el criterio de Alicia, y estaba dispuesto asumir los costos. Pero tan grandes fueron las resistencias, tantos los tiros por elevación a John, tan escasos los apoyos de peso (de Perón, principalmente) que Alicia abandonó el intento y se concentró en otras tareas más productivas. A pesar de todo, el proceder de Alicia concitó la adhesión y el apoyo de muchas mujeres y de algunos hombres también. Entendían que Alicia, en plena lucha contra la Revolución Fusiladora, no hacía otra cosa que priorizar a las mujeres de base del peronismo por sobre las mujeres del aparato del PPF. En una entrevista realizada por Anabella Gorza, Enrique Ninín, quien fuera miembro de juventud peronista  e integrante del Comando Táctico, destaca el papel de Alicia “como coordinadora de grupos que respondían a su liderazgo, aunque Eguren no había pertenecido al partido”.[29]

Como ocurría en el resto del peronismo, entre las mujeres había un corte muy visible entre las militantes de base y las del aparato. No quiere decir esto que hubiese homogeneidad entre las primeras, pero había un perfil bien distinto que se hizo más notorio durante la Resistencia Peronista y sobre todo después de 1958. Una cosa eran las solidarias “tías” y otra muy distinta eran las mujeres vinculadas a la burocracia política o sindical del peronismo, a la política burguesa. Dado que los sectores más combativos del peronismo estaban más expuestos a persecuciones, cárceles, etc., fue natural su vínculo estrecho con las “tías”. A Hortensia García Marín (Lala) y la Negra Chancalay, ya mencionadas, podemos sumarle el caso de Margarita Contursi (Marga Fernández), creadora en 1960 de la Comisión de Familiares Detenidos (COFADE), y durante muchos años su presidenta. Contursi será militante del MRP y luego de MR17, siempre cercana a Rearte, más por afecto y lealtad personal que por un férreo compromiso ideológico.[30]  Pero las “tías”, en general, no se caracterizaban por su participación en estructuras orgánicas. Sus acciones, casi siempre espontáneas, estaban insertas en circuitos de reproducción militante.

Alicia sale desde Chile a Caracas. Se encuentra con Perón antes que John. Ella misma es la encargada de hacerle llegar al General el Informe General y Plan de Acción. Viaja por toda Sudamérica. Se desempeña como una especie de “correo” de la delegación, en representación de John y, en menor de medida como correo de Perón.

En 1958 hay una intervención muy especial de Alicia en Perú cuando se produce la visita al país de Richard Nixon, vicepresidente de los Estados Unidos (y futuro presidente) enviado por el presidente Dwight Eisenhower. Entre los principales ítems de la agenda figuraban los siguientes: el impulso a la inversión privada (norteamericana) y el libre comercio. Nixon arribó a Lima acompañado de su esposa Patricia Ryan el 7 de mayo de 1958. Entre las diversas actividades previstas, se destacaba una visita a  la histórica Universidad de San Marcos. En el trayecto hacia la Casona de San Marcos, en el Parque Universitario, la comitiva fue interceptada por grupos de estudiantes, en su gran mayoría militantes del Partido Comunista del Perú (PCP) y del Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), que la cubrieron de improperios, frutas podridas y escupitajos. Entre esos jóvenes, enardecida, estaba Alicia. 

Junto a John, Alicia forma parte del círculo íntimo de Perón en los primeros años de su exilio, en los tiempos en que John era el delegado y el niño mimado del General. Su mariscal de campo. El escogido en los primeros años del exilio del General, sobre todo en Caracas, Venezuela y en Santo Domingo (que por aquellos años se llamaba “Ciudad Trujillo”) capital de la República Dominicana.

Tiempos complicados para Perón, que intentaba rearmar su estrategia y su “Estado Mayor” en condiciones sumamente adversas y con recursos escasos. Tiempos ásperos en los que debió asumir, apesadumbrado, la condición de perseguido político; soportar atentados –como el del 25 de mayo de 1957 en Caracas, del que se salvó por poco– y la soledad más grande de su vida, más allá de la corte extensa e indeterminada que lo rodea. Allí están Américo Barrios, Roberto Galán, Ramón Landajo, el chofer Julio Gilaberte. Una corte bufa, si nos atenemos a ciertos personajes.

Por aquellos años, Perón debió hacerse a la idea de que se encontraba en las primeras estaciones del exilio, que tendría que habitar por largo rato en ese limbo, en ese tiempo sin espesor con su inherente carga de precariedad y tristeza esencial. A esa experiencia mutiladora se le sumaba la vejez con sus cuotas de desaliento en materia de proyectos de largo plazo. El General mantenía toda su lucidez, pero su vigor comenzaba a mermar considerablemente.  

En ese círculo íntimo ya aparecía Estela Martínez de Perón, “Isabel”. En una foto aparecen Perón, Isabel y Alicia. El primero y la primera están de perfil. Perón sonríe grande. A lo Perón. Isabel, inexpresiva, esboza un visaje de sonrisa. Alicia mira fijo a la cámara, ocupa una espacialidad frontal, se reviste de objetividad. Ni seria ni sonriente. Con el ánimo indefinido. Un poco misteriosa, un poco lejana. Parece aburrida.   

La relación de Alicia con Isabel no fue de las mejores. Sus personalidades inhibían las posibilidades de construcción de algún vínculo. María Seoane, a partir del testimonio de Astrid Rusquellas, amiga y compañera de militancia de Alicia, refiere la siguiente anécdota: “Un día, Perón invitó a Alicia y a John a comer; Isabel había cocinado tallarines. Al final del encuentro, cuando ya se iban, el General les preguntó qué les había parecido su nueva compañera: ‘Cocina muy bien’, fue la respuesta de Alicia, suficiente para que Isabel supiera que esa mujer jamás sería su amiga”.[31]

Esa vez intercambiaron miradas glaciales. El diálogo entre Isabel y Alicia era difícil. No tenían nada en común. Hasta los monosílabos sonaban impostados. Años más tarde, cuando Isabel comience a tener algún protagonismo político, Alicia, seca y precisa, lapidaria como siempre, se referirá a ella como “la tercera mujer dándose aires de la segunda”.[32] Eso dijo Alicia en diciembre de 1971.

Seguramente no habrán sido efusivos sus reencuentros, ni en noviembre de 1972 en Buenos Aires, ni en mayo de 1973 en Madrid. Además, en estos años, Isabel adquiría incidencia política concreta, al tiempo que Alicia se convertía en una “personalidad independiente” sin ningún poder decisorio. Extraña situación, porque Isabel, aún asumiendo roles públicos, no dejaba de ser una figura doméstica. Una domesticidad que lejos de ser inofensiva llegó a ser siniestra porque su inexpresividad social expresaba una disponibilidad para los entornos más reaccionarios. Mientras que Alicia, desprovista de poder, nunca dejó de ser una figura pública potente, política y socialmente expresiva. En julio de 1974, tras de la muerte de Perón, Isabel accederá a la presidencia de la Nación. Entre otras iniciativas espantosas brindará amparo político para el accionar de grupos de extrema derecha, decretará la pena de muerte y, como señalábamos, prohibirá el uso de las pastillas anticonceptivas. Por su parte Alicia resistirá ese embate demencial y retomará la condición de perseguida política.        

A fines de julio 1957 la Revolución Fusiladora, convocó a una Convención Constituyente con el fin suprimir la Constitución de 1949. Esas elecciones de convencionales también servirían como barómetro político de cara a las elecciones presidenciales de 1958. Pero la “cuestión peronista” no era un asunto fácil de resolver. La política a seguir con el peronismo, que aún proscrito contaba con el apoyo de los sectores populares y de la mayoría del electorado, generó intensos debates en el interior de los partidos políticos “legales”.

El principal partido no peronista, la Unión Cívica Radical (UCR), se dividió inexorablemente. Un sector, liderado por Ricardo Balbín y que contaba con el aval del gobierno militar, constituyó la Unión Cívica Radical del Pueblo (UCRP); otro sector, liderado por Arturo Frondizi, más distante del gobierno militar, conformó la Unión Cívica Radical Intransigente (UCRI). A pesar de que el peronismo no logró consensuar una postura común de cara a la Constituyente de 1957 y terminó impulsando el voto en blanco, la abstención, la anulación y el voto por la UCRI, el hecho más notable es que 2.119.147 de sus más fieles seguidores optaron por la primera alternativa. La UCRP obtuvo, 2.117.160 y la UCRI 1.821.459. Para Frondizi estaba todo claro. Para ganar en las presidenciales de febrero de 1958 necesitaría de los peronistas que habían votado en blanco. Rápidamente se lanzó a la captura de esos votos.

John consideraba que la situación era muy compleja: la vía insurreccional no avanzaba al ritmo esperado porque exigía ingentes esfuerzos organizativos a riesgo de convertirse en una apuesta vaga por espontáneos y sucesivos levantamientos. Por otra parte, la semilegalidad favorecía a la línea negociadora del peronismo. Imaginaba una pléyade de dirigentes ávidos de traficar con los votos peronistas. Eso lo convenció de la necesidad de pactar con Frondizi. Así se lo hizo saber a Perón. 

La UCRI logró atraer distintos sectores identificados con el peronismo. Así, con el aporte de los votos peronistas, Frondizi se convirtió en presidente.

Alicia, testigo directo de todo el proceso de negociación, poco más tarde, en 1960 dio su versión de algunos pormenores en torno al pacto, anteriores y posteriores a su firma. Citamos en extenso:

Estando Perón en Panamá lo visitaron Emilio Perina y Fernando Torcuato Insausti (quien había sido encargado de negocios en Río de Janeiro tras el traslado de Juan I. Cooke [se refiere al padre de John, Canciller durante el gobierno del General Farell y Embajador en Brasil durante el gobierno de Perón]). Perina había ayudado materialmente a los exiliados peronistas en Brasil. Llegaron con la iniciativa de un acercamiento con Arturo Frondizi. Perón no dijo esa vez ni sí ni no.

Al realizarse las elecciones de julio, perón se decidió por el voto en blanco, en lo que mucho tuvo que ver John W. Cooke. Semanas después del 28 de julio de 1957, aparecieron en Chile (donde estaba Cooke), Perina, Ricardo Rojo y Rogelio Frigerio, quienes decidieron viajar de parte de Frondizi. Recuerdo que el día que llegó Perina el doctor Cooke recibió un mensaje de Caracas en el que Perón felicitaba al pueblo por su voto

En Santiago, el Bebe no quiso tratar con Perina y lo giró a Perón directamente.

Al conocerse el mensaje de Perón, Frondizi reunió a sus convencionales constituyentes y sugirió el retiro de la Convención, para quitarle quórum. A principios de 1958, Frigerio viajó a Caracas con un poder de Frondizi. Cooke no tuvo la iniciativa en estas negociaciones. Pero finalmente los tres: Perón, Frigerio y el Bebe, redactaron el documento borrador del acuerdo con Frondizi. Frigerio se quedó unos días más y regresó a Buenos Aires con el documento.

Cuando el 23 de enero de 1958 se produjo la caída de Pérez Jiménez, quedó en Caracas el petrolero Adolfo Cavalli, mientras Perón y demás salían para Santo Domingo. Cavalli fue llamado a Ciudad Trujillo. Recién resolvió Perón la orden del voto a Frondizi, después de haber perdido contacto con [los] dirigentes, y la comunicó al Bebe.

Días antes de las elecciones del 23 de febrero, Frigerio apareció en [Ciudad] Trujillo con el borrador de Perón pasado a máquina, en dos originales, firmado por Frondizi e inicialado por Frigerio.

“Caramba, esto es una prueba de buena fe –dijo Perón–. Aunque este pacto es difícil de cumplir”. Él no le daba importancia a las firmas. Cabría agregar que Frigerio era bien visto por Perón.

Quince días después de la victoria del 23 de febrero, Frigerio volvió a Ciudad Trujillo [Santo Domingo]. Se alojó en el Hotel Paz y hubo celebraciones con brindis. Frigerio se entendía mejor con Perón que con Cooke, a quien llamaba, “gorila del peronismo”…[33]    

Frondizi impulsó un proyecto conocido con el nombre de “desarrollismo”. Se trataba de “modernizar” el capitalismo argentino, de superar los estrangulamientos típicos del “sector externo”, los problemas del “stop and go”. El Estado mantuvo una presencia destacada, pero, a diferencia del período peronista, se dedicó a atraer la inversión extranjera directa en el sector industrial. De esta manera, la política económica de Frondizi favoreció la instalación de grandes plantas de empresas extranjeras en nuestro país. Esto coincidió con un proceso mundial en el que las empresas más importantes decidieron producir bienes de consumo durable (autos, por ejemplo), destinados al mercado interno de los países en los que esas entidades se establecían: un proceso de trasnacionalización del capital, un nuevo ciclo de expansión del capital a escala mundial.

La idea central de Frondizi era impulsar el desarrollo de la industria pesada (el Sector I de la economía), modernizar el sistema productivo a través de la incorporación de tecnología moderna y lograr el autoabastecimiento en materia de combustibles. Para esto último, se firmaron contratos con compañías norteamericanas que se ocuparían de la explotación petrolera. El gobierno promovió las privatizaciones en algunas ramas y actividades, además impulsó la “racionalización del trabajo” a los fines de aumentar la productividad. Durante el gobierno de Frondizi, se sancionó la Ley de Radicación de Capitales Extranjeros, que permitió la instalación en el país de las grandes plantas industriales, principalmente, de la rama automotriz.

Más allá de que el gobierno logró avanzar en algunas de estas políticas, tuvo serias dificultades en el plano social y político. La proscripción del peronismo recortaba la legitimidad del gobierno. Después del apoyo inicial, una vez puesto en marcha el proyecto frondicista, –por cierto, no muy afín al tono nacionalista de sus propuestas de campaña electoral– los trabajadores y las trabajadoras, junto a otros sectores identificados con el peronismo, pasaron a la oposición abierta. Por otra parte, distintos sectores de las Fuerzas Armadas presionaban al gobierno para que orientara sus políticas en función de sus intereses.

En 1962, el gobierno de Frondizi decidió convocar a elecciones para gobernador en varias provincias, tras autorizar la participación del peronismo. Se especulaba con que este no obtendría buenos resultados, pero eso no ocurrió. El peronismo triunfó, sobre todo, en la provincia de Buenos Aires, el distrito más importante del país. Si bien Frondizi anuló las elecciones, su gobierno se debilitó aún más; y las Fuerzas Armadas lo obligaron a renunciar.


[1] Véase: “Alicia Eguren de Cooke: si Evita viviera sería Montonera”. En: Op. cit, pp. 14 y 15.

[2] Cooke, John William, Obras completas, Tomo IV [Artículos periodísticos, reportajes, cartas y documentos], Buenos Aires, Colihue, 2010, p. 75. [Eduardo Luis Duhalde compilador] Existen versiones que plantean que esta carta fue redactada en el Penal de Río Gallegos, en 1956. El término stupity utilizado por John en esta carta significa “estúpido”, se trata de un recurso literario que no se refiere a la destinataria sino al remitente.       

[3] Carta de John William Cooke a Alicia Eguren 20 de junio de [1956]. En: Fondo Cooke-Eguren, Buenos Aires, Biblioteca Nacional.

[4] Véase: Miller, Henry, Primavera Negra, Buenos Aires, Octaedro, 2003, p. 30.

[5] Carta de John William Cooke a Alicia Eguren [circa 1956]. En: Fondo Cooke-Eguren, Buenos Aires, Biblioteca Nacional.

[6] Eguren, Alicia: “Notas para una biografía de John”. En: revista Nuevo Hombre, Buenos Aires, Nº 9, del 15 al 21 de septiembre de 1971, p. 10.

[7] Carta de Alicia Eguren a Juan Domingo Perón, Buenos Aires, 13 de marzo de 1973. En: https://eltopoblindado.com.documentos>tags=alicia-eguren. [Chequedada el 10 de agosto de 2019]. 

[8] Horowicz, Alejandro, Los cuatro peronismos, Buenos Aires, Hyspamérica, 1986, p. 150.

[9] Entrevista de Miguel Mazzeo a Pedro Catella Eguren, Ciudad de México, 27/30 de agosto de 2018.

[10] Muy probablemente se refiera a Juan José Uranga, el mismo que encabezó el comando conjunto que irrumpió en la casa de Alicia a fines de noviembre de 1955. quien se había desempeñado como ministro de Transporte con Lonardi. Pero no hemos podido confirmarlo.

[11] Seoane, María, Op. cit. pp. 98 y 99.

[12] Eguren, Alicia: “La Revolución Nacional Cubana y la Argentina”. En: El popular, Nº 9, Montevideo, 10 de noviembre de 1960, p. 14. Nótese el uso que hace del término “afeminado”. El lenguaje machista también estaba presente en Alicia, aunque le jugara en contra.

[13] “Doctora Alicia Eguren. Alicia de la Patria. Prisionera de la Revolución”. En: Boletín Nº 154, Buenos Aires, 3 de abril de 1956. En: Fondo Cooke-Eguren, Buenos Aires, Biblioteca Nacional.    

[14] Testimonio del Abogado Fernando Torres. En Cichero, Marta, Op.  Cit., p. 229.

[15] Seoane, María, Op. cit., p. 100 y 101.

[16] Macri, Ana, Ana Carmen Macri, mi biografía política, Buenos Aires, Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Eva Perón, 2006, p. 56.

[17] Citado por: Hernández, Pablo José, El despertar de las muchachas, Buenos Aires, Ediciones Fabro, 2017, p. 53. 

[18] Carta de Cri-Cri [seudónimo Alicia Eguren] a la querida amiga del pueblo, 24 de mayo de 1956. Fondo Cooke-Eguren, Buenos Aires, Biblioteca Nacional. 

[19] Véase: Carta de Alicia Eguren a Julio César, desde la correccional, Buenos Aires, 9 de mayo de 1956, Fondo Cooke-Eguren, Buenos Aires, Biblioteca Nacional.

[20] Carta de Alicia Eguren a Juan Domingo Perón, Cárcel de Olmos, 1º de diciembre de 1956, Fondo Cooke-Eguren, Buenos Aires, Biblioteca Nacional.

[21] Carta de Alicia Eguren a Perón, 17 de marzo de 1957, Fondo Cooke-Eguren, Buenos Aires, Biblioteca Nacional.

[22] Entrevista de Miguel Mazzeo a Pedro Catella Eguren, Ciudad de México, 27/30 de agosto de 2018.

[23] Carta de Alicia Eguren a Juan Domingo Perón, Buenos Aires, 1º de febrero de 1973. En: https://eltopoblindado.com.documentos>tags=alicia-eguren. [Chequeada el 10 de agosto de 1019].

[24] Carta de Alicia Eguren a Juan Domingo Perón, Buenos Aires, 13 de marzo de 1973. En: Op. cit. La “Cámara del Terror” o el “Camarón”, se refiere al “fuero antisubversivo” creado durante la dictadura del General Alejando Agustín Lanusse.

[25] Cooke, John William, Obras completas, Tomo II. Correspondencia Perón-Cooke, Op. cit., p. 85.           

[26] Cooke, John William, Obras completas, Tomo II. Correspondencia Perón-Cooke, Buenos Aires, Op. cit., p. 220.

[27] En: Fondo Cooke-Eguren, Buenos Aires, Biblioteca Nacional.

[28] Carta de Ana Macri a Juan Perón, s/f. En: Fondo Cooke-Eguren, Buenos Aires, Biblioteca Nacional. 

[29] Véase: Gorza, Anabella: “Participación política de las mujeres en la Resistencia peronista; entre la permanencia y el cambio (1955-1962)”. VII jornadas de Sociología de la UNLP. Departamento de Sociología de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, La Plata. En: https://www.aacademica.org/000-099/128

[30] Sus simpatías para con Carlos Menem en la década del 90, al final de sus días, no alcanzan a borrar su ejemplo de abnegación, solidaridad y compañerismo; en todo caso exponen las limitaciones ideológicas del peronismo.

[31] Seoane, María, Op. cit, pp. 133 y 134.

[32] Eguren, Alicia: “Unidad: En la lucha. Solidaridad: Con los Explotados y los combatientes. Organización: Para la Revolución”. En: Revista Nuevo Hombre, Nº 22, Buenos Aires, del 15 al 21 de diciembre de 1971, p. 6. 

[33] “El pacto”. Testimonio de Alicia Eguren. [original en al archivo de Fermín Chávez]. En: Mazzeo, Miguel, John William Cooke, Textos traspapelados (1957-1961), Buenos Aires, La Rosa Blindada, 2000, p. 101. 

[1] Ibídem, pp. 348 y 349.

[2] Ibidem, p. 349.

[3] Entrevista de Miguel Mazzeo a Pedro Catella, Ciudad de México, 27/30 de agosto de 2018. 

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