Tristes trigos transgénicos

Este miércoles se publicó en el boletín oficial la resolución que autoriza la comercialización de la variedad transgénica de trigo, HB4, producido por Bioceres. Días atrás, la Monsanto argentina unió fuerzas con otras corporaciones del campo y reactivó el pedido ante el Gobierno. Organizaciones de la producción triguera reconocen que el mundo rechaza ese cereal. Argentina es el primer país en aprobarlo. En la nota, Patricio Eleisegui explica quiénes son los que lo producen, cuál fue el camino hasta su aprobación que pasa peligrosamente desapercibida y por qué se rechaza en todo el mundo este nuevo transgénico.

Por Patricio Eleisegui

Los intentos por alcanzar la aprobación de un transgénico (u “OGM”) de trigo volvieron a cobrar potencia tras los fracasos cosechados por Bioceres, firma impulsora y principal beneficiaria si hay aval oficial, durante los tiempos del macrismo.

Precisamente esta compañía unió fuerzas con la Asociación Argentina de Productores en Siembra Directa (AAPRESID), la Asociación de Semilleros Argentinos (ASA) y la Cámara Argentina de Biotecnología (CAB) y reactivó el pedido de permiso de comercialización ante la cartera de Agricultura.

En simultáneo, Bioceres profundizó sus pruebas a campo abierto con la expectativa de alcanzar en breve hasta 12.000 hectáreas cubiertas con el OGM.

La compañía en cuestión, una suerte de “Monsanto” local, tiene entre sus accionistas a un magnate que talla fuerte en la mesa chica del Gobierno: Hugo Sigman, CEO de Grupo Insud y hombre fuerte doméstico en la evolución de la vacuna contra el Covid-19 promovida por Oxford-AstraZeneca.

Bioceres también tiene entre sus inversores a Héctor Huergo, actual mandamás en Clarín Rural –de ahí las permanentes notas celebratorias de cada cosa que hace esa firma- además de ex titular del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) en 1994 y fundador de Canal Rural.

Otro de los accionistas de calibre en la compañía es Gustavo Grobocopatel, presidente del Grupo Los Grobo, conocido gigante del arrendamiento de tierras, la siembra y el procesamiento de transgénicos, y la fabricación de agrotóxicos mediante su controlada Agrofina.

Surgida en la ciudad de Rosario en diciembre de 2001, Bioceres nació como una sociedad conformada por 23 accionistas que decidieron inyectar capital a una naciente industria biotecnológica local.

De entrada, estos inversores se hicieron con algunos beneficios: obtuvieron del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas (CONICET) la cesión gratuita por 20 años de los terrenos donde todavía hoy funciona la sede misma de la firma y su controlado Instituto de Agrobiotecnología Rosario (INDEAR).

Por estos días, Bioceres nuclea a 303 socios accionistas con una porción de capital que no supera el 4,5 por ciento en cada caso, y factura a razón de 12 millones de dólares por año.

En torno a la empresa observan a la cercanía de Sigman con Alberto Fernández como la variable que, finalmente, terminará inclinando la balanza a favor del permiso de lanzamiento de la semilla manipulada genéticamente.

El trigo en cuestión, denominado HB4, se basa en una investigación de la Universidad Nacional del Litoral (UNL) que luego quedó bajo control comercial de la compañía mencionada.

La manipulación genética, según sus comercializadores, permite mejor rendimiento en situaciones de escasez hídrica y funciona con un herbicida peligroso por su toxicidad: el glufosinato de amonio, elegido por la industria agroquímica como el sucesor del cancerígeno glifosato.

Según pudo saber quien aquí escribe, Bioceres ya ostenta superficies sembradas con el trigo OGM -aunque sin comercialización formal- en sendos lotes distribuidos en las provincias de Córdoba y Santa Fe.

Pero más allá de este despliegue, y la intensificación del lobby en la arena política, lo cierto es que la nueva semilla cuenta con la oposición de un actor clave en lo que hace al ámbito de la exportación y el aporte de regalías para las arcas públicas: la cadena triguera en su totalidad.

Así, la Federación Argentina de la Industria Molinera (FAIM) considera que habilitar el trigo OGM podría significarle al país la pérdida de ganancias por más de 3.500 millones de dólares, además del cierre de al menos medio centenar de mercados.

“Es una amenaza a perder todo lo que tenemos. Si se aprueba corremos un riesgo fuerte en un momento en que el país necesita divisas como nunca. Los mercados no quieren saber nada con el trigo transgénico. Sobre todo Brasil, que compra el 45 por ciento de lo que exportamos -cerca de 6 millones de toneladas- aunque hoy tenemos más de 50 mercados abiertos que tampoco lo piden”, comentó a este periodista el presidente de FAIM, Diego Cifarelli.
Para luego añadir: “Al mismo tiempo, Brasil y Bolivia concentran el 97 por ciento de la venta al exterior de harina de trigo. Bolivia tampoco quiere el transgénico”.

Entrevistado con vistas a un artículo sobre la nueva ofensiva para imponer el HB4 que luego publiqué en el diario económico online iProfesional, el mismo Cifarelli afirmó que “también hay rechazo por el lado de las alimenticias”.

“La mayoría de las multinacionales a las que les vendemos harinas incluyen en los pliegos de pedido de cotización el pedido explicito de que no haya trigo OGM en lo que se les provee. Empresas que hacen galletitas o panificados hasta exigen una declaración jurada donde se les confirma que la harina no incluye transgénico. Ese mercado también lo perderíamos”, amplió.

El mundo no lo acepta

Cifarelli remarcó que “el mundo no acepta trigo transgénico” por temores sobre sus efectos en la salud de los consumidores y pidió máxima rigurosidad en los controles oficiales sobre las pruebas de campo que viene motorizando Bioceres.

“Esperamos que no se entrecruce con el trigo no transgénico, que no haya mezcla. Caso contrario, estaríamos jugando a la ruleta rusa”, dijo.

“Sería un desastre que un barco llegue a destino y nos rechacen la mercadería por contaminación o, también, que se genere un ruido en el mercado mundial respecto de que esto podría pasar. Ante la menor sospecha los compradores de trigo o harina elegirán otros proveedores para ahorrarse problemas”, añadió.

El directivo dio por descontado que, de ser liberado, el trigo transgénico también llegará a la mesa de los argentinos a través de procesados y productos en general basados en ese cereal.

“Una vez aprobada su comercialización será imposible distinguir a un trigo del otro. También tendrá presencia en el mercado interno. Es imposible hacer una diferencia visual entre ambas variedades. La única forma es llevando el producto a laboratorio, pero ningún cliente o consumidor se pondrá con todo ese proceso cada vez que compre un panificado”, expresó.

A la par de FAIM, la Asociación Argentina de Trigo (ArgenTrigo) es otra de las entidades de la cadena que se opone a la aprobación del OGM.

“Desde nuestra entidad estamos en conocimiento de la siembra de Trigo HB4OGM para ensayos a campo y producción de semilla de una superficie significativa y, de cara a comenzar en los próximos meses la cosecha de esta, nos preocupan los efectos que puede llegar a tener un manejo incorrecto de esta tecnología en función de las autorizaciones existentes hoy, cuyas consecuencias podrían afectar mercados destino del trigo argentino”, expusieron desde la organización en una misiva remitida a la Secretaría de Agricultura hace menos de dos semanas.

ArgenTrigo pidió “conocer los progresos respecto a la hoja de ruta establecida de manera conjunta sobre la aprobación del consumo de trigo OGM por parte de nuestros principales compradores de trigo para el avance de esta tecnología en nuestro país, así como del protocolo de la producción existente de la misma”.

Origen del HB4

El HB4 parte de estudios iniciados en 2002 por un equipo de especialistas liderado por Raquel Chan, doctora en bioquímica e investigadora tanto del CONICET como de la santafesina Universidad Nacional del Litoral (UNL).

El descubrimiento parte de una casa de estudio pública y resultó financiado con fondos estatales. En esta instancia, la patente ya es propiedad de Bioceres, un privado que se hará con las regalías una vez que active la comercialización del transgénico.

Además de hacer gala de una aparente adaptación a suelos salinos o secos, el cereal en cuestión amplía la franja de uso de un plaguicida pensado para suceder al glifosato: el glufosinato de amonio.

En este caso en particular, el HB4 de Bioceres tiene “contrato de exclusividad” con la etiqueta de glufosinato de amonio “Prominens”, producido por la Asociación de Cooperativas Argentinas (ACA).

El plaguicida ya es objeto de estudios científicos que lo señalan como un compuesto capaz de afectar el sistema neurotransmisor de los humanos para inducir desde la pérdida de la memoria hasta convulsiones.

Por citar un caso, experiencias de laboratorio concretadas por la francesa Université d’Orléans constataron alteraciones cerebrales generadas por la exposición crónica al glufosinato de amonio.

Una vez liberado al mercado, el trigo en cuestión posicionará a la Argentina como el primer país del mundo en avalar el uso y explotación comercial de esta nueva manipulación de genes.

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Nota publicada en http://el-galo.blogspot.com/2020/09/trigo-transgenico-volvio-el-lobby-para.html

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