“Mirabas la conducción de las organizaciones y eran muy pocas las compañeras que estaban en los niveles más altos”

En esta parte de la entrevista con Susana Vega, militante de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, analiza el rol de las mujeres en la época y nos cuenta de una de las militantes más recordadas de la organización: María Antonia Berger.

Por Revoluciones

Revoluciones: ¿Cómo conociste a María Antonia Berger?

Susana Vega: A mí me detienen en enero de 1976 y en julio del ´77 me dan la opción de irme a España, no me dan la libertad en mi país sino que me autorizan a abandonarlo. Y me vuelvo a enganchar con Montoneros, y ahí la conozco a ella. En el tiempo que estuve en España fueron tiempos de construcción política, de mucha militancia, que me llevan a encontrarme con ella y conocerla en Madrid. Yo seguía mucho la historia de María Antonia porque es una de las sobrevivientes de Trelew, y porque tiene la particularidad después de que la dan por muerta, de que escribe con su propia sangre en las paredes “Libres o Muertos Jamás Esclavos”

R: ¿Recordás cómo te enteraste de lo de “LOMJE”?

SV: Por compañeros de Trelew, era parte de lo que se contaba de lo que había pasado allí. Y había un grupo de compañeros, no éramos tantos en ese momento desparramados por la inmensa Patagonia, que asistían a los abogados de los compañeros que habían sobrevivido. Algo sobre lo que hace pocos años recién se ha podido hacer justicia, sancionando a parte de los milicos que participaron del fusilamiento.

R: Eso lo cuenta ella en “La Patria fusilada”, ¿recordás haberlo leído en ese momento?

SV: No recuerdo si lo leí, porque no te olvides que estuve un año y medio con pedido de captura acá en el sur rajando, y termino siendo detenida en Capital Federal. No había mucho espacio para la lectura, por lo que no me acuerdo de haberlo leído en ese contexto. Sí me acuerdo los encuentros con los compañeros de Trelew, las charlas y compartir momentos. Porque no te olvides que la fuga tuvo por afuera una importante participación de compañeros y demás, que al fracasar queda un desparramo, y tuvimos que andar guardando a toda la gente que había venido de afuera.

R: ¿Cómo era tu vida en el exilio?

SV: Nosotras alquilábamos con otras dos compañeras en el exilio en Madrid, con Graciela Franzen a quien había conocido en Devoto. Y como había mandado la dirección de donde estaba a la cárcel, cuando llega se viene a vivir ahí conmigo. Después se suma Diana Schatz, y entre las tres alquilamos en la Calle de la Verónica N° 15, en Madrid. No recibíamos subvención de la Orga, sino que lo pagábamos de nuestros bolsillos. Lo único que ellos pagaban era el teléfono, porque se usaba muchísimo, y lo que nosotras ganábamos como empleadas domésticas o limpiando casas no nos daba para pagar esas sumas. Empiezan ahí a alojarse todas las compañeras que estuvieran en tránsito, y ahí empezamos a trabajar como rama con Susana Sanz. Otra cosa que te digo es que cuando se lanzó la Agrupación Evita, las compañeras de mayor nivel de la Orga tenían a menos trabajar con las mujeres, era como si las despromocionaran. “Ya me pasé tanto tiempo luchando para hacer las mismas cosas de los varones, que no voy a ir a hacer cosas de mujeres ahora”, recuerdo dijo una compañera, y era un pensamiento bastante colectivizado. Estaba desvalorizada esa tarea, esa militancia de mujeres.

R: ¿Cómo fue tu encuentro con María Antonia Berger en Madrid?

SV: Un día habían dicho que venía una compañera, y yo llego del laburo al mediodía porque comíamos ahí, y había unas radiografías en la mesa. Pregunté de quién eran, y una compañera recién llegada me dijo que tenía que ir al dentista. Y al mirar de nuevo las radiografías le dije “tenés todas las muelas emplomadas”, y cuando estoy terminando de decirlo casi me muero porque me di cuenta de que eran las radiografías de María Antonia y ese plomo era la metralla que le había quedado en la cara. Así que después de semejante metedura de pata (risas) ella se rió, porque era una persona muy cálida, muy humilde, de darte y explicarte todo lo que le pidieras. Y así empezó a ir a parar a casa ella, y mucho de la historia de Trelew no quería hablar. Fue una cosa muy traumática, y hacía apenas menciones, y si alguien le preguntaba decía “mejor déjalo” y no avanzaba.

R: ¿Qué recuerdo tiene de la relación entre compañeras?

SV: Son cosas que me han costado algunos problemas el volver a tratarlas, porque en la relación entre compañeras se reeditaba el tema del poder. Por ejemplo, una de las cuestiones tenía que ver con la portación de apellidos, que recuerdo alguna vez dijo Cristina Kirchner en referencia al PJ. Porque vos tenías cuadros políticos masculinos con mucha responsabilidad y graduación, y como la esposa iba con él o era “la compañera del jefe”, la iban llevando con grados aunque a veces no tuviera la formación adecuada para eso. Y la otra cuestión es que la cuestión de género entre las Orgas no se planteaba.

R: ¿Era una discusión de época que no entraba en las organizaciones o tampoco se daba socialmente?

SV: Se suponía que estábamos construyendo el hombre nuevo y a la mujer nueva. Pero la cuestión de equiparar a las mujeres con los compañeros en la militancia, avanzaba muy poco. Quizás un poco más en el tema de los cuidados familiares, pero no había un planteo de género. Y de hecho cuando mirabas la conducción eran muy pocas las compañeras que estaban arriba, en los niveles más altos. A mí me pasó por ejemplo en un traslado, que tenía una valuación que era la más alta y había que ascender a alguien y el jefe lo hace con otro compañero. Y la respuesta ante mi queja fue “a mí me facilita más porque es varón”. Muchísimo tiempo en los distintos ámbitos que me tocó funcionar era una sola mujer, estaba yo sola. Y no es que no había más: estaba sola porque venía de las FAR de acá y no me podían dejar afuera.

O me pasó una vez que por ejemplo en una cuestión muy personal, yo había estado noviando pero nada serio con un compañero, y en un momento dado de una evaluación de fin de año, me preguntan de mi vida personal y yo dije “todo bien”. Y me dijeron “¿cuándo vas a concretar con fulano?”, a lo que respondí que no iba a “concretar”, no iba a ir a vivir con él, porque no era esa la relación. Era un compañero militante de agrupación, no de la Orga, que ni siquiera era de esta ciudad, y entonces ahí me bajaron puntos porque era “muy liberal”. Y lo ataron a una historia de un novio que tenía al empezar a militar, que tenía campos. Me despromueven por “liberal”, porque me bajan puntos por eso, me dicen “no es la primera vez que no te comprometes en una pareja”, y salta lo del estanciero. Y eso estaba muy mal, peor si los compañeros se volteaban a una “burguesita”, aplaudían todos.

R: ¿Recordás que generara discusión este en ese momento?

SV: Quedaba como una pelotuda yo discutiendo. “Vos no querés asumir que sos liberal” y se cerraba la discusión, tenía tres tipos (los otros dos de mi ámbito y mi jefe) y perdías, no había más mujeres.

R: ¿Cómo se puede pensar hoy el trabajo que organizaban desde esta perspectiva?

SV: En su momento, fui la primera delegada organizadora de la Agrupación Evita acá en la regional Patagonia, y me recorrí todo, desde Río Gallegos hasta Neuquén. Después con el tiempo me permití revisar eso, y en realidad nosotros no hacíamos ningún trabajo por la situación de las mujeres. No desarrollábamos ninguna política, ni siquiera tener una postura seria por la violencia de género, no se hacía un cuestionamiento en los barrios que trabajábamos, que sabíamos que fulano se mamaba y le pegaba a la compañera, no lo hacíamos. Ahí crecí mucho con Susana Sanz, que era otra compañera de la Agrupación Evita, con quien trabajamos en el exilio juntas, y revisamos lo que hicimos y entramos en contacto con las mujeres del movimiento feminista español. Pero no todas las compañeras tenían una perspectiva de género.

R: ¿Cómo recuerda sus últimos encuentros con María Antonia Berger?

SV: Lo que discutíamos con ella era el retorno, la contraofensiva. “Los van a matar, vos sobreviviste, ¿cómo vas a volver?” le decía. Porque cuando me ofrecieron les dije de ninguna manera, yo ya pasé por las manos del enemigo y no quiero volver a pasar. Y además tampoco vamos con un proyecto político, vamos a ir a cagarnos a tiros y vamos a seguir perdiendo. Pero la respuesta era siempre “hay que ir”, decía ella, “no me digas más nada Negrita, hay que ir”. María Antonia era una mina que te daba la discusión política, pero hasta ahí. Yo era hincha pelotas, y les discutía a los compañeros hasta que ya no me querían escuchar. Le discutía dónde veía ella que las masas se comenzaban a plantar contra la dictadura, y me comentaba de un lugar tal, que a los 15 días los milicos lo descabezaban. No sé si estaban convencidos de eso, sino que no encontraron la manera de decir que no.

 

 

 

 

 

 

 

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