Las FAR: un estilo de peronización signado por las huellas de la cultura de izquierdas

Mora González Canosa se detiene en este texto en un punto clave de la identidad de las FAR: la articulación entre marxismo y peronismo, para alcanzar el socialismo como objetivo final. “Como puede verse a través de su itinerario, la organización condensó varios de los grandes temas de una época marcada por las expectativas revolucionarias, una suerte de ´estructura de sentimientos´ que atravesó el mundo y que en nuestro país asumió modulaciones específicas. Entre dichas modulaciones, sin dudas, la posible convergencia entre izquierda y peronismo, la legitimación de la violencia política como forma de transformación social y la opción por la lucha armada como modalidad específica de ponerla en práctica fueron claves”.

Por Mora González Canosa*

Ilustración: Banco Provincia de Garín, Alan Dufau

El marxismo bien conocido y utilizado es un arma poderosa, conocido a medias o desconocido sirve solamente para complicar las cosas en lugar de ayudar a comprenderlas mejor. Un mal marxista, con poco estudio y muchas pretensiones, es como un jugador de fútbol que no levanta la cabeza: al final se enreda con la pelota y termina tirándola afuera. ‘Se marca sólo’ dirá la tribuna. Algo parecido le ha ocurrido a la izquierda en este país.

FAR, “Nuestra respuesta elaborada por el compañero Olmedo”, Militancia, nº 4, 1973 [1971], p. 49

Nuestro pueblo no es tanto un pueblo hambreado, como un pueblo ofendido. (…) Y lo cierto es que lo que genera conciencia no es sólo la miseria, sino la comprensión de que esa miseria es una injusticia. Esa es, quizás, la contribución más importante que la experiencia peronista ha dado a nuestro pueblo: la posibilidad de comparar, de cotejar, de desmentir. La posibilidad de hacer de la explotación una historia (…). Allí está quizá la clave de la interpretación del fenómeno peronista.

FAR, “Los de Garín”, Cristianismo y Revolución, nº 28, 1971, p. 68

 

El 30 de julio de 1970 alrededor de 40 hombres y mujeres tomaban la localidad bonaerense de Garín, controlando el pueblo durante casi una hora. Mediante ese hecho de características ciertamente espectaculares, que reivindicaba el intento fallido de Montoneros en La Calera a inicios de mes, se presentaba a la luz pública una organización armada hasta entonces desconocida: las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR). Las paredes de aquel pueblo bonaerense quedaron pintadas con la consigna sanmartiniana que desde entonces las identificaría: “Libres o muertos, jamás esclavos”. Y, sus calles, cubiertas de panfletos donde podía leerse: “Después de algunos años de acción anónima, asumimos hoy en Garín nuestra identidad política y como Fuerzas Armadas Revolucionarias proclamamos…” (FAR, 1970). En efecto, la trayectoria política de la mayoría de estos militantes se remontaba a la década previa.

Los principales grupos fundadores de las FAR provenían de sucesivas rupturas del Partido Comunista y del Movimiento de Izquierda Revolucionario-Praxis, orientado por Silvio Frondizi. Además, durante el segundo lustro de los sesenta se habían entrenado en Cuba buscando integrarse al intento guerrillero que el “Che” lanzó en Bolivia y, tras su muerte, formaron parte de la sección argentina del Ejército de Liberación Nacional, la continuación de aquel proyecto continental que a fines de la década lideró Inti Peredo, uno de los antiguos combatientes de Guevara.

Ya como FAR, hacia 1971 asumieron el peronismo como identidad política propia desde una perspectiva marxista y un proyecto político cuyo objetivo final era el socialismo. Lo hicieron mediante una serie de consideraciones de orden teórico, ideológico y político que plasmaron en “Los de Garín” (FAR, 1971), un reportaje sumamente difundido en la época que fue publicado por la revista Cristianismo y Revolución, suscitando una intensa polémica con el ERP. Se trató de uno de los debates político-intelectuales más importantes dentro del activismo armado argentino, donde se desplegaron, de modo paradigmático, las principales controversias que separaban a las organizaciones armadas de la izquierda marxista no peronista de aquellas identificadas con la izquierda peronista que, a su vez, también reivindicaban su filiación con el marxismo (ERP [1971], 1973; FAR [1971], 1973).

Paralelamente, las FAR desarrollaban una intensa actividad, llegando a crear regionales en distintos lugares del país como Buenos Aires, Córdoba, Tucumán y luego Santa Fe y Mendoza. A su vez, durante 1971 comenzaban a plantearse cómo articular su accionar más orgánicamente con grupos de activistas a nivel barrial, estudiantil y sindical, al tiempo que también intentaban converger con FAP, Montoneros y Descamisados en una instancia de coordinación denominada Organizaciones Armadas Peronistas. Tras la frustración de esa experiencia, finalmente las FAR se fusionaron con Montoneros en 1973.

Como puede verse a través de su itinerario, la organización condensó varios de los grandes temas de una época marcada por las expectativas revolucionarias, una suerte de “estructura de sentimientos” que atravesó el mundo y que en nuestro país asumió modulaciones específicas. Entre dichas modulaciones, sin dudas, la posible convergencia entre izquierda y peronismo, la legitimación de la violencia política como forma de transformación social y la opción por la lucha armada como modalidad específica de ponerla en práctica fueron claves.

Mucho más mencionada que estudiada por la bibliografía y subsumida su experiencia en la de Montoneros tras la fusión de ambas organizaciones, las FAR tuvieron, sin embargo, una impronta distintiva en la que vale la pena detenerse. En efecto, si pensamos en las Fuerzas Armadas Peronistas y en Montoneros, puede afirmarse que la primera organización fue emergente, fundamentalmente, del proceso de radicalización del propio campo peronista y que la segunda lo fue de las transformaciones ocurridas en el mundo del nacionalismo y los cristianos postconciliares. La mayoría de los integrantes de Descamisados, provenía también de la militancia católica, tanto en agrupaciones universitarias como en la Democracia Cristiana. Mientras tanto, las FAR fueron expresión de un cauce de radicalización política distinto del que dio lugar al resto de las organizaciones armadas peronistas: las profundas reconfiguraciones ocurridas en la cultura política de las izquierdas argentinas del período. De allí también, la idea de ver a través de esta organización un estilo de peronización particular, aquel signado por las huellas de la cultura de izquierdas en que se formaron sus fundadores.

Siguiendo esa clave, a continuación, nos detenemos en uno de los principales motivos por los cuales las FAR perviven aún hoy en la memoria militante: su forma de interpretación del fenómeno peronista. Se trata de una perspectiva que, a su vez, denota la importancia que la organización le otorgaba a la elaboración teórica, lo cual seguramente tenga que ver con la cantidad de intelectuales presentes en sus filas (Juan Gelman y Francisco Urondo son quizás los más conocidos) y, particularmente, con la figura de Carlos Olmedo, filósofo de formación, principal autor de los documentos más importantes de la organización y usualmente señalado como uno de los pensadores más importantes de la guerrilla argentina.

El marxismo como método de análisis, el peronismo como identidad política y el socialismo como objetivo final

Como señalé, la identificación de las FAR con el peronismo se hizo pública a principios de 1971. Fue entonces cuando su conducción terminó de forjar una convicción y consiguió el consenso interno necesario para actuar en consecuencia: dada la historia reciente argentina, las posibilidades revolucionarias en el país sólo podían pasar por la radicalización del peronismo. En este sentido, podríamos decir que consideraban que entre peronismo y socialismo había más continuidad que ruptura. Aun así, las FAR asumieron el peronismo como identidad política propia de modo crítico, en consonancia con las resistencias y discusiones que de hecho la organización venía atravesando desde tiempo atrás. Esa visión crítica sobre el peronismo tenía que ver con una clara afirmación del socialismo como objetivo final de su lucha -que la doctrina de conciliación de clases trazada en 1945 parecía invalidar-; su aversión hacia la dirigencia sindical y política del movimiento; su profundo rechazo a toda alianza con la burguesía nacional -que el gobierno justicialista había expresado y proclamado en su doctrina- y, sobre todo, con las desconfianzas que les despertaba la figura de Perón. Sin embargo, todas esas cuestiones remitían al estado actual del peronismo, mientras que la decisión de las FAR se fundó en una apuesta por desarrollar sus potencialidades revolucionarias. En este sentido, se trató de una decisión y de una apuesta política en el sentido fuerte de ambos términos, de posibilidades sin garantías de éxito, cuya concreción, de acuerdo al tono muy propio de la época, dependería de la voluntad de los militantes. De su acción -junto con la de todos los que luchaban en la misma dirección- dependería que el peronismo se convirtiera en un movimiento de liberación nacional que condujera al socialismo. En este punto, existía una enorme confianza en que la propia dinámica del proceso revolucionario terminaría consolidando la claridad ideológica de los trabajadores y marginando tanto a la “burocracia” peronista como a la burguesía nacional. En realidad, entre todas las resistencias previas a su identificación con el peronismo y que persistieron después, el tema central siempre fue el liderazgo de Perón. Y ello porque desde la perspectiva de las FAR, más allá de cuál fuera el resultado del combate con los enemigos, sólo aquel podía poner en juego la viabilidad de la apuesta en el campo propio. En este sentido, en el caso de las FAR las reticencias frente al liderazgo Perón son claras desde los primeros tiempos de la organización. Resultan evidentes ya en los objetivos trazados en los documentos públicos de la época: constituirse en la vanguardia político-militar de un movimiento que ya tenía un líder, como forma de garantizar la hegemonía de los intereses de la clase obrera dentro del peronismo y que éste pusiera en marcha un proceso socialista. Como, también, en los intentos de definir cuáles eran los sentidos a través de los que debía definirse al peronismo y cuáles debían ser sus formas organizativas y métodos de lucha. Todas esas aspiraciones prefiguraban futuras tensiones con Perón, quien a los ojos de las FAR era un “líder popular” capaz de impulsar ciertos tramos del proceso de liberación argentino, pero no un “líder revolucionario”.

La “opción” de las FAR por el peronismo se basó en un análisis -que operaba también como predicción política destinada a movilizar voluntades colectivas-, donde se percibe claramente una de las huellas de origen de ese cauce de radicalización política a través del cual se formó la organización. Nos referimos a los lentes marxistas desde los cuales construyó su visión sobre el peronismo y la posibilidad de conjugarlo con el socialismo. En definitiva, a esa convergencia entre marxismo y peronismo planteada en sus principales documentos de 1971, que permaneció en la memoria militante de sectores afines y que le otorgó a las FAR su perfil distintivo. Esa posición en que la organización buscaba instalarse explica que librara sus disputas -por cierto, de un orden muy diverso- en dos frentes simultáneamente. Por un lado, contra los sectores “conciliadores” del peronismo, las cuales se tornaron especialmente álgidas a partir del lanzamiento del Gran Acuerdo Nacional y del intento de Alejandro Lanusse de sumarlos a ese proyecto, que entre otras cosas buscaba escindir protesta social y política revolucionaria. Y, por el otro, contra la izquierda armada no peronista. En ese sentido, su apuesta implicaba tanto una lucha por incidir tanto en las disputas por los sentidos del peronismo como en aquellas empeñadas en definir los usos legítimos del marxismo, como puede verse a través de su polémica con el ERP.

La clave de la operación político-intelectual realizada por las FAR consistió en la consideración del marxismo como método de análisis de la realidad nacional y en la reivindicación del peronismo como identidad política de los trabajadores. Para ello, el marxismo fue negado como “bandera política universal” y ubicado exclusivamente en el lugar de la teoría. Se trató de un tipo de marxismo situado, especialmente sensible a la cuestión nacional y al tema de la experiencia para pensar la formación de la clase obrera más allá de su ubicación en el proceso productivo. Desde esos lentes las FAR rescataron –al tiempo que construyeron- el llamado “peronismo del pueblo”. Bajo esa denominación la organización expresaba su valoración de la experiencia forjada por los trabajadores en el marco del movimiento, donde creyó encontrar la clave de interpretación del fenómeno peronista y de su persistencia como identidad política popular. Se trataba de un análisis centrado en una dimensión política y simbólica más que material. Desde su visión, durante el gobierno peronista la clase obrera había tomado conciencia de su fuerza, sus derechos y su dignidad, una experiencia que había visto clausurada tras el golpe de 1955. A partir de entonces, esa experiencia vivida y sobre todo su brusca interrupción, habían contribuido a que los trabajadores ligaran la concreción de sus reivindicaciones económicas con la perspectiva de la conquista del poder político, politizando todos sus conflictos sociales. Es decir, que progresivamente trascendieran lo corporativo por lo político. A su vez, sostenían que el pueblo argentino no era tanto “un pueblo hambreado, como un pueblo ofendido” y que lo que generaba conciencia no era tanto la miseria como la comprensión de que esa miseria constituía una injusticia. Para las FAR, ése era el principal aporte que la experiencia peronista le había brindado al pueblo: “la posibilidad de comparar, cotejar y desmentir”. Y, con ello, de percibir que la explotación era un fenómeno histórico ligado a intereses concretos y, por tanto, susceptible de transformación. En definitiva, sostenían que era en esa experiencia donde latían, “en estado práctico”, los elementos de la conciencia obrera que de ser radicalizados podían conducir al socialismo (FAR, 1971, p. 67-68). De ese modo, las FAR se sumaban a la apuesta por ligar peronismo y socialismo, un intento que, de modo más o menos unívoco, hacía tiempo surgía entre distintas corrientes de la izquierda peronista.

Ahora bien, si se consideraba que en el país se llegaría al socialismo gracias -y no pese- a la experiencia peronista de los trabajadores, es decir, que entre peronismo y socialismo más que ruptura había continuidad, ésta última tampoco era total. De allí que la organización no dejara de subrayar claramente las limitaciones de aquella experiencia peronista del pueblo, que podemos señalar aquí para concluir esta intervención. Esas limitaciones eran fundamentalmente dos y, de hecho, justificaban la propia existencia de las FAR y el rol que buscaban jugar. Por un lado, señalaban las carencias “doctrinarias” del peronismo, que remitían a la necesidad del marxismo como instrumento de análisis; es decir, la herramienta que la organización quería aportarle al movimiento. Y, por el otro, la precariedad de sus formas organizativas y métodos de lucha, con lo que apuntaban a la necesidad de conformar una vanguardia político-militar. Es decir, el Ejército del Pueblo que debía conducir el proceso de liberación nacional y social en el país y que las FAR querían contribuir a gestar.

*Doctora en Ciencias Sociales. Investigadora del CONICET y docente de la FaHCE/UNLP. Autora del libro Marxismo, peronismo y revolución. Una historia de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, por la editorial Prometeo.

FAR (1970). “Comunicado Nº 1”. Cristianismo y Revolución, n° 25.

___ (1971). “Los de Garín”. Cristianismo y revolución, nº 28.

___ (1971b). “13 preguntas a las FAR”. Nuevo Hombre, nº 17.

___ (1973 [1971]). “Nuestra respuesta elaborada por el compañero Olmedo”. Militancia, nº 4.

ERP (1973 [1971]). “Crítica del ERP al Reportaje a las FAR”. Militancia, nº 4.

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