La toma de Garín: algunas reflexiones sobre la inteligibilidad de los hechos

Germán Gil brinda pistas para analizar la relación entre la aparición pública de las FAR y cómo este hecho a su vez es vivenciado por la población de esa localidad bonaerense “Entre los múltiples problemas de análisis histórico y político que la toma de Garín nos plantea a medio siglo de ocurrido, uno de los más importantes gira en torno al grado de inteligibilidad que estos hechos tenían a los ojos de los contemporáneos”.

Por Germán Gil*

Ilustración: Estación Carlos Olmedo, Alan Dufau

La imagen verdadera del pasado pasa de largo fugazmente.
El pasado sólo es atrapable como la imagen que relumbra, para nunca más volver,
en el instante en que se vuelve reconocible. […]
Porque la imagen verdadera del pasado es una imagen que amenaza con desaparecer
con todo presente que no se reconozca aludido en ella.
Walter Benjamin, Tesis sobre la historia, tesis V

 

El 30 de julio de 1970, aproximadamente entre las 14 y las 15 horas, un grupo operativo de entre 25 y 40 personas, que operaron en unos 7 u 8 vehículos, tomaron el control en la localidad de Garín, provincia de Buenos Aires; durante esa hora; controlaron la estación de ferrocarril, el Banco de la Provincia de Buenos Aires, la comisaría y la oficina de ENTEL; aislaron al radioaficionado zonal y expropiaron dinero (exclusivamente del banco), así como armas, uniformes y placas de la policía. En el operativo resultó herido mortalmente el cabo 1° Fernando Sulling, al intentar resistir el copamiento del banco. El repliegue fue ordenado y eficaz: los militantes no pudieron ser ni rastreados ni identificados.

El grupo arrojó en el lugar impresos con su “Comunicado n°1”, en el que se presentaban como F.A.R. (Fuerzas Armadas Revolucionarias) y anunciaban el copamiento de Garín como su primer operativo.

El contexto en el que ocurrían estos hechos los situaba a un poco más de un año del primer Cordobazo (29 de mayo de 1969), punto culminante de una primera etapa de insurrecciones populares de diversos niveles de enfrentamiento con el régimen militar. La segunda etapa comenzaría en noviembre de 1970 (es decir, cuatro meses después de la toma de Garín) y se extendería hasta la asunción del gobierno popular en 1973. Por otro lado, el año 1970 se mostraba prolífico en la aparición de grupos revolucionarios armados: el 29 de mayo rompía lanzas la organización Montoneros, con el secuestro y posterior ajusticiamiento del ex presidente de facto Aramburu y luego con el copamiento (de características muy similares a los hechos de Garín) de la localidad cordobesa de La Calera, apenas un mes antes de la aparición de las FAR.

Entre los múltiples problemas de análisis histórico y político que la toma de Garín nos plantea a medio siglo de ocurrido, uno de los más importantes gira en torno al grado de inteligibilidad que estos hechos tenían a los ojos de los contemporáneos. Si entendemos la totalidad del accionar político-militar (y no sólo sus componentes discursivos) como un mensaje dirigido a toda la sociedad argentina (que era lo que los constituía en hechos político-militares, y no meramente militares), cabe preguntarnos qué tipo de mensaje se enviaba “al pueblo” (como solía rezar el encabezamiento de los comunicados de las organizaciones armadas por aquellos años) con el copamiento de la localidad y qué elementos permitían a los enunciatarios de ese mensaje comprender cabalmente su significado.

Una de las claves para dilucidar este problema lo ha dado Daniela Slipak, rescatando con inteligencia una idea de Hannah Arendt: “[…] disímil es una intervención violenta inmediata cuyo fin se proyecta a corto plazo de aquella atravesada por un cálculo estratégico que distancia considerablemente los objetivos de los medios. Dado que la acción nunca puede prever sus consecuencias y escapa al control de los actores, a mayor racionalización por parte de estos [sic], a mayor distancia establecida entre los medios y los fines propuestos, menos racionalidad tendrá la violencia (ya no para quien la ejerce y racionaliza su acción, sino para el espectador, el historiador o el analista”. El argumento de Slipak golpea el centro mismo de la cuestión: la “racionalidad estratégica” que supone la elección, planeamiento y ejecución de un hecho político-militar –con su inevitable componente de violencia- emana del seno mismo de la organización: de su estructura organizativa, su lógica de funcionamiento, su historia y las historias personales de sus componentes, de sus formulaciones ideológicas y de su autopercepción como actor político. Por lo tanto, cuanto más ajenos a estos determinantes se encuentren los espectadores de los hechos, menos podrán captar su racionalidad estratégica y más “irracional” podrá antojárseles el uso de la violencia.

En ese sentido, la “presentación en sociedad” de Montoneros, dos meses antes, había sido ejemplar. En efecto: ¿quién sino un grupo de militantes peronistas podría haber raptado y aplicado la justicia popular a alguien como Aramburu, cuya imagen, en el imaginario social, constituía algo así como la quintaesencia del gorilismo? Qué eran, qué habían hecho y a quién conformaba una serie de datos que gritaban “peronismo” en todas direcciones. A tal punto no cabían dudas al respecto que, de los cinco comunicados emitidos por la organización, tres se dedicaban a explicar qué lugar ocupaba Montoneros dentro del peronismo, un problema que suponía que la identidad de la flamante organización estaba fuera de toda discusión. El objetivo y la modalidad de la operación bastaban para definir, aunque no mediara una sola proclama, la ubicación política de esos nuevos actores.

Encarado así el problema, debemos reconocer que el debut de las FAR en la escena política no fue tan transparente. La organización emitió dos comunicados. El primero estaba ya preparado antes de la toma y fue volanteado como parte del operativo. En él, la organización “se presentaba” ante la sociedad argentina con el evidente propósito de constituirse como actor político y establecer sus características identitarias. En ese sentido, el documento establecía dos tipos de relaciones: diacrónicas de identidad hacia el 17 de octubre como punto de partida, y con proyección hacia el Che (acaso un tributo a la ya cerrada etapa foquista y rural); y de oposición hacia la violencia oligárquica (16 de junio de 1955, 9 de junio de 1956, marzo de 1962 y una enumeración de “héroes y mártires del pueblo”, mayoritaria pero no exclusivamente peronistas). Como acertadamente han señalado Chama y González Canosa, el documento hacía silencio en una cuestión crucial: no establecía aún una identidad explícitamente peronista, pese a que estos posicionamientos lo acercaban notablemente al movimiento mayoritario. La transición desde el “foco” rural de una guerrilla continental hasta una organización político-militar urbana y apoyada en la tradición peronista del movimiento obrero industrial, si bien muy avanzada, no se había completado todavía.

Por otro lado, había una relación sincrónica tendida hacia el Cordobazo y otras puebladas, que, según el documento, conformaban un “mandato impostergable” que las FAR no estaban dispuestas a desoír. Aquí también podemos encontrar un silenciamiento: nunca se explicita cuál es ese “mandato” que las FAR aseguran haber recibido del pueblo insurgente. Volveremos sobre este punto al final del artículo.

Pero había otras relaciones sincrónicas que también se silenciaban, pero que, indudablemente, estaban operando al interior de la elección del “mensaje” de la toma de Garín: el hecho replicaba –casi podríamos decir “espejaba”- la toma del pueblo de Pando que Tupamaros había llevado a cabo en Uruguay en 1969 y también la toma de La Calera que, un mes antes, había constituido la segunda acción político-militar de Montoneros. Es decir: la organización constituía un mensaje que el espectador debía ya reconocer como característico de la época y signo de los tiempos: el espacio de un modus operandi que mostraba la fragilidad de la dominación de la dictadura. A tal punto se sobreentendía ese reconocimiento, que el Comunicado n°1 no creía necesario dar la menor explicación acerca de la toma propiamente dicha del pueblo: por qué Garín, por qué en ese momento, por qué con esas modalidades, eran interrogantes que las FAR suponía que la sincronía con otros acontecimientos respondía por sí misma.

Ahora bien; ¿fueron estas relaciones tan inteligibles para “los espectadores”, para la sociedad argentina en general como la organización suponía? Existen pocas dudas acerca de la simpatía que los movimientos armados despertaban en la población argentina; una conocida encuesta del IPSA, por aquellos años, corroboraba estadísticamente esta simpatía. Sin embargo, no está claro que esa simpatía haya discriminado entre las distintas organizaciones y sus diferencias o que, en la práctica concreta, “el pueblo” reaccionara como tal y reconociera en las acciones su “guerra” o su “ejército”, más allá de las simpatías que pudiera o no suscitar. Y esto puede verse en el propio operativo: algunos vecinos que fueron detenidos por los militantes en la comisaría habían ido a denunciar que “algo raro” estaba pasando en el pueblo o en el banco. Las propias FAR habían previsto reacciones de este tipo, que los llevaron, por ejemplo, a tomar el bar-restaurante que se encontraba enfrente del banco, con muchos comensales por esas horas: no estaban seguros de que los parroquianos no fueran a confundir a los combatientes con simples asaltantes. De hecho, los testimonios recogidos por los diarios de la época muestran que esa confusión fue la que primó durante el tiempo que duraron las acciones, bien que matizada por las referencias a las “extrañas preguntas que hacían”, al “buen trato” que prodigaban a los rehenes y al hecho que no se apoderaran ni de dinero ni de bienes personales. Estas observaciones, con ser “positivas”, no dejaban de señalar transversalmente la “ajenidad” del mundo de valores en el que vivían los guerrilleros, en relación con el de los “espectadores”. Ser bien tratado es recibido con gratitud, pero también con extrañeza: en el mundo de los espectadores, los “delincuentes” no –o no necesariamente- tratan bien a sus “víctimas”. La categoría “combatientes” todavía no se atraviesa por sus cabezas.

Los propios protagonistas deben haber advertido esa ajenidad –que se reforzaba con su apariencia, su “acento porteño” y el contenido de su Comunicado n°1, que apenas hacía alusión a los hechos de Garín- y se sintieron obligados a expedir un segundo Comunicado, en el que hacían un rápido racconto de la operación, y se extendía en el punto más ríspido de los hechos: la muerte del cabo Sulling, que había conmocionado al pueblo; el suboficial era  una figura conocida, familiar y amable para el pueblo de Garín, Esta reacción a la muerte del policía chocaba frontalmente con la visión binaria propuesta por los Comunicados de las FAR, de los que se desprendía una realidad polarizada por el irreconciliable enfrentamiento entre “pueblo” y “oligarquía” (y sus aparatos represivos), visión que no contemplaba los grises que la realidad ofrecía.

Podría quizás argüirse que la confusión entre “militante político armado” y “delincuente” podía deberse a que este era el debut de las FAR, desconocidas hasta entonces; o incluso a que se trataba de los primeros pasos de la guerra popular prolongada, en la que el pueblo se iría integrando progresivamente. Pero acá no se trataba de “integración”: ni el reconocimiento de la categoría del “combatiente” ni la de su identidad política parecían estar garantizados en Garín. En esa fría tarde de julio, un militante de las FAR podía ser confundido con un asaltante; dos meses antes, nadie hubiera tildado de “secuestrador por un rescate” a un guerrillero que hubiera sido avistado conduciendo a Aramburu a Timote. El mensaje de FAR a la sociedad argentina se mostraba como mucho más opaco que el que Montoneros había enviado dos meses antes.

Pero quedaba pendiente una clave de inteligibilidad: la del “mandato impostergable” que el pueblo había dado a las FAR con sus Cordobazos, Rosariazos y otras insurgencias urbanas. Se trataba de un diagnóstico común que todas las organizaciones armadas habían hecho sobre las “puebladas”: se trataba de movimientos espontáneos, que empleaban sabiamente las tácticas de la “lucha de calles”, pero que se desvanecía sin capacidad de resistencia ante el embate del ejército o de fuerzas militarizadas. Faltaba la “otra pata”: la de las organizaciones armadas, preparadas y especializadas en la guerrilla urbana, que dieran peso logístico a la acción insurreccional (aunque esto no necesariamente tendría que hacerse de forma simultánea), que evitaran que las fuerzas represivas pudieran concentrar sus fuerzas en un solo punto y que aumentaran la capacidad de autodefensa del pueblo. Montoneros había aparecido ya públicamente para remediar esa ausencia; el ERP lo haría en pocos meses. En Garín, las FAR aportaban lo suyo. En el instante en que, una vez más, los “espectadores” se transformaran en “insurgentes”, ganaran la calle para combatir a la dictadura y se encontraran combatiendo codo a codo con las “orgas”, se produciría la síntesis, el reconocimiento de las organizaciones armadas como “ejército del pueblo”, el que venía a sostener con las armas la acción popular. A partir de allí –se presumía- esa síntesis sería el embrión de la organización revolucionaria en la Argentina.

Como sabemos, esa síntesis, ese reconocimiento no se produciría. La convocatoria electoral configuró una complejización del panorama político que la visión simplificadora de los movimientos armados no pudo ignorar. La lucha electoral –y luego, el ejercicio del poder político en aquellos espacios que les fueran cedidos provisoriamente- reemplazó, al menos para las organizaciones armadas peronistas, la lucha insurreccional y semi-insurreccional de las puebladas. Las FAR, asumida ya su identidad peronista, irían estrechando caminos con Montoneros y, por lo tanto, incorporando las claves de inteligibilidad de esa organización. Pero esa historia excede el marco de estas reflexiones que, como quería Benjamín, han tratado de capturar el instante, ese instante “que relumbra para nunca más volver”, esa encrucijada de la historia que presentaba a los actores del momento el dilema de cuál de los caminos elegir y cuáles descartar.

* Profesor de historia e investigador. Es autor de “La izquierda peronista. Transitando los bordes de la revolución, 1955-1974”, editado por Prometeo en 2019

Para seguir leyendo y profundizando: 

  • “La guerra del pueblo”, en La causa peronista. Buenos Aires. Martes 6 de agosto de 1974. Año I, n° 5,  pp. 16-19.
  • ANGUITA, EDUARDO – CAPARRÓS, M. La voluntad. Una historia de la militancia revolucionaria en la Argentina. Bs. As. Grupo Editorial Norma, 1997, tomo I.
  • BASCHETTI, ROBERTO (comp.). Documentos (1970-1973). De la guerrilla peronista al gobierno popular. La Plata. Ediciones de la Campana, 1995. Cf. especialmente pp. 80-82.
  • CHAMA, MAURICIO – GONZÁLEZ CANOSA, MORA. Los de Garín. Aspectos nacionales y locales de la presentación pública de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (F.A.R.). Centro de Estudios de Historia Política (CEHP), s.f. Disponible en http://historiapolitica.com/datos/biblioteca/jornadas/chama.pdf
  • GIL, GERMÁN. La izquierda peronista. Transitando los bordes de la revolución 1955-1974. Buenos Aires. Ed. Prometeo, 2019.
  • GONZÁLEZ CANOSA, MORA. Las Fuerzas Armadas Revolucionarias: Orígenes y desarrollo de una particular conjunción entre marxismo, peronismo y lucha armada (1960-1973). Tesis presentada para la obtención del grado de Doctora en Ciencias Sociales. FAHCE. Universidad Nacional de La Plata, s.f. Disponible en: http://www.memoria.fahce.unlp.edu.ar/tesis/te.808/te.808.pdf
  • O’DONELL, GUILLERMO. El Estado burocrático-autoritario. Buenos Aires. Ed. de Belgrano, 1982.
  • REPÚBLICA ARGENTINA. El terrorismo en la Argentina. S. loc., 1979.
  • SLIPAK, DANIELA. Las revistas montoneras. Cómo la organización construyó su identidad a través de sus publicaciones. Buenos Aires. Siglo XXI ed., 2015.

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